Como podemos observar en la Foto1, Perseo presenta una estructura en forma de K o de X y es fácilmente visible durante gran parte del año, desde agosto hasta abril, culminando en el mes de noviembre sobre el cenit (por encima de nuestras cabezas). Tenemos que recordar que esta constelación se encuentra dentro de un brazo de la Vía Láctea, por lo que la vista a través de prismáticos es realmente magnífica, ya que el número de estrellas visibles puede ser de miles.

Las estrellas fijas son astros celestes que no parecen moverse con respecto a las otras estrellas del cielo y por tanto cualquier estrella lo es, excepto el Sol. Estas estrellas son las que forman las imágenes en el cielo que estamos viendo en estos artículos y a las que llamamos constelaciones.

Pero existen otros dos tipos de “estrellas” – que no son tales – y que desde la antigüedad han sido consideradas: “distintas”. Las llamadas “estrellas errantes”, aquellos otros astros que los antiguos veían moverse sin lógica aparente y desdibujando la forma de las constelaciones. Por supuesto, los planetas y los satélites entraban en esta categoría, pero había otros astros mucho más rápidos que parecían venir en forma de “chubascos” desde puntos concretos del cielo y que lo cruzaban en un tiempo increíblemente pequeño. Su  denominación fue la de “estrellas fugaces”, porque además de ser errantes, duraban muy poco. El nombre, “lluvia de estrellas”, tiene su origen en tradiciones griegas y católicas, pero en la actualidad tiene una explicación mucho más científica de la que le dieron nuestros antepasados. Nos referiremos concretamente a las “Lágrimas de San Lorenzo”, nombradas así porque aparecen unos 2 días después de que se celebre este Santo, que fue según la tradición católica, quemado vivo. Aparecen sobre el 12 de agosto (que resulta ser el día de mi cumpleaños) y parecen proceder de un punto de la constelación de Perseo, por lo que se trata de la “lluvia de las perseidas”. El mito indica que Perseo tuvo que transformarse para poder entrar en la habitación donde estaba recluida su amada Dánae y engendrar a su futuro hijo. La forma que eligió el dios fue, precisamente, una lluvia dorada: las Perseidas.

Observad la foto2 que refleja exactamente quién es el causante de esta “lluvia” celestial. Se trata de un cometa descubierto por Lewis Swift y Horace Parnell Tuttle el 19 de julio de 1862, cometa que tiene un diámetro de 26 kilómetros y su órbita alrededor del Sol un período de 135 años. Apareció de nuevo en 1992 siendo claramente visible y es el cuerpo que provoca la lluvia de meteoros conocida como “Perseidas”. Cuando el cometa alcanza el perihelio, pasa de 80 meteoros por hora hasta unos 400, lo que hace esta “lluvia” una de las más espectaculares del año.

Se trata pues de partículas de polvo del tamaño aproximado de un grano de arena que dejó el cometa Swift-Tuttle en su órbita alrededor del Sol, cuando pasó por nuestra estrella “demasiado cerca”. Cuando estos granitos atraviesan la atmósfera terrestre, atraídas por nuestro planeta, se queman en las capas altas de la atmósfera y se volatilizan, brillando con el resplandor de su muerte. Lo hacen a la increíble velocidad de 210.000 kilómetros por hora.

En la siguiente foto3 os presento una “perseida” volando por encima del observatorio Paranal en Atacama (Chile), del cual ya hemos hablado en otros artículos. Evidentemente, cada vez que la órbita de la Tierra atraviesa esta zona que coincide con el punto de radiación, vemos los meteoros, pero poco a poco se van destruyendo, hasta que desaparezcan en un futuro lejano.

Ahora que lo sabéis, aunque al leer la revista, este acontecimiento haya ya pasado, no hay excusa pues, para los amantes del cielo oscuro, que admirar el próximo verano al gran héroe del Cielo y a sus incontables y maravillosas estrellas fijas y a las fugaces. Buscad una noche sin contaminación lumínica, poned una manta en el suelo y a… contar estrellas, que ya van quedando cada vez menos. Por eso…

¡¡ Mirad al Cielo!!

M. Manero