Esperando que hayan tenido ustedes un verano excelente, amables lectores, volvemos a encontrarnos en las páginas de Zarabanda. Este mes hablaremos de una planta muy conocida en los pueblos de los territorios más áridos de España. Se trata de la atocha o esparto, “Macrochloa tenacissima” para los científicos, una planta inconfundible, herbácea robusta que forma cepellones muy densos y grande, de 80 a 120 centímetros de altura.

Se trata de un endemismo del Mediterráneo occidental, de distribución íbero-magrebí. En nuestro país, su área de distribución comprende las zonas más áridas y es especialmente abundante en el sureste y levante, con notables poblaciones en Andalucía oriental, Murcia y Alicante, y también en Castilla-La Mancha y el sur-sureste de Madrid. La atocha es una especie termófila que se desarrolla bien en condiciones de sequedad y aridez, soportando precipitaciones inferiores a los 300 litros/año. Forma grandes extensiones llamadas espartales y estos ecosistemas han sido manejados y gestionados por el ser humano desde la antigüedad.

El esparto se utiliza desde hace miles de años. Es probable que se empezara a usar durante el Paleolítico superior para confeccionar o coser prendas, pero solo hay indicios. En España queda constancia del empleo de la fibra de esparto durante el Neolítico, con pruebas como una alfombra encontrada en Valencia y otras de la cueva de los Murciélagos de Albuñol, en Granada, donde se tienen dataciones que demuestran el desarrollo de una artesanía depurada de cestillos y vestidos de más de 6000 años de antigüedad.

José Ignacio López-Colón