Artículo de Ángel González
Cuando pensamos en el principal factor que limita la producción agrícola, lo primero que se nos viene a la cabeza es el agua. Pero después del líquido elemento, el ingrediente fundamental para las plantas, y con diferencia, es el nitrógeno.
De hecho, el espectacular crecimiento de las producciones agrícolas que tuvo lugar a partir de la década de los 60 del siglo pasado, y que se denominó la revolución verde, tiene su causa más importante en el uso de fertilizantes nitrogenados; en tres décadas se consiguió multiplicar por 10 la producción vegetal.
Esto puede resultar extraño, pues el 78% del aire que respiramos está formado por nitrógeno, pero se trata de nitrógeno molecular, cuyos triples enlaces resultan imposibles de romper para la mayor parte de los seres vivos. La capacidad de captar el nitrógeno atmosférico para utilizarlo en la construcción de biomoléculas, lo que se conoce como fijación de nitrógeno atmosférico, sólo la tienen ciertos microorganismos, por lo que para algunas plantas ha resultado crucial establecer interacciones con ellos.
En el suelo existen pequeñas cantidades de nitrógeno disponibles para las plantas, pero es indudable que tener un socio microbiano que extraiga de la atmósfera nitrógeno es una gran ventaja. Esta asociación ha resultado ser también muy importante para los animales pues, todo el nitrógeno que utilizamos procede en última instancia de las plantas y muy especialmente de aquellas que han establecido estas asociaciones.
Y este es también el motivo por el que los fertilizantes nitrogenados dieron lugar a la revolución verde, pues nos permitieron darles a las plantas todo el nitrógeno que necesitaban. Pero claro, como siempre, no todo fue tan bonito. Parte de ese nitrógeno se volatilizó a la atmósfera en forma de óxido de nitrógeno, uno de los desencadenantes de las lluvias ácidas, y otra parte acabó en las aguas subterráneas en forma de nitritos, contaminando aguas que dejaron de ser potables. Además, en la naturaleza existe un ciclo natural del nitrógeno que se descompensó y el hecho de poder obtener tanta productividad de los suelos hizo que muchos otros recursos de esos mismos suelos se agota sen, llegando incluso a hacerlos improductivos.
Es por eso que a día de hoy se está intentando, especialmente en la agricultura ecológica, aprovecharse de estos microorganismos fijadores de nitrógeno atmosférico y de sus asociaciones con ciertas plantas para lograr el nitrógeno que nuestros cultivos necesitan. A la larga esto resultará económicamente más rentable y medioambientalmente mucho más prudente.
Pero ¿cuáles son esos socios microscópicos que podrían ayudar a que nuestra alimentación fuese más respetuosa con el medioambiente? Pues en primer lugar están algunas cianobacterias. Este grupo de microorganismos es capaz de realizar la fotosíntesis y cuenta además con dos géneros, Nostoc y Anabaena, capaces de fijar nitrógeno atmosférico. A cambio de protección, nutrientes y ciertos compuestos energéticos, estos microorganismos le ceden a sus huéspedes vegetales parte del nitrógeno atmosférico que consiguen.
Pero esto no es nuevo para la humanidad. Hace ya siglos que los pobladores del sudeste asiático se dieron cuenta de que cuando en un arrozal crecían ciertos helechos acuáticos del género Azolla, la producción era mayor. Es por ello por lo que durante siglos se fomentó el crecimiento de estos helechos en los arrozales. Hoy en día sabemos que la responsable de este “milagro” es una cianobacteria del género Anabaena; la presencia de este microorganismo puede llegar a aportar a los arrozales hasta 30 Kg de nitrógeno por hectárea al año.
Otro socio de los vegetales son las bacterias del género Frankia, que se suele asociar a ciertas especies arbóreas, a las que se conoce como plantas actinorrizas, de las cuales probablemente la más conocida para el lector sea el Alnus glutinosa o aliso. Su asociación con bacterias fijadoras de nitrógeno hace que estas especies arbóreas sean pioneras, es decir, suelen ser de los primeros árboles en colonizar suelos en transición hacia un ecosistema arbóreo y además favorecen ese proceso.
Por ejemplo, se ha visto como estas especies logran instalarse en antiguas zonas glaciares que han perdido el hielo como consecuencia del cambio climático y en cuestión de unas pocas décadas convierten estos suelos desnudos en masas arbóreas más o menos puras de alisos blancos de más de 10 metros de altura, que le aportan al suelo materia orgánica y hasta 70 Kg de nitrógeno por hectárea y año, favoreciendo la aparición de un sotobosque herbáceo.
Estas especies actinorrizas logran además minimizar los daños sufridos por un ecosistema que ha sido degradado, ya sea por acción del ser humano o por causas naturales, y aceleran su recuperación. Este fue el caso de la isla del Krakatoa, destruida en el año 1883 por una violenta erupción volcánica; en tan sólo trece años se desarrollaron bosques de Casuarina equisetofolia, una de estas especies actinorrizas, y en menos de cincuenta, se había recuperado completamente la selva tropical húmeda original.
Pero, sin lugar a dudas, las reinas del nitrógeno son las plantas leguminosas; unas 19.000 especies de la familia Fabaceae, en donde se encuentran todas las legumbres. Todas estas plantas se asocian con bacterias fijadoras de nitrógeno de la familia Rhizobiaceae y son las responsables de que las legumbres sean una fuente inmejorable de proteínas de altísima calidad, pues uno de los ingredientes fundamentales de las proteínas es el nitrógeno.
Esto es también conocido por la humanidad desde hace mucho tiempo. Hace siglos que sabemos que la rotación de cultivos con legumbres mejora la producción vegetal. Esto es así porque parte del nitrógeno que fija esta asociación bacteria-planta, escapa al suelo y queda disponible para el cultivo del año siguiente. Además, una vez recogidos los frutos, las plantas de las legumbres serán un buen abono, pues en sus tejidos contienen mucho nitrógeno y las bacterias fijadoras de nitrógeno que en el futuro se podrían asociar a las raíces de otras plantas.
Con todo esto, podemos concluir que hoy en día aún tenemos la diversidad natural suficiente como para, en combinación con nuestros conocimientos y tecnología, ser capaces de dar de comer a toda la humanidad de una forma mucho más respetuosa con el medio ambiente.
Quizá vaya siendo hora de hacer caso a las múltiples señales de alarma que nos está dando la naturaleza y tratarla de forma más sensata antes de que sea demasiado tarde. Como siempre nos han dicho los mayores, con la comida, no se debería jugar.
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