Cada comienzo de curso se suele hacer propósito de enmienda sobre lo ocurrido en la anterior… En este caso deberíamos dejar a un lado la actualidad, el cabreo y la indignación que un mes tras otro va cargando la mochila de argumentos que obliga a silenciar esta especie de descodificación a lomos de algún pasaje de la historia y la cultura. No sería mala cosa retomarlo; volver a esa zona de confort y caudal inmenso que procura la historia, sus versiones y la interpretación, para entender el presente. Hace ya tiempo que desde estas páginas abordábamos unos episodios situados en época románica; No fueron pocos y en algunos casos logramos desmitificar más de una opinión que albergábamos desde los años de estudiantes más tarde alcanzamos las agujas del gótico ofreciendo las claves de lo que fue un arte urbano en la edad media.

Así y salvo algún que otro hecho que nos haya hecho apoyarnos en momentos históricos referenciado en alguna que otra efeméride de forma puntual, más de un año y medio desde que comenzara la pandemia, los diferentes cierres, limitaciones de aforo y vuelta a la marcha desde el parón absoluto, propició que una vez tras otra nuestro argumento tuviera que ver con las dificultades e iniciativas que desde el mundo de la cultura se estaban abordando para salvar un sector que sufrió y sufre los efectos de la pandemia de forma más agresiva que lo ha sufrido la hostelería, aparente abanderada de la libertad y la recuperación económica.

No hubiera estado mal, y ese era el propósito, haber comenzado este curso dejando algunos apuntes deseo último periodo gótico para introducirnos en el primer renacimiento italiano cómo en los postulados que lo hicieron posible coma en los mecenas, en el carácter social del hecho artístico… Hasta llegar a los grandes nombres, a la vanidad papal, a los mitos verdades de este periodo  y al tránsito final con el Concilio de Trento y una Contrarreforma que dibujó las  formas de entender tiempos anteriores para mayor gloria de los conciliares, dando paso al Barroco y, cómo no, tanto a sus luces como a sus sombras.

Peros siempre hay algo que malogra las expectativas y nos devuelve a la realidad confirmando todo aquello que durante largo tiempo se vino anunciando, denunciando y poniendo en el lugar al que se ha relegado a un sector de la cultura:  a las y los artistas plásticos. Esto es, a la nada o el abismo…

Bien es cierto que hay algunas voces que apuntan a la formación académica como algo innecesario, aunque sí beneficioso, mal vamos. Pero también es cierto que  no hablan de la precariedad de los procesos, tanto intelectuales como materiales, de los que adolecerá un artista sin formación…siempre se puede confiar en el talento innato. Claro que, de ahí, que la precariedad procesual haya legitimado el lenguaje de la precariedad metodológica, no como una tara, sino como un factor positivo que refuerza el argumentario del artista…y cubre las lagunas del cronista o curador de exposiciones.

Viene todo esto cuando, tras leer un artículo dedicado a los estudios de Bellas Artes, me encuentro con la clave de bóveda; con la estulticia en la que todo eso se ha convertido dejando a las claras en qué sector podrá desarrollar su trabajo los y las grados en Bellas artes una vez finalizadas sus carreras. Para muestra un botón y paso a describir textualmente… directores de museos y galerías de arte, crítico de arte, docente en eso y bachillerato y docente en clases extraescolares. Todo esto sería de risa si no fuese porque es verdad. Al alumnado con carreras terminadas en el área de Bellas Artes se me arroja a cualquier tipo de empleo menos a aquel para el que ha sido formado. ¿Director o directora de galería de arte? Para exponer la obra de ¿qué artistas?. ¿Comentarista de Arte? …y por supuesto, docente… Es decir. ¿Alguien puede decirme qué capital artístico va a quedar después de todo esto?. Tal vez, una vez inoculado este virus en la sociedad donde los artistas plásticos no existen más allá de los servicios a prestar como en una especie de ironía, su trabajo no tenga ningún sentido y todo quede para la nada. Los debates estéticos, formales, la visibilidad e implementación de obras quedan ya para las batallitas del abuelo…Triste cantar que cantamos, que decía Rosalía de Castro. Para la próxima, intentaré traerles algunos retazos de aquello de lo que hablé…Castigaremos las veleidades  de El Magnífico y podremos destrozar sin piedad a Savonarola.

Juan Antonio Tinte