“Una persona estúpida es aquélla que causa un daño a otra persona o grupos de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio”. Esta definición no es mía, nos lo dice el historiador y catedrático Carlo María Cipolla en la “Tercera ley fundamental”. La estupidez, según él, es la forma de ser más dañina. Es peor aún que la maldad, porque al menos, el malvado, obtiene algún beneficio para sí mismo, aunque sea a costa del perjuicio ajeno. Todos cometemos estupideces. Todos somos estúpidos en mayor o menor grado. Una vida sin tonterías sería demasiado aburrida. Quizá, discurrir sobre la estupidez sea también una soberana necedad, pero…., si la Humanidad se halla en un estado deplorable, repleto de penurias, injusticias, miseria y desdichas, es por causa de la estupidez generalizada que conspira contra el bienestar y la felicidad.

¿Qué se puede entender por estupidez? Pues según el filósofo Johann Erdmann, se refiere a la estrechez de miras; de ahí la palabra “mentecato”, privado de mente. Estúpido es el que sólo tiene en cuenta un punto de vista: el suyo. Cuanto más se multipliquen los puntos de vista, menor será la estupidez y mayor la inteligencia. Los griegos inventaron la palabra “idiota”, aquel que considera todo desde su óptica personal; que juzga cualquier cosa desde su minúscula visión, la única defendible, válida e indiscutible. El estúpido padece egoísmo intelectual, es tosco y fanfarrón; niega la complejidad y difunde su simplicidad de forma dogmática. Opina sobre todo como si estuviese en posesión de la verdad absoluta. Es un ciego que se cree clarividente. Hay estúpidos en todos los estratos económicos, culturales y políticos; incluso alguien puede pensar que yo mismo adolezco de una estupidez envanecida, y no le faltaría razón.

Y en estos pensamientos estaba yo, cuando me vienen a la mente los líderes políticos que nos hemos dado en suerte y de los que, en mayor o menor medida, depende nuestro momento actual y futuro. Y pienso en analizar sus decisiones, con reparo, pues aunque hablo de unas personas que han recibido el apoyo de millones de españoles en las urnas, mi leído Carlo María Cipolla señala que “la probabilidad de que alguien sea estúpido, es independiente de cualquier otra característica que le adorne”. Veamos: Mantener a la población española restringida de movimientos en su Comunidad Autónoma para limitar los contagios y, sin embargo, los ciudadanos de otros países puedan venir y moverse libremente, es estúpido. Después del parón, tardar cuatro días más cuando el resto de Europa reinició enseguida la vacunación con AstraZéneca, es estúpido. Que, aún hoy, gente de 80 años o más esté sin vacunar, es estúpido. Que los políticos sigan apelando a la responsabilidad individual (díganselo a los jóvenes) para combatir esta pandemia, con el cansancio acumulado de más de un año de confinamiento y restricciones, y no incidir en que la única solución es que la vacunación masiva se produzca cuanto antes, es estúpido. Anunciar mociones de censura y convocar elecciones en plena pandemia, no siendo prioritario ni del deseo e interés de los ciudadanos, es estúpido. Que nuestros políticos estén enfrascados en la pelea constante, en el acoso y derribo del rival político, y no se preocupen en solucionar los verdaderos problemas que interesan a la población: (paro, calidad de empleo, crisis económica, sanidad, corrupción, fraude, vivienda, violencia de género, lentitud de la justicia. etc.), es estúpido.

         Todos, en algún momento, podemos ser estúpidos ocasionales, pero lo que distingue al obcecado funcional, es la incapacidad permanente para apreciar lo significativo. ¿Qué es importante y qué no? La ignorancia es altamente contagiosa y se alimenta de grandes ideales difusos, de proclamas simplistas: todo es negro o todo es blanco. El único punto de vista legítimo es el de un grupo social y político determinado, el de una facción concreta: la nuestra. La estupidez se emparenta con la intolerancia y la ausencia de diálogo; se expande mediante consignas vanidosas y sin fundamento, coreadas en un clamor colectivo grotesco.

“Somos rápidos para repartir lo que es ajeno. Todo lo que una persona recibe sin haber trabajado para obtenerlo, otra persona deberá haber trabajado para ello, pero sin recibirlo. El gobierno no puede entregar nada a alguien, si antes no se lo ha quitado a alguna otra persona. Cuando la mitad de las personas llegan a la conclusión de que ellas no tienen que trabajar, porque la otra mitad está obligada a hacerse cargo de ellas, y cuando esta otra mitad se convence de que no vale la pena trabajar porque alguien les quitará lo que han logrado con su esfuerzo, eso sería el fin” (A. Rogers)…, ésto está pasando y es estúpido. Ya lo dijo Felipe González, “el error en política es perdonable, lo que no es perdonable es la estupidez”. Y también Francisco de Quevedo: “Todos los que parecen estúpidos lo son y, además, también lo son la mitad de los que no lo parecen”.

Miguel F. Canser

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