OPINIÓN

Radio, un bien común

Manifiesto circense en un día de pocas luces

Nuestro colaborador Álvaro Villanueva nos cuenta con maestría literaria cómo vivió este apagón eléctrico que pasó de la ciencia ficción a turbar nuestra vida cotidiana.

Un corte de luz basta.

Como tantas cosas los primeros diez minutos es un chiste, una broma algo pesada. Pero la electricidad no vuelve, parece que no volverá nunca. Ha sido en una región, en Madrid, en regiones de Europa… en el mundo entero. No. Ha sido dentro, algo más personal. Lo veo en los ojos que disimulan y se mueven rápido, con miedo. Ahora todos somos niños pequeñitos y tenemos miedo a todo. Una bomba, un terremoto, un tsunami en Madrid, ¡sí, sí! Todo nos hubiese parecido normal. Vivimos con el miedo pegado a la piel.

Gran Vía y Moncloa como hormigueros, llenos de pequeñas cabecitas negras y de algún turista desorientado. Las tarjetas apenas funcionan y los autobuses, los coches, ni se mueven. Todos andamos con cuidado para que no nos atropellen. ¡Hay que volver a andar, ahora que ya se nos había olvidado! Vuelta, vuelta a la conversación del patio y de la radio en medio de la mesa, en los taxis y tiendas, abiertas de par en par –esto solo trae malos recuerdos. Parece que tenemos mucho frío y hay que abrigarse con la charla y compañía de los otros, quienes sean.

Las heladerías venden batido de Stracciatella a algún inglés experto en gastronomía española, pobre. Las tiendas cerradas y los cigarros ansiosos en la puerta. Llegar a casa puede ser un imposible para algunos. Viajes de 4 o 5 horas para quienes tan solo vivimos en la periferia. El viaje de nunca jamás para los residentes de Guadalajara, Aranjuez o Alcalá de Henares.

Hospitales, aeropuertos, atrapados en ascensores y trenes, todo parado. Generadores de combustible y las petroquímicas soltando humo negro, muy negro. Comer caliente era todo un privilegio. ¡Qué gracia!

Mientras corremos detrás del autobús y vemos cómo perdemos la cobertura, la paloma y el mirlo pelean por un gusano en el Parque del Retiro. Un hombre toca la guitarra muy sentimental –discípulo quizá de aquellos maestros del Titanic– y hace un día espléndido, incluso de calor. Algunas chicas toman el sol en el césped. Parece que la vida se ríe de nuestro teatro, de estos personajes folletinescos que corren sin cabeza y tienen gestos de trapo.

Un día de guerra pudo también ser soleado.

Sobre el aire caliente y profundo de las velas esperábamos ansiosos la luz a nuestros barrios. Con el pensamiento en ese hombre de la guitarra y en aquellas palomas blancas…

C’est le Carnaval des Animaux ! Que la lumière soit !

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