OPINIÓN

Javier Tabarés, activista por la sanidad y la educación públicas.

Memorias de un bajista afortunado en China (III): De Shanghái a Chongqing, navegando por el Río Azul

Crónica de viaje de Javier Tabarés.

Salimos del Pekín más tradicional para aterrizar en la Shanghái hipermoderna, y desde allí iniciamos un viaje fascinante por el caudaloso Río Azul (Yangtsé) hasta Chongqing. Ese “pueblito” tiene 29 millones de habitantes en su área metropolitana.

Pero vayamos al turrón: llega el momento de mojarse y responder a las preguntas que hice en la última entrega.
Las comparto aquí, para que cada lector saque sus propias conclusiones.

Seguridad: ¿cesión de libertades o garantía de paz?

La presencia notable de policía, cámaras en las vías públicas y escáneres en los metros llama la atención. ¿Lo percibe la ciudadanía china como una pérdida de libertades o como la base de su tranquilidad y convivencia?

Mi percepción, la única de la que puedo echar mano, es que hay una comunión total. Los ciudadanos, que algunos en Occidente llamarían “alienados”, viven sin las preocupaciones que aquí nos agobian: sanidad y educación pública, vivienda, empleo… El Estado les garantiza lo esencial. Y esa población es consciente de que vive en un país seguro; sabe que para tener un día a día sin delitos ni sobresaltos, es necesario ceder parte de la libertad personal. Entonces me pregunto: ¿Quisiéramos nosotros, los españoles, esa misma percepción de nuestro país o preferimos menos control asumiendo las imperfecciones de nuestro sistema? Yo lo tengo claro. Me sedujo desde el primer momento el modelo que garantizaba el bien común y no el que impone el mercado.

Sigamos respondiendo.

¿Pueblo triste o es nuestra mirada?

¿Son los chinos un pueblo triste por sentirse controlados? ¿O es nuestra mirada, cargada de prejuicios, la que proyecta esa melancolía?

Después de décadas escuchando que “los chinos son un peligro”, no he vivido nada parecido. Me he encontrado con un pueblo alegre, con una juventud “disfrutona” que viaja, ríe, degustan la comida en miles de puestos callejeros, se divierten en familia y con los amigos, que atesoran sus tradiciones, como vestir con el estilo hanfu, con ropas y maquillaje tradicionales, y, por supuesto, como el cien por cien de los jóvenes occidentales, pegados al móvil, viendo y creando contenidos en las diferentes plataformas.

Democracia: más preguntas que certezas

¿El hecho de depositar una papeleta cada cuatro años en una urna nos otorga automáticamente la superioridad moral para criticar a quien gestiona su país de otra manera?

Nos han contado que China es una dictadura y que no se vota. Error. La población china vota. Vota cada cinco años para elegir a sus representantes a nivel municipal y distrital, y luego esos representantes continúan el proceso escalonadamente hasta la Asamblea Popular Nacional. En España elegimos partidos (actualmente trece con representación en el Congreso, con 350 diputados). En China hay nueve partidos representados por 3.000 diputados, siendo mayoritario el Partido Comunista Chino. Los diputados provienen de sectores de trabajadores, campesinos, personal técnico, funcionarios y minorías étnicas.

Mientras tanto, en nuestro país por ejemplo, ¿Cuál es la realidad? Un bipartidismo perpetuado en el poder y sustentado por medios de comunicación al servicio de los intereses económicos y financieros.

Por resumir: en Occidente nos regimos por democracias liberales al servicio de la oligarquía. En China, tal como dice su artículo 1 de su Constitución, es “un Estado socialista bajo la dictadura democrática del pueblo”. Ojo, un matiz importante: China logró esa construcción después de una revolución que desmontó todas las estructuras preexistentes.

Una curiosidad final: ¿tiene España mayor calidad democrática que China? ¿Qué papel jugamos los ciudadanos más allá del voto? Como ya apunté en el capítulo anterior, para elaborar su Plan Quinquenal, el gobierno chino recibió más de 3.000 millones de propuestas ciudadanas. No conozco ninguna democracia europea que posea esa implicación popular.

Y la seguridad cotidiana: la mochila y los desconocidos

Termino con dos preguntas que hablan por sí solas. ¿Podrías dejar olvidada una mochila con tu pasaporte y dinero en una calle de Madrid y tener la certeza de que dos horas después seguirá allí? Nosotros lo hemos comprobado varias veces aquí: todo permanecía donde se había quedado. He viajado en metros abarrotados con la mochila abierta y solo han reparado en ello para decirme que la cierre, no vaya a perder mis cosas.

¿Y si te perdieras en un barrio desconocido de una gran ciudad española a las doce de la noche y se te acercaran cinco desconocidos? ¿Qué pensarías? Nos ha pasado, y en el barrio más recóndito y oscuro de Shanghái hemos comprobado cómo se han acercado a nosotros ciudadanos chinos para ofrecernos su ayuda. Por cierto, qué bien funcionan los nuevos traductores chino-español de los móviles para comunicarte con la población.

Próxima y última parada: Shenzhen y Hong Kong

Con esto termino la tercera parte de estas memorias. La cuarta y última será en Shenzhen y Hong Kong. Allá nos arriesgaremos con temas más sensibles: la pena de muerte, la represión a movimientos separatistas… y montones de curiosidades que hemos experimentado. Pero eso será en la siguiente entrega. Mientras tanto, solo he querido compartir unas vivencias en un país completamente distinto al nuestro, con la mirada de un bajista afortunado que sigue haciendo preguntas.

Gracias a Pedro Barragán por los diversos datos del país que me ha aportado. Pedro Barragán es compañero de viaje, economista y autor del libro, Por qué China está ganando de la editorial El Garaje Ediciones SL.

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