El sindicalista que tumbó a F.R.A.N.C.O.

El sindicalista Ángel de la Vieja interviene tras su liberación en la Asamblea permanente del Hospital Francisco Franco.

Reportaje para la Revista Zarabanda (abril de 2025) sobre la contribución del sindicalismo a la lucha por la democracia, a partir de la historia personal de nuestro vecino Ángel de la Vieja.

Las calles de Madrid apenas se habían limpiado desde que corriera por ellas la sangre de Yolanda González y Arturo Ruiz. El silencio opresivo de la dictadura solo había sido roto por la fuerza de otro silencio: el simbólico mutismo de la multitudinaria despedida a los Abogados de Atocha, tras su asesinato a manos de terroristas de extrema derecha. Era el año 1977 y las movilizaciones sociales, con gran protagonismo de las demandas laborales y estudiantiles, empujaban por la libertad. Esposado y ensangrentado, un coche llevaba a Ángel de la Vieja a la cárcel de Carabanchel. “La que he liao”, recuerda pensar de camino a la cárcel.

El lento despertar de la conciencia

“Yo era muy religioso”, cuenta este vecino de Rivas, que estudió en los salesianos hasta los 18 años. Algunos curas le habían hablado del Concilio Vaticano II, ya que también parte de la Iglesia se estaba abriendo a nuevos tiempos, mientras la jerarquía seguía siendo un puntal ideológico de “los principios fundamentales del Movimiento”, asignatura obligatoria como también lo era la religión. En su primer trabajo de mecánico, cobrando poco y comiendo rápido en el descanso lo que llevara en la “tartera”, empezaba a escuchar a uno de sus compañeros pronunciar palabras que nunca había escuchado: “derecho a un salario digno”, “pago de las horas extra” y “derechos de los trabajadores”. Enseguida vivió allí su primera huelga y su primer despido.

Sindicatos y partidos estaban prohibidos. Así que una parte de la oposición democrática empezó a infiltrarse en las estructuras sindicales de la dictadura, “estaba el Partido Comunista que era la avanzadilla de la clase obrera en todo”, narra Ángel, que había empezado a militar un año antes en la CNT para reclamar mejores salarios en esa España de miseria y negociar un “reglamento interno”, el precedente de los actuales convenios colectivos, que no existían en una dictadura política en la que los empresarios podían aplicar su dictadura particular al dirigir sus empresas. “Yo ni tenía idea de lo que era eso (un sindicato), como era lo más rebelde, pues me metía ahí (en la CNT)”, recuerda este histórico militante sindical.

Ciudad Sanitaria Francisco Franco, la corona hospitalaria de la dictadura

La Ciudad Sanitaria Francisco Franco, actual Hospital General Universitario Gregorio Marañón, veía cómo surgían esas “comisiones obreras” (que darían nombre al sindicato) para organizarse y llevar demandas al Sindicato Vertical, el sindicato único de la dictadura, controlado por ella mediante los “jurados de empresa” (formados por empresa y trabajadores). Allí trabajaba el joven Ángel de la Vieja, como albañil y en tareas de mantenimiento, desde el año 1974. “Le llamaban vertical porque venía todo dictado de arriba hacia abajo, era una forma ficticia de representación”, nos cuenta.

La mayoría de médicos tenían méritos de guerra o habían estado en la División Azul, recuerda Ángel. No era solo el nombre y la fachada, también los cimientos de ese hospital eran franquistas. Sin embargo, los seminaristas a los que mandaban a ayudar al hospital tenían una fé muy distinta: creían también en la democracia y los derechos laborales. Acostumbrados al uso de las retórica, los aspirantes a “curas obreros” eran los primeros en tomar la palabra en las asambleas de trabajadores. Hasta cuatrocientos de ellos se reunían en el Hospital, dando voz a quién jamás la había tenido, como las mujeres (enfermeras, en su mayoría), que intervenían para reclamar su derecho a las vacaciones o a una guardería. “Éramos jóvenes y rebeldes”, recuerda nuestro vecino.

Ángel de la Vieja en una posterior manifestación por la sanidad pública, en la que ya militaba en CCOO.

