La poesía es lo que sangran los poetas cuando se hartan de morderse la lengua. Ana Pérez Cañamares.

Hoy, 21 de marzo, celebramos el Día Mundial de la Poesía. Adoptado por la UNESCO hace 23 años es importante que retomemos las declaraciones iniciales de este organismo de la ONU y que las hagamos nuestras para que la poesía siga siendo, como dijo Celaya, un arma cargada de futuro.

Existen dos tipos de poesía. Está la que ensalza a los distintos poderosos, la de los poetas laureados como círculo cerrado en certámenes literarios y que se estudia en los colegios. La que sólo está compuesta de hombres de avanzada edad. La que, nos dicen, no entendemos porque no somos tan listos como ellos.

Luego está la poesía que siempre escribimos con minúscula, la que celebró el pasado 5 de marzo con más de cien poetas “12 horas de poesía contra la guerra”[1], la que detuvo sus teclados hace 11 años en solidaridad con Palestina contra la barbarie[2]. La que se reúne en bares para que estemos todas invitadas. La que tiene voz, también, de mujer. La que recorrió el arboretum ripense hace un par de semanas.

Es ésta la poesía que reivindicó[3] la ONU cuando dijo que el objetivo es fomentar el del  restablecimiento  del  diálogo  entre  la  poesía […]  con los temas de actualidad como la cultura de la paz, la no violencia, la tolerancia, etc. Qué difícil se hace poder hablar de paz mientras se toman represalias contra el arte por la lengua en la que se transmite.

Esta poesía, además, no podría existir sin las pequeñas editoriales y nuestras cercanas librerías. El día de hoy nos da la excusa que a veces necesitamos para regalarnos un libro. Acerquémonos a la librería de al lado de casa, esa que siempre nos encuentra el ejemplar que estamos buscando, vayamos con calma, como si hubieran congelado las horas y el capitalismo no nos exigiera ser siempre productivos y disfrutemos de la búsqueda del libro.

Leire Olmeda