En el momento de recoger al niño la madre recibe, delante de otras personas, el mensaje de la maestra: “Ha sido el único de la clase que…” Da un poco igual en qué ha sido el único, en hacer algo, en no hacer, en jugar a o con, en seguir el cuento… Lo que se queda en la mente de la madre es ese “único” que la llena de temor por si su hijo tiene algún problema.

Esta situación u otras parecidas por desgracia son bastante habituales en los inicios de curso. Y las familias no tienen claro cómo abordarlo. La primera reacción es intentar hablar, en privado, con la profe para tratar de aclarar la cuestión y ver estrategias para el futuro, entre la que no debería faltar el medio de comunicación privado para abordar cuestiones particulares del hijo. Pero, eso no es posible porque la profe está inmersa en la primera ronda de entrevistas que se alargará algún tiempo.

Y así, en estos primeros momentos, se plantea una relación en la que no es posible el intercambio y el acuerdo en el momento en el que surgen los conflictos. Es evidente que las primeras reuniones con las familias son necesarias, pero eso no puede suponer que no haya posibilidad de abordar las cuestiones inmediatas que puedan surgir. En la mayoría de las ocasiones no sería necesaria una charla larga. Bastaría, posiblemente con un mínimo intercambio que facilitase el entendimiento. Y la familia podría entender, compartir y participar en la imprescindible tarea que van a desarrollar conjuntamente: educar a una persona.

De esta manera se podría resolver una de las inquietudes de la familia. La otra es más de fondo y necesitará de otra mirada para avanzar en su solución. ¿Qué hay debajo de ese “único”? ¿Qué necesidad hay de dar ese tipo de información? ¿Por qué nos hace sentir temor?

De entrada sabemos y aceptamos que todas las personas somos únicas, que no hay dos iguales. Por lo que ese comentario en sí mismo no nos aporta ninguna información. Sin embargo, esa no es la situación. Lo que nos están diciendo es que hay una “norma”, una “pauta”, una “manera de hacer o estar”… y que no todas las criaturas las siguen. Y aunque esto también es una obviedad, cada cual lleva su ritmo y su proceso, nos hacen saber que nuestra criatura se diferencia o se aleja de lo que se espera o se da por “normal” y aquí aparece el verdadero problema.

La escuela, la clase, la comunidad, etc. en muchas ocasiones pretende que los niños y niñas sean todos iguales, que tengan los mismos gustos, las mismas apetencias, las mismas emociones o sensibilidades. Eso es una entelequia y origen de conflictos íntimos.

Aceptando que la realidad es diversa y que cada quien es un mundo el gran reto de la tarea educativa es cómo generar un marco que permita el avance de todas y cada una de las personas únicas que en ella conviven ofreciéndoles unas vivencias compartidas y un marco de interrelación dentro del aula.

Necesitamos cambiar la mirada y el concepto. La evaluación inicial debería servir para descubrir el mayor número de aspectos en los que cada uno de los escolares es único. Y así poder ajustar la acción educativa a las características únicas de todas y cada una de las criaturas.

Colectivo EQS – Miembros del Movimiento Cooperativo de Escuela Popular (http://www.mcep.es)