Todos eran comunistas, hasta los que no

La Asamblea de ese hospital, “el más grande de España, en ese momento”, decidió convocar una manifestación para pedir mejoras salariales, entre otras demandas, a la que se sumaron el resto de hospitales madrileños. “Por una sanidad al servicio del pueblo”, era una de las demandas de la pancarta, que ayudaba a llevar Ángel de la Vieja, junto a una costurera de 60 años. “Sin autorización, claro, estaban prohibidas todas las manifestaciones”, apunta. Caminaban hacia Nuevos Ministerios cuando se encontraron a “los grises”, que les dieron cinco minutos para disolver la marcha.

“Se han acabado los cinco minutos, cogedme al de la pancarta”, tronó el megáfono del capitán. “Vete tú”, le dijo Ángel a la costurera, mientras intentaba recoger la pancarta. No le dió tiempo a terminar de enrollarla y la policía se le echó encima y lo redujeron entre cuatro agentes. Un golpe con el fusil, otro con la culata en la sien, otro golpe en la boca y otro más en los genitales. En el suelo, siguieron la paliza. “Sangraba como un cerdo”, recuerda Ángel, al que arrastraron al furgón.

En tal mal estado lo habían dejado. que los propios policías se asustaron y lo llevaron a una Casa de Socorro para que no se les muriera allí mismo, en vez de ir directos al Consejo Militar para juzgarlo y encarcelarlo. Muchas horas y puntos de sutura después, se lo llevaron esposado y aún sangrando a la comisaría. “Otro comunista más”, le espetó como bienvenida un agente cuyo nombre resulta familiar a muchos torturados durante el tardofranquismo: Billy el Niño. “¿Qué coño comunista, si yo lo que vengo es a pedir un convenio?”, replicó Ángel al torturador, que gozó de una impune y prolífica carrera en democracia.

Billy el Niño empezó a pegarle y le tiró al suelo de un puñetazo. “Déjalo ya, ¿no ves que está medio muerto?”, le paró otro de los agentes de la brigada político y social. “A estos hay que matarlos a todos”, replicó Billy el Niño. Llevaron a Ángel de la Vieja a la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol, donde hoy se ubica la Presidencia de la Comunidad de Madrid que ocupa Isabel Díaz Ayuso, quien se ha negado reiteradamente a poner una placa conmemorativa que recuerde que aquel fue un lugar de tortura. Añadiendo sal a las heridas abiertas del franquismo, en forma de ejercicio consciente de desmemoria y olvido.

Allí, en la DGS, volvieron a desnudar, interrogar y torturar a este vecino ripense: “¿de qué coño partido es usted?”, le inquirieron mientras le mostraban la diversidad de folletos de organizaciones distintas que le habían encontrado en su macuto. “Yo no soy de ningún partido, yo soy del Real Madrid de toda la vida”, replicó. “¡Encima de cachondeo!”, contestaron mientras volvían a golpear a Ángel, que acabó reconociendo ser de la CNT, lo que le valió de premio otra paliza. “Como me habían pegado antes, ya ni sentía nada, dormí esa noche en la DGS en una cama que era medio de piedra”, recuerda. Al día siguiente, martes 14 de noviembre de 1977, durmió en la cárcel de Carabanchel.

El brazo del fascismo empieza a flaquear ante la solidaridad de los trabajadores

Fuera de esas zonas de penumbra del fascismo, a la luz de las calles y las ansias de libertad, sus compañeros y sus compañeras del hospital habían conseguido extender los encierros a más hospitales, en lo que se considera la primera huelga general en la sanidad. Entre las demandas, figuraba en primer lugar la liberación de Ángel de la Vieja. En el Diario Pueblo, en su edición del 16 de noviembre de 1977, podía leerse el titular “Congeladas las negociaciones”, seguido de la entradilla: “La puesta en libertad de Ángel de la Vieja, trabajador de la Francisco Franco, detenido durante la manifestación realizada el lunes, constituye la condición previa del personal sanitario para continuar las negociaciones con la Administración”. En las condiciones más adversas, ese proto-sindicalismo no dejaba al compañero atrás.

El resto de las demandas laborales no eran muy diferentes a las actuales: una de las más importantes era la reducción de la jornada laboral, que había pasado de 38,5 horas a 42 horas semanales. La ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, que hoy lidera la propuesta de reducción de jornada de 40 horas a 37,5 horas semanales también había pisado la cárcel años antes: el 10 de mayo de 1972, con un año de edad, para visitar a su padre Suso Díaz (histórico sindicalista y ex-dirigente de CCOO Galicia) que estuvo en la cárcel dos meses, tras protestar por el asesinato de dos trabajadores en Bazán (el astillero de Ferrol).

