Mi psicólogo se queda turulato cuando le digo que no le tengo miedo a la muerte. Abre mucho los ojos, me estudia como lo haría un coleccionista de mariposas con un espécimen poco común y me propone que se lo explique, con calma. No lo conozco mucho porque hace como quien dice tres días que no le renovaron el contrato a la anterior, que en España el sistema sanitario en cuanto a salud mental hace aguas por todas partes ante la falta de personal y el exceso de pacientes. No sé qué me sorprende más, si el interés que demuestra contra su propia voluntad o que no tenga prisa por cumplir con los apenas veinte minutos de que dispone por paciente según la agenda programada. Por un momento dudo de si debo decirle la verdad y toda la verdad, como a los curas de mi infancia en las confesiones obligatorias y a los jueces, no sea que tan súbita atracción me acarree el alta en el programa, que ya se sabe que ciertas alegrías te dejan desorientado y en la calle con tan solo una palmadita en la espalda como consuelo.

De repente me siento al borde del precipicio, como en esos sueños recurrentes que tengo desde niño en los que voy trepando por paredes escarpadas ajeno por completo al peligro hasta llegar a lo más alto, que resulta ser una cumbre impresionante a la que no puedo sobreponerme por mi acendrado vértigo. Así me siento ante la curiosidad de mi contertulio, al que le doblo casi la edad, al que no quiero dar lecciones, ni mucho menos desorientarlo en su práctica profesional, no sea que confunda mi aparente seguridad personal con lo que no es y me acabe por decir que si no tengo miedo ya es momento de que me lance a volar solo. Que una cosa es no tenerle miedo a la muerte y otra muy distinta ser un insensato y meterse voluntariamente en la boca del lobo, tan negra y afilada como la pintan.

Así que me pongo en modo de hombre muy leído y viajado, muy paseado por los caminos centrales y laterales de la filmografía mundial, muy influido por la cosmovisión de unos padres aferrados a la tierra como era lo común en la España de la posguerra, y decido internarme por los vericuetos pseudo filosóficos de la cuestión, dejando de lado la experiencia personal de la muerte, esa que en el fondo no es posible transmitir sin que te tilden irónicamente de iluminado, achinado o alunado. Le voy desgranando algunos conceptos occidentales, como el de la buena muerte y sus mudanzas según los tiempos, y otros orientales, que no me los creo hoy por hoy ni yo, y termino perorando sobre la ocultación de la muerte en la sociedad actual que nos vende la vida eterna en una crema antiarrugas y la juventud en una publicidad inmutable. No le debo de dejar muy convencido, porque me mira un tanto desconcertado, como si acabara de asistir a la ponencia de un congreso o a una conferencia y tuviera que digerir cuánto hay de libresco y cuánto de pose para el espectador.

Lo cierto es que entiendo su decepción. Como en los cuentos, le había prometido un mundo fabuloso de tesoros desenterrados y apenas he extraído de las profundidades del subsuelo un doblón de oro, y además no muy puro. Pero no le voy a mostrar más cartas, que la experiencia personal, por ser intransferible e inefable, tan solo se puede indicar en su levedad como un caminito en un bosque que cada uno recorre a su libre albedrío. Si miro para atrás, una vez que ya he recorrido la espesura, me he comido las fresas salvajes y me han arañado las ortigas, soy consciente de cuánto he cambiado en mi aspecto interior y exterior, sin dejar de ser yo mismo pese a tanto trastrueque: me veo como una cebolla, hecha de capas superpuestas, diferentes en grosor y en diámetro, engordadas a partir de un núcleo que, ya no tengo dudas, acabará por germinar en una planta nueva, si es que antes no se comen el bulbo los ratones o lo usan para cocinar partido en juliana o en cubitos. Cuando a uno ya le da igual el destino de la cebolla, tal vez porque sabe que será de utilidad salga el mañana por donde quiera, es imposible tenerle miedo a la muerte. Pero esto no se lo digo a mi psicólogo, no sea que me rediagnostique y decida que, como para él no tengo futuro como cebolla, mejor recomienda a mi psiquiatra que me doble la dosis de antidepresivos.

Jesús Jiménez Reinaldo

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