Dicen que hasta que algo no se nombra, no existe. Debe ser así. Hasta ahora parece que la mayor parte de nuestro país no existe porque nadie se acuerda de nombrarlo. Ahora se ha puesto de moda denominarlo “la España vaciada”. Antes se llamaba la España rural, o la España profunda. Parecerá una tontería, pero hasta que en Teruel no le pusieron el lema “Teruel existe”, nadie se acordaba de él. Y ahí está, con representación en el Congreso. Es la prueba fehaciente de que hasta que no le ponemos un nombre a las cosas, no existen. Igual pasa con el Arte: lo que no podemos englobar dentro de un periodo o estilo (Renacimiento, Barroco, Impresionismo…) nos chirría, no sabemos como tratarlo. Nos gusta poner nombre a todo como primer paso para poder controlarlo. Ya lo decía Bob Dylan: “Man gave names to all the animals in the beginning”…y luego ya después, los domesticó.

Ahora se les llena la boca a los políticos y a los medios de comunicación con esta expresión tan rimbombante: “la España vaciada”. Vale. Mientras sirva para algo. Está claro que es un problema que debe solucionarse desde las esferas políticas y las administraciones. Fomentar lugares de trabajo y de residencia para que las familias se instalen en los pueblos. Fomentar la natalidad, pero también redistribuir la inmigración, que así pasa fácilmente de ser un problema a una solución. Luego, todo lo demás vendrá por añadidura. Pero esta columna se dedica al Arte, que también es uno de los grandes afectados por la despoblación de la España interior. Como ha dicho en repetidas ocasiones el gran Peridis en sus visitas a Covibar, no sirve de nada restaurar monumentos si no se les da una utilidad, si se restauran pero no se utilizan, volverán más pronto que tarde a la ruina. Los pueblos abandonados son un aliciente para el robo de obras de arte en iglesias de pueblo, ermitas abandonadas, palacios, castillos…Restaurándolos y dándoles utilidad matamos dos pájaros de un tiro. También la Administración está fomentando el vaciamiento artístico de nuestros pueblos. Sí, como lo oyen. Porque tiende a concentrar en capitales de provincia el arte desperdigado. Lo cual es una pescadilla que se muerde la cola: si no hay nada que ver en los pueblos, la gente no va a visitarlos. Cuando la Guardia Civil recupera obras de arte robadas, no las devuelve a sus lugares de origen, sino que pasan automáticamente a ser titularidad de la Administración General del Estado, quien los deposita en el museo provincial de turno. Esto ha ocurrido, entre otros casos, con los relieves de la ermita visigoda de Quintanilla de las Viñas, depositados en el Museo de Burgos. Con la excusa de la seguridad, las obras no vuelven más a sus lugares de origen, y estos acaban por dejar de ser visitados al perder su principal aliciente, lo cual impide que se invierta en seguridad. Los pueblos de España así van perdiendo esas obras de arte que les hacen atractivos para los visitantes.

Afortunadamente se da también el caso contrario. Cada vez son más abundantes los proyectos en favor de la conservación y puesta en valor del Patrimonio artístico de pueblos de la “España vaciada” a través del micromecenazgo o “crowdfunding”. Hace un año, una aldea de ocho habitantes situada en una zona despoblada de Burgos, Quintanilla de Riofresno, comenzó una campaña para recuperar su patrimonio, y consiguió los 30.000€ para la restauración de su retablo renacentista sin ayuda de las administraciones ni de la Iglesia. La intensa campaña en las redes sociales consiguió su objetivo y provocó una reacción en cadena, que es el síntoma de una tendencia que se ha consolidado en el último año: el micromecenazgo como fuente de protección y rescate del patrimonio de la España rural. “No puedes esperar la ayuda de la Administración, nunca llega. No sé si es una gran obra de arte, pero es nuestro patrimonio, y debemos protegerlo”, manifestó el alcalde. Este debería ser el lema para todos. Todo con tal de no tener que avergonzarse con un nuevo “eccehomo” como el de Borja.

A este caso se unen otros como el del retablo de Vadocondes, también en Burgos, que ha conseguido 40.000€ para restaurar su retablo, o los 20.000€ para la restauración del artesonado mudejar de Valcabado del Páramo en León, que permitirán abrir las puertas a una subvención de 100.00€ de la Diputación provincial para recuperar otros siete artesonados mudéjares de la zona vinculados a la Vía de la Plata. “Nuestro paisaje es austero, áspero incluso, pero tenemos la posibilidad de ofrecer este contenido cultural para crear un centro de promoción turística e interpretación mudéjar”, dicen.

¿Es el micromecenazgo el fracaso de la Administración pública? Lo fundamental es siempre hacer una fuerte campaña de divulgación del mecenazgo, y explicar que se puede desgravar el 75% de lo invertido. La adaptación de la ley de mecenazgo a las necesidades del mundo de la cultura es una promesa que viene escuchando el sector desde hace una década al menos como alternativa al estrangulamiento de los presupuestos públicos destinados a las artes. Pero esta ley nunca llega. Aunque no todos saben que, de momento, tras la reforma de 2014 existen unos beneficios fiscales del 75% en la cuota íntegra del IRPF para el micromecenago con donaciones inferiores a 150€. Esta normativa está detrás de todas estas historias de éxito. También encontramos el apoyo de la Asociación no lucrativa de protección patrimonial Hispania Nostra, que elabora una lista roja de monumentos en peligro. En 2019 recaudó más de 100.000€ para proyectos de conservación procedente de más de 1.000 micromecenas, una cifra record que supone un aumento de un 80% respecto al año anterior. ¿Sustituye el micromecenazgo a la Administración en la tarea de la conservación del Patrimonio Histórico-Artístico? No. Pero ayuda mucho.

El penúltimo caso puede ser el del órgano de la Iglesia Parroquial de Salmoral (Salamanca). Su Ayuntamiento, junto con la Asociación de Amigos y Vecinos de Salmoral han dado los primeros pasos para restaurar el órgano de la iglesia parroquial, situado en el coro de la misma, de estilo Barroco, y datado entre los siglos XVII-XVIII.
El instrumento se quedó mudo hace tiempo debido a la dejadez y el paso del tiempo. Conserva su estructura original, aunque podría tener dañado alguno de los tubos y ha perdido el color y el lustre de antaño (aparte de alguna que otra tecla). Nada que no se pueda restaurar. Por ello, se están buscando diferentes fórmulas que faciliten la restauración del órgano, que permitiría organizar fácilmente ciclos de música sacra en un recinto con una acústica impresionante. ¿Será éste un nuevo caso de éxito o nos quedaremos sin saber cómo sonaba en sus buenos tiempos? En nuestras manos está.