Tampoco duró mucho la estancia carcelaria de nuestro vecino, al que acogieron los presos políticos de Carabanchel. No fueron los médicos de la cárcel, sino militantes de ETA político-militar los que curaron sus heridas. “Allí quién mandaba era la COPEL (Coordinadora de Presos en Lucha)”, recuerda. La presión evitó el consejo de guerra, que se hubiera saldado con 12 años de cárcel en Mahón. En su lugar, la “asamblea permanente” en los diversos hospitales (“no se podía decir huelga”, aclara Ángel de la Vieja) había conseguido que el Régimen se abriera a negociar.

Ángel de la Vieja interviene, aún con vendajes pero ya libre, en la Asamblea permanente del Hospital Francisco Franco.

Uno de los influyentes médicos falangistas de su hospital que lideró la delegación negociadora fue Carlos Ruiz Soto, uno de los fundadores de Alianza Popular (antecedente directo del Partido Popular) y padre de Enrique Ruiz Escudero (también médico, actualmente senador y responsable de la Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid entre 2017 y 2023). Había otro médico, en las antípodas ideológicas, que también se haría famoso: José María Fidalgo, que lideraría la Federación de Sanidad de CCOO y posteriormente sería Secretario General de todo el sindicato de las Comisiones Obreras (del 2000 al 2008). Completaba la delegación un tercer médico, un psiquiatra amigo de Ángel de la Vieja.

Nuestro vecino se imagina cómo debió ser la reacción del Ministro franquista de Interior, Rodolfo Martín Villa: “¿por este mierda vamos tener la sanidad parada?”. Así que dejaron libre a Ángel de la Vieja, que fue acogido a su salida por una multitud de trabajadores. La huelga estaba a punto de concluir, por fin, y en el Aula Magna nuestro tímido vecino se dirigió a una Asamblea Permanente de mil personas: “os agradezco vuestra solidaridad, al fin y al cabo, esto es una lucha de todos”, fue un fragmento de sus parcas palabras. Un año después (1978), el Hospital estrenaba su primer convenio colectivo. El sindicalismo arrancaba pedazos de libertad y democracia a una dictadura que estaba a punto de concluir.

Con la democracia, llegaron palabras nuevas

Nuestro vecino salió elegido representante de los trabajadores. “El hueso de un médico es igual que el hueso de un albañil”, le argumentó al magistrado que le pusieron de mediador con la empresa. Fue otra de las victorias de Ángel de la Vieja: conseguir que se igualaran los derechos en trienios y antigüedad que solo disfrutaban unos pocos. Siguió siendo sindicalista y, tiempo después, pasaría de la CNT a CCOO y participaría de unos ya legalizados y modernos “comités de empresa”.

Los aires de cambio llegaron por fin y se estrenó un gobierno democrático en la Diputación de Madrid, que decidió en 1979 que había que cambiar el nombre del hospital. La dirección del centro le encargó la ingrata tarea a la que nadie se atrevía: para que el hospital fuera renombrado como Gregorio Marañón, había que quitar las enormes letras de dos metros de alto con el nombre del dictador Francisco Franco.

Candidatura de CCOO en la que participaba Ángel de la Vieja.

“Eran todos de extrema derecha, así que me acompañó un electricista falangista llamado Toscano que odiaba a Franco”, recuerda. Le dijo a nuestro vecino: “mira, en algo coincidimos, no puedo ver a Franco, así que voy yo y desenchufo la electricidad”. Ni corto ni perezoso, Ángel de la Vieja se subió al octavo piso con un mazo y un cortafríos.

Ángel de la Vieja agarró fuerte el mazo y empezó a dar poderosos golpes contra las enormes letras de hojalata que retumbaban en todo el recinto. Desde lo alto, divisaba a otros empleados que bien podrían llevar camisas azules. “Los de Cristo Rey, los de Fuerza Nueva, salieron todos los fascistas a insultarme mientras lo hacía: hijo puta, cabrón, comunista…”, narra que le decían. Algún valiente técnico de mantenimiento les llevaba la contraria: “dale más fuerte, pégale”, gritaba mientras Ángel de la Vieja seguía trabajando con el mazo. “Yo disfrutaba como un enano”, recuerda con una sonrisa.

Letra a letra, cayó el nombre de Franco. Ese día Ángel de la Vieja derramó sudor y no sangre. Lo que había caído, por la fuerza de Ángel y de tantos hombres y mujeres anónimos, era la dictadura.

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