Yo no escogí este oficio. Otros, pocos, podrán decir que, siguiendo la estrella que atisbaron de niños en sus noches en vela o dejándose llevar generosamente por su corazón, se hicieron actores, novelistas o peluqueras, e incluso que son felices, por más hambre que hayan pasado o pasen, incertidumbres todas, a lo largo de su aperreada vida. La gloria y el horror, tan íntimamente ligados, tan aficionados a copular juntos.

Pero no ha sido ese mi caso: lastrado por el conformismo heredado de cientos de generaciones apegadas al suelo que vivían desenterrando raíces y comiendo cualquier cosa que se moviera, me he visto siempre urgido a trabajar en algo serio, algo sólido, que, aunque no sea capaz de exterminarla, al menos pueda apaciguar el hambre hasta el día siguiente. Es la teoría de la supervivencia, a la que no le corresponde felicidad, ni sueños, ni, claro está, hartura de estómago. Es mi caso y, me parece, que el de muchos.

Porque polvo somos (y no solo glándulas, libido y esfínteres), es por lo que existimos desde antiguo los enterradores. Tan mal considerados como los verdugos (en este caso los oficiales ya han desaparecido), la sabiduría popular nos ha convertido en la casta de los intocables de la sociedad occidental, una clase que tiene que existir pero mejor que se mantenga alejada, sin focos, discretamente al margen. Algunos escritores nos han prestado sus palabras para aparecer en las comedias truculentas y en las tragedias con un barniz de filósofos que generosamente nos eleva a las tablas con una grandeza de ánimo y de perspectiva que, sin embargo, se nos deniega en el mundo real. Pregúntense a cuántos enterradores conocen, o han conocido, y ustedes mismos serán conscientes de lo que les digo. No en vano vivimos, y morimos, en una sociedad que hace ya mucho tiempo que le dio la espalda, y hasta el culo, a la muerte. Y ahora está haciendo lo mismo, poco a poco, como sin querer, con la verdad y la libertad.

La mayoría de ustedes quieren creer, e incluso lo creen, que han elegido voluntariamente su forma de vida. Lejos de los horrores que asolan otros países en forma de hambres, violencia ciega y desprecio por la dignidad humana, países que, digamos, no quedan muy bien en los veinte segundos que les dedican los telediarios para hacerles a ustedes felices por no vivir en ellos, nuestra autoestima se ancla en la posesión de un pisito, un coche, unos ahorrillos y, con suerte, un apartamento en la playa, aunque haya que hipotecarse toda la existencia para tal fin: y aquí hipotecarse significa someterse servilmente al trabajo que te haya caído en el INEM, por más chato y feo que sea, es decir, madrugar, correr como un perro, obedecer como una mascota, malcomer a deshoras, enfrentarse a horarios estúpidos y tareas muchas veces inútiles, llegar tarde a casa, gruñir a los tuyos y meterte en la cama con la desilusión como compañera de sábanas. Al menos, nos decimos en voz alta, nos quedan los fines de semana. Y las vacaciones. Sirva de consuelo esa esperanza para los doscientos cincuenta días al año en que nos aderezamos desgraciadamente una muerte en vida. Hay animales que viven menos, pero lo hacen, sin duda, mucho mejor.

Los enterradores sufrimos también ahora la presión de los nuevos tiempos: con el cambio de paradigma religioso, que aquí siempre ha sido una mezcla de tradición y de superchería, poco a poco vamos siendo relegados al olvido, y pronto al paro, a causa de todas esas creencias de más allá del Ganges que consideran más higiénico reducirse a cenizas y convertirse en un saquito de polvo granuloso encajado en una urna personalizada. Frente a la tradicional imagen de la gusanera y de los huesos mondos y lirondos, se impone ahora el viaje iniciático (pero finalizante), cruzando medio país por autovías o carreteras secundarias, para arrojar al deudo a un mar o a un océano a los que ya les sobra hasta plástico.

Carrera la de la vida, sin duda, un tanto irónica: da lo mismo lo mucho o lo bien que la corras, que al final acabas por quedarte parado, quieto y mudo, de lo más inmóvil, seguramente por tu propio bien, y convirtiéndote lo quieras o no en algo incómodo y molesto que alguien tendrá que quitar de en medio, bien por enterramiento (yo), bien por esparcimiento (al que le toque pringar en la comedia). Por eso, hace ya mucho tiempo que pisé el freno, puse el punto muerto y me bajé del coche. Y aunque ustedes no me verán en su desenfreno diario, yo les veo tan serios y tan formales, que me pregunto para qué siguen corriendo, a qué verdad obedecen, a qué libertad siguen sometidos.

Jesús Jiménez Reinaldo

http://cristalesrotoseneleden.blogspot.com