No hacen falta muchas más señales para pensar que la economía no va del todo bien. A la inflación al alza en los últimos meses, los precios de la energía subiendo sin parar a pesar de las medidas del Gobierno, la guerra de Ucrania, o la caída que han tenido las bolsas o las criptomonedas, la inminente subida de los tipos de interés, parece que hay pocas cosas que estén bien. Vamos, que la cosa no pinta bien. ¿Han perdido ustedes la capacidad de ahorro?, ¿les preocupa un mundo en el que salimos de un problema y nos metemos en el siguiente? Mientras discutimos por cosas banales como los cambios que proporciona la cirugía estética, espionaje, cotilleos diversos, si debemos comer más o menos carne, o nos peleamos por repetitivos mantras ideológicos, sin abordar y poner remedio a lo que estamos pasando y lo que está por venir, es muy probable que nos acerquemos a un abismo donde algunos se lo van a jugar todo.

El año 2023 va a traer una crisis económica sin precedentes progresiva y en ráfagas. Según algunos expertos las bolsas europeas van a sufrir un colapso con la idea del cambio de modelo productivo como telón de fondo y debemos estar preparados para ver si estos vaticinios se cumplen. La negación de la crisis será un slogan político que no nos debería sorprender. Miremos los síntomas. La Federación Española de Bancos de Alimentos, siempre a pie de calle, espera un incremento inmediato de la demanda del 20%. Los diferentes subsidios no dan más de sí. Cada vez hay más gente que no llega. La pobreza energética ha desaparecido de los debates principales en los medios de comunicación, pero no hablar de ella no hace que desaparezca. Algunas voces anuncian un intento de los gobernantes para reducir el consumo. Será otro síntoma. Habrá una excusa ecológica y un fin económico: intentar no subir los tipos de interés (que subirán), bajar impuestos, recortar el gasto público. ¿Se lo creen? Yo no. Y, ¿a quién le tocará pagar el pato?, ¿se lo imaginan? Yo sí. No olviden que 2023 será un año de elecciones generales, año de promesas y mentiras. Mal año para una crisis. Los que mandan estarán pendientes de lo suyo, no de los nuestro. Agárrense porque vienen curvas.

Hace pocos días he estado de vacaciones. Los hoteles, –que no son baratos– a tope, las carreteras, con el precio de los carburantes, atestadas de coches, en los restaurantes la gente hace cola para que le den una mesa, y los chiringuitos de bebidas, no dan abasto. Vivimos el presente sin querer saber nada de lo que pueda venir. Estamos con tantas ganas de salir, de olvidar esos dos años de pandemia (que aún existe), que no nos resignamos a disfrutar. Pero las crisis no llegan de golpe, vienen en forma de ráfagas y duran mucho tiempo, arrastrando a más gente y será el próximo año cuando lo notemos más y sufriremos las primeras consecuencias de una malísima gestión que la pandemia nos está dejando. Recuerden lo ocurrido en la crisis del 2007, cuando el sistema financiero cayó tras el pinchazo de las hipotecas, provocando en las economías la llamada “Gran Recesión” y que España tuvo el punto más álgido de la crisis cinco años después. Distintos analistas económicos creen que factores como la guerra de Ucrania y las repercusiones económicas de la pandemia, crean un fuerte argumento de que el mundo verá una desaceleración económica en un futuro próximo. A la pandemia se ha sumado que los niveles de deuda de los gobiernos ya eran muy altos y ya, entonces, había problemas en la cadena de suministro.

Lo que pasará en el futuro es totalmente incierto, pero no será bueno. Y ahora la guerra en Ucrania, iniciada por un hombre que quiere corregir los errores del pasado, al menos lo que él considera errores. Un hombre cuyas ventas de gas han calentado nuestros hogares durante décadas. El presidente de un país que lo tendría todo para ser una superpotencia sin invadir otros países: muchas materias primas, gente bien educada, una gran cultura. Pero a él le faltó algo: los millones de ingresos procedentes de la venta de materias primas no se usaron para llevar al país a la vanguardia de la tecnología. En cambio, los jefes de esas empresas -llamados oligarcas- compiten por el yate más lujoso, la propiedad inmobiliaria más valiosa o el club de fútbol más caro.

Occidente se preocupa por sus industrias, que dependen en gran medida de estos combustibles fósiles. Los europeos temen al próximo invierno, porque sus casas podrían quedarse frías, los precios de prácticamente todos los productos, se disparan y no dejan de subir y lo que ya ha subido, no va a volver a bajar. Esto es sólo el principio. Está claro que la guerra debe parar, ojalá de forma inmediata. Pero, ¿aislar a Rusia del comercio mundial a largo plazo? Muy difícil. ¿Resolver los problemas del mundo (el cambio climático, por ejemplo) sin Rusia? Es difícil de imaginar. Sólo puede hacerse con Rusia, pero con una Rusia sin Putin. Además, China está ahí. Y es que la mayoría de las personas gastan más tiempo y energías en hablar de los problemas, que en afrontarlos.

         Miguel F. Canser

www.cansermiguel.blogspot.com