Llevamos unos días, desde que el rapero Pablo Hasél ha sido encarcelado, en que muchos miles de jóvenes se han echado a la calle. En la mayoría de los casos para protestar pacíficamente, contra lo que consideran una vulnerabilidad de la libertad de expresión, bien es cierto también, que en algunos casos las manifestaciones de protesta terminan con actos violentos, saqueos y enfrentamientos con la policía. Estos son las únicas imágenes que los medios nos muestran.

Los delitos por los que el rapero ha sido condenado por ‘injurias a la corona’ y ‘enaltecimiento del terrorismo’, cuando lo único que ha hecho ha sido cantar la letra de sus canciones. Cantar se entiende como una expresión artística, igual que la representación de una obra de teatro o una película, ¿Cuántas veces hemos visto matar al presidente de los EEUU o a otros líderes políticos?, ¿Cuántos insultos, manifestaciones violentas, asesinatos…, vemos en las películas u obras de teatro?, ¿tendrían que estar todos los escritores, guionistas, directores de cine o de teatro encarcelados por esas manifestaciones artísticas?

Yo creo que la exaltación al terrorismo tiene que ser algo más grave que cantar una canción, y ni comentario casi merece el que cualquier ciudadano o ciudadana en una democracia no pueda hacer una crítica a quienes les gobiernan (incluido el rey). Y el colmo de los colmos es que, cualquiera no pueda discrepar en la forma que considere, sobre los dogmas, manifestaciones religiosas o verdades divinas (evidentemente no demostrables), en esta época en la que vivimos en que todo se basa en la ciencia, la tecnología y las definiciones científicas, y ni siquiera esas son inamovibles.

Evidentemente este tipo de legislación tiene que ser cambiada. Simplemente las hemos heredado de las influencias del nacional-catolicismo y de épocas anteriores que no se corresponden con la actual.

Aunque me atrevo a asegurar que, las revueltas de los jóvenes en estas últimas semanas, no solo se corresponden con la detención de Pablo Hasél, sino con la desesperación y el hastío de toda una generación que ve cómo sus años jóvenes se consumen en un confinamiento ya demasiado largo y lo que es peor, cuando este termine, sin ninguna perspectiva laboral ni de futuro que les permitan afrontar su vida con un mínimo de dignidad.

Los pocos jóvenes trabajadores, ya de por sí con salarios y condiciones precarias, llevan más de un año paralizados por un ERTE o incluso despedidos de sus empresas. Los que conservan sus trabajos, encerrados en sus domicilios (o los de sus padres) en teletrabajo y con una tremenda incógnita sobre lo que pueda pasar mañana. Los estudiantes, el mismo tiempo como mínimo en telestudio acompañados de soledad y desasistencia. Y sobre los miles y miles de parados, sin ilusión y sin posibilidades de emplearse, solo puedo decir que su depresión, su rabia y frustración puede que estén justificadas. Un joven (titulado y sin trabajo) que se me ocurrió preguntarle sobre qué pensaba de las manifestaciones por lo de P. Hasél, me contesto “pues algo tenemos que hacer…”. Y es la pura realidad, los jóvenes no tienen nada que hacer…

En España el 41,2% de los parados son jóvenes, esto quiere decir que de los 3.964.353 parados que hoy hay en España, casi la mitad son jóvenes de entre 15 y 24 años. Y no estamos contando los cerca de otro millón que está en ERTE.

¡Parece que los jóvenes sí tienen de qué quejarse! Esto no quiere decir que para quejarse haya que recurrir a la violencia, aunque en gran medida dependa de cómo la sociedad o los cuerpos de policía sean capaces de encajar las quejas. Si sus protestas son acalladas con violencia (como algunas cargas que hemos visto en los vídeos en las redes, o las pelotas de goma capaces de saltar un ojo (como es el caso), los insultos de determinados políticos como la presidenta Ayuso que les llama delincuentes y escoria humana…, estas casi con toda seguridad serán respondidas con más violencia. Y por supuesto no me olvido de que en estas cosas siempre hay infiltrados, casi todos los profesionales de la bronca, que estaban en Cataluña y que puede que estén en Madrid u otras ciudades ahora. Pero estos infiltrados no son radicales de izquierda, con toda seguridad se alinean con aquellos a quienes estas situaciones de descontrol, desastre y lamentables en cualquier caso, más favorezcan. Y a quienes más favorecen es a los detractores del Estado y en este momento el Estado lo preside el Gobierno de coalición entre el PSOE y Unidas Podemos, por ahí debemos buscar la respuesta ¿Quiénes se benefician más con la crítica y el desgaste al Gobierno?

JuanM del Castillo

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