Sería conveniente andar acostumbrados a desconfiar, o cuando menos a la sospecha, si vemos sobre nuestras cabezas y entendimiento cernirse teorías que parecen resultar liberadoras en tanto que suponen un caudal de contenidos, tras aparente reflexión, aglutinados con la intención de explicar el presente y revisar el pasado como acto voluntarioso de mejora a su respecto.

Y es que el hecho de presentarlas como tal, esas teorías, parece infundir a determinados postulados una autoridad que ¡oh, sorpresa! nos alcanza sin embargo para desmembrar o construir debates confusos en la apropiación de los principios que, en el fondo, fueron propuestos con el fin de llegar a una especie de incomprensión de la que es necesario huir.

La celeridad nos convoca de forma continua a una toma pertinaz de elementos para su consumo. La digestión o indigestión procura un diagnóstico y dos episodios en la manifestación de la patología, a saber: El vómito como respuesta y la purga que lleva implícita o el aborregamiento convulso desencadenante de un empacho perpetuo con la mala baba consustancial a la falta de drenaje.

Diversas estructuras de pensamiento enarboladas alrededor de una sugerente terminología en una especie de acuerdo con el que configurar un mapa del tiempo actual, se convierte de forma sistemática en mercancía con la que llenar páginas y tertulias. Establecemos así una perspectiva acerca de nosotros mismos Intentando esquivar la acción y prodigarnos, sin embargo, en una retórica que intenta explicar al otro y no al yo. La metamodernidad surgida ya en el siglo pasado, y como ocurre con todas las prácticas de pensamiento convertida en saldo, sugiere una hibridación entre lo que fue la modernidad Y la engañosa postmodernidad, manteniendo en la línea de flotación el “cuestionamiento” como forma habitual de quedarse al margen y un posterior tratamiento en forma de ironía acerca de lo abordado. El resultado de todo esto no ha sido otra cosa el universo de lo absurdo, a estética de lo “cuqui”, una ironía no irónica sino veleidosa y hedonista, una infantilización de las opiniones…y todo, a expensas de una fórmula que parecía venir para atizar. Ya no somos postmodernos, somos metamodernos…en fin, que igual nada importa y por eso haya quien apueste por estar viviendo una vida en ese terreno temporal llamado “poshistoira”, que algunos creerán que alude al fin de la historia. No hay por qué preocuparse, ya se pasará por el cedazo y terminará siendo lo que algunos piensan en vez de lo que es.

En este orden de “teorías” adscritas a la modificación de las arquitecturas que han configurado el pensamiento y a la postre el modelo de sociedades validadas en la hegemonía de quienes las legitimaban, han alcanzado en ¿honroso? honor de haberse convertido en un caudal de subjetividad como fórmula de conocimiento mediante el que validar opiniones de todo pelaje. Siguiendo la estela que estas mismas teorías sostienen, habría que cuestionarse acerca de la relación entre determinados tipos de sociedad y el poder que parece apoyar el desconocimiento como fórmula no sólo de felicidad, sino como alentador del chafardeo a la manera de estructura de opinión fundamentada. De ahí que volvamos a tener que preguntarnos ¿Qué relación existe entonces entre el poder y el conocimiento? Porque mucho nos tememos que de ello se deriva una estética del conflicto, de la burla al fundamento y la autorrepresentación sistemática como sujeto de la heroicidad sin amenaza y la victimización del que perpetra… Y así hemos llegado al reino de los selfies como argumentario en las más delirantes y absurdas de las posturas e imposturas y cuyo contenido deberían explicarnos todos aquellos que se nos presentan como adultos de segundo de primaria… ¿será todo una ironía y no sabremos interpretar la metamodernidad? Sería un alivio… de las teorías decoloniales hablaremos otro día…