Artículo de opinión de Rocío Gallego-Largo: un recorrido filosófico entre alienación, angustia y libertad.
El viaje del yo en Fran Kafka y sus semejanzas y diferencias con otros filósofos existencialistas Según la RAE, el yo simboliza “la parte consciente del individuo, mediante la cual cada persona se hace cargo de su propia identidad”.
A lo largo de la historia, el concepto del yo ha sido estudiado en múltiples facetas y de forma polifacética. Desde la psicología, el psicoanálisis, la filosofía, la poesía, la literatura e incluso la sociología intentando darle un significado al mismo.
Si el esencialismo que es una corriente filosófica que afirma la prioridad de la esencia sobre la existencia y como ser único, el existencialismo es una doctrina que trata de fundar el conocimiento de toda realidad sobre la experiencia inmediata de la existencia propia.
Para entender el pensamiento existencialista de la obra kafkiana que recoge en una de sus frases «La verdad es indivisible, es decir, no puede reconocerse a sí misma; quien quiera reconocerla, debe ser mentira.», se asienta un espíritu que aboga en la condición humana y la angustia existencial. En su obra el proceso, nos encontramos un yo narrativo que surgen de los estados interiores del autor. Kafka cita a Joseph K: «teme que la vergüenza le sobreviva». Kafka busca apoyo en el temor a que la vergüenza lo envuelva por completo: que sólo ella quede para dar testimonio de su existencia una vez cerrado el proceso y sea asesinado. Este «yo» narrativo -llamado K- posee un particular atractivo- , donde una virtud -realmente fascinante- de K es la de ser el más sincero consigo mismo y valiente que cualquier otro narrador.
La alienación para Fran Kafka supone exponer de modo iusfilosófico la permeabilidad de la sociedad cuyo ejemplo más claro recoge en su obra “La metamorfosis” expuesto en su personaje Gregor Samnsa que es transformado en un insecto, siendo el término empleado por Fran Kafka “Ungeheuren Ungeziefer” reflejando su simbolismo como insecto ya en el Antiguo Testamento. Por otra, la manifestación en Hegel de la alienación se genera ante un destierro en relación con el mundo que la misma conciencia crea, está en el extrañamiento de esa identidad y personalidad de la propia autoconciencia. En este aspecto, cuando a la conciencia le parece extraño su mundo que se presenta como realidad efectiva negativa y ajena, la autoconciencia tiene que buscar otro mundo situado más allá del terreno de lo efectivo, es decir, del mundo fáctico.
Es un sentimiento inhóspito que se genera en la propia conciencia humana, que ésta se encuentre menos alienada.
Por lo tanto, Hegel nos llama al mundo de la fe: “La autoconciencia es solamente algo, que tiene realidad, meramente, en la medida en que se enajena de sí misma.”.
Hegel ya nos adentra en el concepto de espíritu, donde la conciencia ha conseguido superar la alienación. “Más tarde vendrá para la conciencia la experiencia de lo que el espíritu es, esta sustancia absoluta que, en la perfecta libertad y autosuficiencia de su contraposición, es decir, de distintas conciencias de sí que son para sí, es la unidad de las mismas”: Yo es Nosotros y Nosotros, Yo.
Padre del existencialismo y rupturista de la filosofía fue Søren Kierkegaard donde su pensamiento trata de comprender la condición humana a través de lo que denomino 3 verdades subjetivas y objetivas. Una verdad objetiva es algo que es verdad ya sea que una persona quiera aceptarla o no, mientras que una verdad subjetiva (es algo que puede ser verdad para esa persona, pero no para otra, precepto que se adecua al ser humano: “la verdad es la subjetividad”
Kierkegaard arguyó que la respuesta natural a vivir una vida intelectualmente independiente era lo que se conocía como angst, una palabra alemana que significa ansiedad. Por tanto, lo importante para él es el yo, defendiendo que somos pura existencia con libertad para elegir entre el bien y el mal. Por tanto, es antagonista del pensamiento Hegeliano, donde se expresa en “yo es nosotros y nosotros, yo”.
Este antagonismo en Hegel se eleva a que la Razón no sólo a motor de la Historia sino también de las decisiones individuales. Todo lo real es racional, según el conocido postulado hegeliano. Kierkegaard impugna esta tesis: la existencia humana no está regida por valores absolutos ni tampoco por leyes económicas, como sostendría luego Marx, sino por el libre ejercicio de la voluntad. El hombre se construye al elegir su propia vida. En ello expresa: “Lo que me hace de veras falta es ver perfectamente claro lo que debo hacer, no lo que debo saber. Lo que me importa es entender el propio sentido y definición de mi ser, ver lo que Dios quiere de mí, lo que debo hacer. Es preciso encontrar una verdad para vivir y morir”.
Es precisamente esta libertad de elección la que nos condena a la angustia. Insiste en que nuestras decisiones no están determinadas, no hay normas objetivas de moralidad. Por así decirlo, nuestra salvación no se halla en los valores colectivos o sociales, como apuntaba Marx, ni en los dictados de la racionalidad, como sostenía Hegel, sino en una búsqueda incierta y personal de una autenticidad que Kierkegaard liga a la repetición. El pensador danés entiende este concepto como una síntesis entre lo real y lo ideal, como una especie de pauta de actuación en el mundo.
En este punto coincide con Nietzsche en el que remite a la fe en Dios. El nihilismo que expresa el postulado de “Dios ha muerto”, donde Nietzsche sugiere que lo divino puede encontrarse en la capacidad humana de crear y dar sentido a la propia existencia. Explicitando este Dios que muere para Nietzsche es el dios cristiano. Junto al cadáver del Dios cristiano, y con su muerte, la descomposición de todo el cristianismo.
Por el contrario, Fiodor Dostoiveski, gran filósofo y exponente de la corriente existencialista, fue un gran crítico del nihilismo donde él considera que el centro del todo es el hombre y es libre de construir la libertad. Así expresa: «El secreto de la existencia no consiste solamente en vivir, sino en saber para qué se vive».
Por último, Jean-Paul Sartre explica que el yo -o ego trascendental– es «superfluo» porque la conciencia «se unifica a sí misma». Sartre nos invita a considerar nuestra conciencia directa y no reflexiva de los objetos como «pre-personal y sin yo. En su obra La náusea, el pensador transmite la experiencia de la total infundamentación de la existencia, de la gratuidad total, de que lo esencial es la contingencia, la existencia no es necesaria en ningún sentido, es un estar ahí de absoluta gratuidad y libertad. Pero esta experiencia es tan radical, es un estar al filo del abismo, que produce náusea. Ninguna necesidad puede explicar la existencia y menos aún condicionarla.
Fran Kafka, filósofo con una experiencia vital muy compleja nos adentra en el mundo de la conciencia humana al igual que otros grandes filósofos como Kierkegard, Nietzsche, Sartre, donde el yo, es un yo para afrontar los problemas de la existencia humana, en el que Kafka supuso un cambio radical en los planteamientos existentes hasta entonces y con una influencia innegable en la filosofía posterior y en el mundo de hoy, donde describió alegóricamente en sus obras la situación del ser humano en el marco de la sociedad de su tiempo y la actuación de los poderes públicos, plasmando una pérdida progresiva del sentido de lo propio, para transformar al individuo en un ser alienado dentro del grupo social, despersonalizado y convertido en lo que el sistema quiere que sea, contribuyendo incluso a que esa transformación llegue a ser asumida por el sujeto afectado como algo lógico









