Jamás habría podido imaginar que la tinta de los bolígrafos pudiera helarse. Viene a ser como si se te helara la sangre en las venas. Lo de helarse la sangre en las venas es una metáfora. Lo de la tinta del bolígrafo es cierto. Les sucede a los niños pobres que viven en un poblado de Madrid llamado la Cañada Real. En este poblado llevan más de un año sin luz, de modo que en invierno hace mucho frío, tanto que, cuando los niños intentan hacer los deberes, el bolígrafo no responde porque resulta que su tinta se ha congelado. La sangre sigue corriendo por el interior de las venas de los críos, pero la tinta se ha solidificado dentro del tubito de plástico que se parece a un capilar del cuerpo humano.

¿Qué se puede escribir con un bolígrafo congelado? Una novela de terror, supongo. Tú escribes y escribes y vas dejando sobre el papel unos surcos blancos que quizá pudieran leerse con la yema de los dedos, en plan braille. Sería algo parecido a hablar sin voz. ¿No habéis hecho nunca la broma de dirigiros a vuestra mujer o a vuestro marido moviendo los labios, pero sin emitir sonido alguno? Durante algunos segundos, el receptor se espanta al pensar que se ha quedado sordo de repente. Luego, al comprobar que escucha todos los sonidos de la casa menos tu voz, piensa que te has vuelto loco o que intentas hacerle luz de gas. Hablar sin voz es como escribir sin tinta, o como escribir con el ordenador apagado.

Cuando el bolígrafo de un niño no funciona porque la tinta no corre debido a la temperatura ambiente, alguien se ha vuelto loco. No sabríamos decir si el Estado, la compañía eléctrica, la comunidad, el ayuntamiento o todos a la vez. Como ustedes se pueden imaginar, lo que le pase a la tinta del bolígrafo no nos importa mucho. Lo preocupante es lo que esa tinta coagulada metaforiza. Lo angustioso es lo que esa tinta cuajada no podrá dibujar. Si así está la tinta, piensen cómo estarán los dedos de los niños. Se romperían, como una varilla de cristal, si les dieras un golpe. Padecí mucho frío de pequeño. Sé lo que son los sabañones y los labios morados y las sábanas con sabor a mortaja. Pero jamás se me heló un bolígrafo. Quizá porque no se habían inventado.

Juan Millàs

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