En este país, hasta no hace muchos años, la mayoría de la población ocupaba el sector primario: la agricultura, la ganadería, la pesca, la minería y la silvicultura. Es probable que algunas de las lectoras de estas líneas recuerden la sociedad en que les tocó vivir o que se reconozcan en ellas; en especial aquellas de más edad que vivían y trabajaban en las zonas rurales.
Revisando la historia de las mujeres desde la Prehistoria se comprueba que su vida no ha variado mucho a lo largo de los tiempos. Las primeras personas que estudiaron esa época eran varones, por lo que la reconstrucción de la forma de vida de los humanos estaba basada en los estereotipos androcéntricos; los primeros antropólogos y arqueólogos no dudaron en dar una descripción de las conductas acorde a esas ideas. El enfoque estaba determinado por el entorno de una sociedad occidental heredera de una tradición judeocristiana y grecorromana, en la que las mujeres eran consideradas seres inferiores.
Siguiendo ese esquema, los historiadores de la Prehistoria al no tener ninguna prueba tangible que permitiera diferenciar las tareas y los estatus según el sexo, dieron una visión binaria de las sociedades prehistóricas: hombres fuertes y creadores y mujeres débiles, dependientes y pasivas. Contrariamente a lo que el naturalista Darwin escribió: “las mujeres se han visto forzadas a trabajar con tanta dureza al menos como los hombres”.
Sally Linton, en 1971, fue la primera antropóloga que planteó el modelo recolector en el que afirmaba que las homínidas fueron las que cosecharon, las que inventaron los primeros instrumentos (palos cavadores y contenedores para transportar los productos vegetales) y las que, en principio, compartieron la comida con sus crías.
Por otro lado, para el antropólogo Richard Lee la carne y la caza no fueron tan importantes en el proceso de hominización, ya que sólo constituían una tercera parte de la dieta; el sector femenino de la mano de obra era el único verdaderamente productor de calorías. Así pues, los nuevos estudios vuelven a respaldar la idea de que el aporte seguro, fiable, constante y diario de alimentos para las hijas y los hijos, provenía del trabajo de recolección y de la caza de pequeños animales por parte de las mujeres.
En 2002, Juan Luis Arsuaga dijo que en el Paleolítico: “las mujeres recolectaban: frutas, frutos secos, raíces, hojas, rizomas, granos, bulbos, tallos, insectos, setas… y cazaban además pequeños animales (lagartos, batracios, pequeños mamíferos…)” (…) En el Neolítico, la mujer se convirtió en fuerza de trabajo para el cultivo,“las mujeres daban de comer a sus hombres. ¡El aporte regular de alimento al grupo lo hacía la mujer! Los hombres hacían caza mayor -difícil de conseguir, esporádica-, pero ellas hacían caza menor más regular, y también recolectaban. Las mujeres proporcionaban el mayor aporte de calorías al grupo y regularmente”.
Ya en épocas históricas (y según la región), los trabajos se diversificaban en función del terreno, condiciones climáticas, adelantos técnicos… Las esposas campesinas eran trabajadoras a jornada completa cuyas tareas eran esenciales para la subsistencia y bienestar de su casa. Trabajaban en el pequeño huerto donde cultivaban verduras, también recogían hierbas, leña y maleza de los bordes de los caminos para alimentar a los conejos. Llevaban al animal que tiraba del arado mientras su marido lo guiaba, en la siega ataban las gavillas, cortaban y secaban el heno. En las regiones donde el terreno era difícil y escaseaba el agua la acarreaban para regar las terrazas montañosas que, a su vez, estaban rellenas de la tierra que las mujeres con su esfuerzo habían llevado hasta allí en cubos. Además se ocupaban de trabajos “femeninos” como cuidar las aves de corral, ordeñar las vacas, ovejas, cabras y hacer mantequilla y queso, de la fabricación de paño e hilo, del lavado de la ropa, de coser, remendar… Sin olvidar que daban a luz, amamantaban y cuidaban a sus hijas e hijos mientras se ocupaban de sus propias tareas en el campo.
Posteriormente, la revolución industrial marcó un punto de inflexión en la incorporación de las mujeres al nuevo sector laboral que en principio no fue demasiado significativo en el mundo rural. La situación de las mujeres en el sector industrial estaba marcada por la segregación de género y la falta de oportunidades; eran relegadas a trabajos menos cualificados.
Por otro lado, las esposas rurales no estaban reconocidas laboralmente por parte de la legislación que solo acogía a los propietarios de la tierra y el ganado; con lo que ellas al llegar a la edad de jubilación, tenían que acogerse a la prestación no contributiva.
No ha sido hasta el año 2012 cuando el régimen social para las empleadas del primer sector se encuentra dentro del Régimen Especial Agrario y, desde ese año, se ha integrado en el Régimen General de la Seguridad Social.
No obstante, el informe que hizo el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación en 2021 destacó la existencia de brecha laboral de género ya que la agricultura es un sector masculinizado con diferencia salarial y donde las mujeres se concentran en trabajos no mecanizados y contratación a tiempo parcial.
En la actualidad las mujeres en este sector tienen problemas similares a cualquier otro sector: falta de acceso a la educación, formación, crédito y tecnología que limita su desarrollo económico y su autonomía. Sin embargo, no hay que olvidar que actúan como agricultoras, consumidoras, responsables de hogares, activistas, líderes y empresarias y sobretodo que desempeñan un papel crucial en la lucha contra el cambio climático y el desarrollo rural sostenible.









