Tras las últimas polémicas suscitadas por algunos de los grupos con mayor poder mediático del panorama YouTube, ha saltado a la palestra no sólo otros ya sabidos y conocidos patriotas  que huyen y huirán del fisco patrio, sino también un debate que subyace en todo esto y que pasa inadvertido. A saber. Éstos “eruditos mediáticos” con capacidad de alcance ofrecen a la población más joven un planteamiento y modelo de vida en el que poco más o menos inducen al “tonto el último “ infundiendo una absoluta falta tanto de solidaridad como de valores. Unos valores donde el horizonte es el aquí y ahora bajo el pretexto “ razonable “ del escaqueo y abuso continuo con el fin de satisfacer la “necesidad“ que vaya surgiendo y generando.

Influencers de facilismo argumental y novedades de principiante con trama de superficie amparadas en la razón; una razón que acaso ni conocen en sus postulados y que ya, a priori, entran en una especie de contradicción conceptual en cuya vertebración generan deseos, vértigo, frustración, admiración y un particular código de estándares en los que no cabe el reposo y sí la angustia cibernética del usuario que ve la posibilidad de convertirse en algo sin ser nada. Y no nos engañemos en el fondo de todo esto está   “poderoso caballero“. Forrarse y ser en las redes sin más objetivo que el principio y el deseo ególatra; tal es el horizonte, donde el “yo” se convierte en el alfa y omega, en el depositario del desconocimiento como icono de identidad y status, en la desinformación y el negacionismo…

Convendría parar, mirar-más aún-y ver qué está ocurriendo; qué ha ocurrido para que todo esto devenga en una especie de decadencia que todo lo enfanga. En una sociedad inducida a lo práctico; a una especie de necesidad continua, el mercado como única referencia autoridad apunta a deshacer cualquier ideario de solidez que no convoque al gasto. Para ello hay que conseguir y lo han conseguido, desarticular unas estructuras culturales para argumentar bajo esa acepción otras que no lo son. En este sentido mucho han ayudado los ejes de polarización. Ejes comprendidos entre los universos de la lógica y la imaginación; dos formas de entender el mundo que han alcanzado nuestro tiempo dejando en el terreno de lo inamovible cualquier aspecto relacionado con lo simbólico, con los mitos y los relatos…con la cultura.

Ocurre esto cuando no se explica y se cercena la interpretación a favor de la evidencia en el tiempo en que esto sucede. El mito, los mitos que no las creencias, debieron haberse mantenido por lo que tienen de simbólico; en lo que tienen de articulación sensitiva acerca de la potencialidad humana. Hacer desaparecer el mito por lo práctico, nos somete a otro mito que se halla en función del propio yo y que no depende de él.

Las historias inventadas, cualquier mitología antigua o contemporánea resulta ser el eje en el que muchas culturas se apoyaron y apoyan para reconocerse a sí mismos. No hablamos de creencias repetimos, sino de la necesidad de historias, de cultura, de arte, de aquello que hable y nos cuente acercado de lo importante, de las certezas e incertidumbre más allá de lo necesario. Necesitamos y es urgente cultura que nos ubique en el presente desde el pasado en el proyecto futuro con aspiraciones. Lo contrario es un presente que no te deja nada y no se proyecta más allá de la necesidad inmediata en donde no hacen falta historias, ni cultura, si no adelantarse en una carrera a ninguna parte y de la que nada quedará. Habría que recuperar los mitos de literatura que trasciende desde este hora y que nos cuente que lo imposible es posible, que las utopías surgen cuando se piensan sonando a delirio.

Urgen los símbolos de permanencia sordos al aplauso, ausentes de caudal y patrimonio a esconder. Necesitamos en fin, cultura sin que nos vendan su necesidad sino su importancia; que exista y prenda, porque las tendencias no siempre son cultura ni las costumbres pasivas los son… ¿tonto el último?…

Juan Antonio Tinte