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OPINIÓN

Javier Tabarés, activista por la sanidad y la educación públicas.

Memorias por China de un bajista afortunado (IV parte): Guilin – Shenzhen – Macao

Crónica de viaje por la gran potencia asiática de Javier Tabarés.

Emulando a Umberto Eco en boca de Adso de Melk: Llegué por primera vez a China hace ahora 30 días. Aún no podía imaginar los acontecimientos, pequeños y grandes, que acabarían haciendo de este viaje algo profundamente memorable.

Desde entonces, no he dejado de hacerle preguntas a este país. Prácticamente a diario. Y China, como si pudiera responder, me devuelve sus impresiones y contradicciones que invitan a pensar.

Por ejemplo: si uno pregunta por su papel en los conflictos internacionales, la respuesta que parece emerger, es la de un país que ha priorizado, en las últimas décadas, otras formas de influencia distintas a la intervención militar directa. Esto choca con el relato recurrente del llamado “peligro amarillo”, una expresión tan antigua como cargada de prejuicios.

En contraste, potencias como Estados Unidos han ejercido históricamente un papel mucho más activo en conflictos armados fuera de sus fronteras. Esa diferencia de enfoques, abre un debate incómodo sobre quién construye los relatos globales y con qué intereses.

Para más inri, Occidente arrastra una larga historia de intervenciones económicas y políticas en países en desarrollo, muchas veces condicionando sus recursos y sus gobiernos. Frente a eso, China ha desplegado en las últimas décadas una estrategia distinta: comercio, inversión en infraestructuras y construcción de redes logísticas.
Carreteras, puentes, ferrocarriles… no son gestos altruistas, sino apuestas a largo plazo por una interdependencia económica. No hay filantropía en ello, pero sí una lógica diferente a la de la ocupación directa: asegurar vínculos duraderos a través del intercambio.

El caso de Taiwán merece también una mirada menos simplista. Desde fuera, se suele presentar como un escenario de tensión constante. Sin embargo, la realidad política y social en la isla es diferente. Hay tres partidos importantes en Taiwan, dos son abiertamente pro chinos, pro continentales, el tercero, el que gobierna en minoría no es pro-chino. Eso significa, lejos del discurso que nos quieren imponer, que ambos países se respetan, comercian, y sus ciudadanos pasan abiertamente de un país a otro sin ninguna restricción.

Más datos que ayudan a contextualizar: hace apenas 40 años, China era uno de los países más pobres del mundo. Hoy, según organismos internacionales, ha logrado sacar de la pobreza extrema a 800 millones de personas. Ese salto explica, en parte, el orgullo nacional que se percibe.

Tampoco conviene olvidar el papel del pueblo chino en la lucha contra el fascismo durante la Segunda Guerra Mundial, junto a otros actores clave como la entonces Unión Soviética. La historia, como siempre, es más compleja que los relatos simplificados que a veces consumimos. Ambos países fueron los más damnificados en su lucha contra el fascismo.

Sigamos. ¿Existe la pena de muerte en China? Sí. Y desde una perspectiva humanista, cuesta aceptar cualquier sistema que legitime que el Estado quite la vida.

Al mismo tiempo, Occidente, donde en su mayoría está abolida, no está exento de contradicciones, especialmente cuando participa directa o indirectamente en conflictos que causan cientos de miles de muertes.

La coherencia ética, en este terreno, sigue siendo una asignatura pendiente a escala global.

En China están reconocidas 56 etnias. ¿Hay represión contra alguna de estas etnias?.China niega que haya represión y dice garantizar los derechos de todas las comunidades étnicas dentro de su territorio. Eso sí, China lucha contra el separatismo y terrorismo, por ejemplo el uigur y el tibetano, como cualquier otro país del mundo lo haría. De nuevo desde occidente, el relato no concuerda ya que mantiene que hay un plan de exterminio contra estos pueblos. En cambio el gobierno chino dice buscar la unidad étnica y la integración de sus etnias dentro de la cultura mayoritaria.

Y ya para terminar, casi como colofón, de esta cuarta entrega:

China aspira a convertirse en 2048 en la principal potencia mundial. No es un secreto. La incógnita no es tanto si lo logrará, sino cómo ejercerá ese liderazgo. ¿Desde la cooperación y el comercio, como proclama su discurso oficial? ¿O replicando dinámicas de poder que ya conocemos?

Tal vez la respuesta esté en una mezcla de ambas.

Lo que sí parece claro es que el mundo que viene no se entenderá sin China. Y quizá por eso, más que temerla o idealizarla, conviene observarla con atención crítica y curiosidad honesta.
¿Habrá epílogo para estas memorias de un bajista afortunado?

Lo habrá. Todo viaje deja aprendizajes, y este merece cerrarse con algunas recomendaciones que no deberíamos pasar por alto.

Próxima parada: Hong Kong y vuelta a Beijing. Fin del trayecto.

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