Fue hace pocas fechas cuando saltó a las páginas de periódicos y distintos medios de comunicación la existencia de una pieza atribuida al artista napolitano Caravaggio  (Milán 1571- Porto Ercole 1610). La cosa no hubiera tenido más trascendencia que la deriva de la propia sorpresa ante el hallazgo, sino fuera porque la pieza, después de haber pasado por las manos de los “expertos” de una conocida casa de subastas madrileña, concluyeran que la pieza carecía de interés. Así el “comité de sabios” dedujo que la pintura debía pertenecer al círculo de Ribera, seguidor de la escuela del maestro italiano. Bajo este perfil el precio de salida desde donde comenzaría la subasta se cifró en unos 1500 €; algo menos de lo que cuesta un televisor de última generación. Ante el caudal de ofertas saltaron las alarmas y pronto  el cuadro fue retirado de la subasta bloqueada por parte del estado.

Este hecho pone de relieve lo voluble y frágil de un mercado que quita y pone rey al antojo de la fabricación de deseos a través de la monetización.

Si algo sabemos cuando viajamos es que resulta indiscutible programar la visita a museos y monumentos esto es empaparse de cultura. Encontrarse con un Caravaggio a medio metro es una experiencia para todo amante del arte y la cultura sólo posible disfrutar en contadas ocasiones, por la propia obra y por todo aquello que acumula de expectación después de haberlo estudiado tantos años quedando en el ideario personal e hito dentro de la historia del arte. Dicho esto, bien puede entenderse las expectativas puestas en tan singular pieza.

Otra cosa bien distinta son los flecos que se derivan de este episodio, revelando la tramoya en cuanto a la situación actual de los artistas en activo en donde este sector de las subastas mucho tiene que ver para la devaluación de los creadores actuales, no ya en su carácter objetual sino cultural y como desarrollador de proyectos.

Las salas de subastas pertenecen al llamado mercado secundario. Un mercado donde recalan objetos de todo tipo y pelaje, y en gran medida obras de arte depositadas en un ejercicio de descarga de artículos procedentes de herencias, legados o aportaciones benéficas donde, el nulo interés por la naturaleza que esas obras suscitan el trato que reciben a modo de morralla.

En el desarrollo de este ejercicio, los subastadores fuerzan a la baja el lote del depositario que, dicho sea de paso, no presenta oposición con tal de deshacerse del muerto y, por supuesto, lanzados a los brazos de una excelente puesta en escena que proyectando exquisitez y, visto lo visto, aunque ya era sabido, una dudosa capacidad el peritaje.

Así, no es extraño encontrarse obras con firmas de autores en activo que ven como este mercado secundario  tira por tierra el trabajo de décadas. Y es que la subastas tienen ese particular tirón mediático capaz de remitirnos a ellas como referencia primera para la estimación de un autor o autora. Y no. Los precios de subastas salvo lotes estrella, se estiman con el único propósito de darles salida rápida sin más relato.

Resulta evidente que, cuando hablamos de pintura y arte en general, estamos ante un sector de la cultura que tiene más de mercado en su proyecto público que de aquello que es en realidad. Por un lado, contamos con un sector primario: galerías, Brokers o instituciones que asumen la tutela de determinados artistas desde donde se generan tendencias y afinidades.

Por otro está ese mercado secundario dirigido a triturar todo sin el más mínimo pudor.  Y es que esta historia de la posible pieza de Caravaggio nos da cuenta de la falta absoluta de tacto, de criterio, así como del fetichismo mercantil donde no vale el mérito sino la divisa. En este sentido, no es mala cosa repetir el apunte que es este un sector con atuendo de exquisitez y muy poco respeto por los observadores, o lo que es lo mismo, por el público. Y es que el arte es una disciplina de la cultura en la que el público no decide, no se le deja de elegir, no es soberano porque, como señalara en una entrevista realizada a Miguel Lago (Cómico, actor y vecino de Rivas) el público es quien te mantiene y quien te decide; el público decide si estás o te vas a tu casa en materia de música, teatro, cine o literatura y no puedes engañar. El público es quien juzga y paga sus entradas en Arte no.  Y no lo es porque la decisión del público está atravesada por el temor a poder ser llamado imbécil si no acuerda su gusto con aquel que lo decide disparando con pólvora ajena. Así nos va.