Editorial: Por mí y por todos mis compañeros

«Los trabajadores seguimos siendo el pariente pobre de la democracia», dijo Marcelino Camacho. Hace pocas semanas, como si fueran heridas antiguas que creíamos cerradas, nos atravesó el dolor por la pérdida de cinco mineros en un trágico accidente en la mina de Cerredo en Asturias. La empresa Blue Solving solo tenía permisos de investigación pero está siendo investigada porque habría presuntamente iniciado extracciones ilegales de carbón. Este fraude y falta de seguridad laboral resultó letal.

Hay una épica del minero, con su casco y su linterna, con sus huelgas imponentes que nos evocan a esa “clase trabajadora” de otro tiempo. Pero todo el mundo que necesita trabajar para llegar a fin de mes forma parte de eso que llamamos “clase trabajadora”, aunque lleve corbata o vaya a trabajar a una oficina. Algunos siguen muriendo, como los dos bomberos que fallecieron el pasado 2 de abril en Alcorcón. También mueren de formas más silenciosas, como los trabajadores del Metro de Madrid que se enteraron de que habían estado expuestos al efecto cancerígeno del amianto.

El podcast “Todas las veces que ganamos” (producido por CCOO) nos recuerda en su primer capítulo que la jornada de ocho horas se conquistó en la llamada Huelga de la Canadiense (que nos situó a la vanguardia del mundo en derechos). Todos los derechos que nos permiten vivir con cierta tranquilidad, en vez de como esclavos de otros, fueron arrancados con lucha.

Afortunadamente, los últimos años han sido de avances en los derechos laborales de todas las personas trabajadoras (subiendo el salario mínimo y acabando con la temporalidad). Mejoras también en la protección de las mujeres embarazadas ante un despido o en el apoyo a la conciliación, aunque siga abierta una batalla política sobre la reducción de jornada. Hay empresas que no creen que seamos productivos cuando llevamos más de 5 horas seguidas trabajando, pero nos atan igualmente a una silla porque es una demostración de poder. Nos recuerdan que, aunque las empresas no se presenten a elecciones, siguen mandando sobre un tercio de nuestra vida. Por eso, el sindicalismo también va más allá de la reivindicación en la empresa y demanda ciudades mejores para vivir.

En nuestra ciudad, no podemos entender cómo se ha construido Rivas sin la importancia de las cooperativas de vivienda (Covibar y Pablo Iglesias) ligadas a sindicatos (CCOO y UGT). Hoy, muchos niños y niñas de Rivas crecen en barrios amables gracias al sindicalismo que les precedió. Jugando en la plaza y consiguiendo “salvarse”, alguno exclamará “por mí y por todos mis compañeros”. Esa es la lección más elemental de conciencia de clase.

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