Ojos que no ven…

Los tomates ya no saben a tomate, la fruta la adquirimos acorchada, la ensalada en plástico…la carne inyectada de fármacos y piensos de engorde rápido. La cesta de la compra engreída alberga alimentos lustrosos, de calibre medido, de brillo encerado que no sabe a lo que debiera saber, pero llena sin espera la nevera para asegurarnos no repetir plato a lo largo de la semana.

Mercados existieron siempre, trueques, cambios, triquiñuelas y rufianes que trucaban el peso en la romana y la balanza. Todo queda bajo otro aspecto que apura su hegemónica posición a sabiendas de la glotonería voraz y desmedida de una población que no perdona la falta de lo que piensa común y, sin embargo, es producto de la necesidad inoculada a quererlo todo ahora.

El ritmo de los días y una población concentrada en grandes urbes a la que es necesario saciar, propició una huida, abandono y casi olvido de los ritmos naturales. De ello se aprovecharon no sólo otros rufianes convertidos en mediadores con la capacidad de frenar la distribución y dispensarla a su antojo manejando el precio, sino aquellos también que compraron la ciencia para alterar hasta lo artificial lo que siempre tuvo su ciclo. Invernaderos masivos, transgénicos, insecticidas, fertilizantes contaminantes o el control absoluto de la agricultura mundial llegando a imponer patentes en forma de adquisición de semilla advertida de obligada adquisición, entre otros. Y es que no habría que olvidar que dicho “peaje” se constituye en deber para los agricultores si se quiere tener acceso al mercado de la distribución e incluso de los créditos bancarios. La perversión está servida, la población tiene su parcela de todo cubierta en los expositores de los supermercados, el engranaje funciona a costa de la sobre explotación, agentes químicos sustituyendo a la tierra, cebaderos ignominiosos y la autoría de la propiedad del fruto hecha ley por mucho que las cosas de la siembra las creamos consecuencia de una perentoria necesidad a alimentar a una población que, de otra manera, se debatiría entre la escasez y el deseo extremo por atesorar naranjas de la China, pimienta, salazones e incluso presumir de ataques de gota.

El conocimiento genera conciencia y ésta una posición en la que esa conciencia tapona e intenta ahogar esa peculiar tendencia humana a la comodidad y ausencia de renuncias. De ahí que haya entornos y gestos, personas y actividad que revelan esa otra necesidad que no es otra sino la de devolver a una ínfima parte de la tierra sus ciclos y, con ello, poder ejercer esa conciencia renovada en forma de consumo sostenible. Iniciativas que, cada vez más, se extienden -sin poder hacer frente a los gigantes dominantes de la alimentación- que ponen en manos de los consumidores lo que la tierra da en cada una de las etapas naturales de siembra y cosecha.

Una de estas incitativas tiene lugar en nuestro municipio en el enclave conocido como Soto del Grillo. Allí a lo largo y ancho de las más de 70 hectáreas cultivables entre secano, regadío y una pequeña explotación ganadera, pequeños agricultores se afanan en su tarea en la vega del Jarama para hacer llegar los productos que cultivan. Pequeños productores que trabajan de forma respetuosa con el medio ambiente manteniendo una frecuencia de atención a quienes demandan sus productos en días fijos cada semana. Así, la cesta llega provista de lo que hay en cuanto que es lo que la tierra rinde sin artificio, suponiendo esto una gestión responsable y compleja de mantener en el tiempo.

Los tomates, según la variedad, acaso vuelven a ofrecerse sugerentes retomando el gusto a tomate; la tierra descansa y produce, en su entorno huele a campo y los voraces insectos son mantenidos en la frontera de entrada al fruto a fuerza de prueba error y saber ancestral donde la naturaleza susurraba artimañas y estrategias para el equilibrio.

Tenemos los medios, los recursos y la conciencia de compromiso activo para hacer entornos más sostenibles en los que hasta es posible recuperar ecosistemas aniquilados, entornos donde la simple polinización sea posible fuera de todo artificio y garantice la extensión de aquello que sabemos que la tierra es capaz. Tenemos los medios y recursos, pero, acaso, nos falta aprender a renunciar sin berrinches, a saber por qué cada plato sobre la mesa convertido en gastronomía tiene su época y lugar…decididamente sí, debemos aprender a renunciar sin berrinches ni frustración. La tierra se aliviará.

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