Artículo de Jesús Martínez Caballero, concejal del PP de Rivas, que aprovecha el inminente concierto de Hakuna para reflexionar sobre la espiritualidad y la fe.
El próximo 6 de septiembre, decenas de miles de jóvenes de toda España acudirán al que se espera quesea el concierto más numeroso de Hakuna, el grupo de música católica de moda entre millenials y generación Z. Y lo harán precisamente en Rivas Vaciamadrid, una ciudad cuyo ayuntamiento lleva décadas tratando de extirpar del espacio público cualquier mínima referencia a lo sagrado. Este sábado, el auditorio Miguel Ríos de nuestra ciudad dará acogida a más de diecisiete mil jóvenes, como tantos otros fines de semana.
Los vecinos del barrio Este, que viven en las proximidades de la Avda. Ángel Saavedra, ya conocen de sobra el atractivo de este auditorio, que congrega fin de semana sí fin de semana también a multitud de personas para eventos, conciertos y festivales. Sin embargo, en esta ocasión, no será un cantante de reggaetón ni un grupo de trap quien movilice a semejante masa de jóvenes. Lo hará, por el contrario, Hakuna Group Music, un grupo formado por una decena de chavales católicos menores de 30 años cuyas canciones, con más de 475 mil oyentes mensuales en Spotify, tienen el único propósito de alabar a Dios.
El hecho de que la formación musical haya escogido nuestro municipio para gestar el concierto más multitudinario de su historia manifiesta, en mi opinión, cierta justicia poética. Lo hacen en el auditorio Miguel Ríos por la necesidad de un espacio mayor ante el desborde de entradas de su último concierto, en el Movistar Arena (anteriormente WiZink Center). Pero también lo hacen en Rivas Vaciamadrid, una ciudad cuyo ayuntamiento lleva manifestando desde hace décadas una evidente y manifiesta hostilidad hacia todo lo católico, justificada por ‘la defensa de la neutralidad de las instituciones, el pluralismo y la laicidad del Estado’.
Precisamente, hace más de 6 años, Rivas Vaciamadrid ocupaba los titulares de la prensa al ser el primer municipio en aprobar un ‘Reglamento de Laicidad Municipal’. Esta tan vanguardista como disparatada normativa prohibió desde entonces la publicación en cualquier medio oficial del ayuntamiento la publicitación de eventos religiosos (a pesar del valor histórico-cultural que puedan tener) e incluso la participación de los concejales en celebraciones religiosas como tales, a pesar de que algunos de nosotros seamos católicos practicantes. He de confesar que, de entre mis muchos defectos, está mi incapacidad de separar ontológicamente mi condición de concejal de la de católico, tal y como pretende esta normativa (desconozco si la vicepresidenta Yolanda Díaz se encuentra en negociaciones con la Santa Sede para instaurar la figura de católicos fijos discontinuos).
Por otro lado, con este Reglamento se creaba una ‘Oficina Municipal de Libertad de Conciencia’ y se instauraban ‘bautizos civiles’ que la pretensión de rivalizar con el rito católico de iniciación cristiana. No obstante, durante años centenares de familias vieron cómo sus hijos tenían que estudiar fuera de Rivas por las continuas e injustificadas trabas que el ayuntamiento de Izquierda Unida puso para la construcción del Colegio Santa Mónica, el primero católico de nuestra ciudad.
Mientras tanto, la Asociación Laica de Rivas, una entidad destinada a promover, entre otros objetivos, ‘que los padres no matriculen a sus hijos en la asignatura de religión’ recibe de las arcas públicas -esto es, del erario de todos los vecinos- una subvención de 7.500 euros. Este breve diagnóstico sobre el ejercicio de la libertad religiosa en nuestro municipio -sobre el que se podría ahondar proponiendo muchos más ejemplos)- creo que refleja de manera meridianamente clara que, lejos de la ‘neutralidad y el pluralismo confesional’, el único propósito de los consecutivos gobiernos de Izquierda Unida ha sido extirpar al máximo posible cualquier referencia a la fe católica, mayoritaria en nuestro país.
Porque un modelo que buscase una verdadera neutralidad religiosa de las administraciones (que yo apoyo y defiendo) garantizaría el libre ejercicio de las diferentes confesiones y reconocería la importancia identitario-cultural que tienen en nuestra sociedad; no trataría de borrar del mapa cualquier referencia a una confesión en concreto, como ocurre por desgracia en Rivas Vaciamadrid. Pues precisamente en esta ciudad, cuyo gobierno presume de ser la más religion-free de España, decenas de miles de jóvenes, nacidos en este siglo XXI, lanzarán un mensaje inequívoco a todos aquellos que consideran (desde una óptica tan irracional como trasnochada y rancia) que la Fe -y en especial, la católica- es algo del pasado y que debe erradicarse por completo de la vía pública.
Y es que, con independencia de la religión que cada uno profese, fenómenos como el de Hakuna suscitan un inevitable interés sociológico. En una sociedad como la actual, que premia el placer, el confort y el conformismo con la realidad material y superficial (en forma de dinero, fama, o éxitos); miles de jóvenes se rebelan contra un modelo que no satisface sus anhelos vitales, y apelan a una realidad trascendente en la que sí encuentran un sentido y motor de su existencia. Este es precisamente el mensaje que eventos como el del próximo sábado lanza a nuestros dirigentes: por mucho que traten de erradicar el hecho religioso del espacio público, por mucho que promuevan una cosmovisión que desprecia la existencia de realidades supramateriales y equipara la felicidad a la satisfacción de deseos personales; lo cierto es que son cada vez más los jóvenes que encuentran en lo Trascendente una respuesta a los crecientes interrogantes que el mundo del siglo XXI nos plantea.
En primer lugar, porque este laicismo beligerante que ciertas administraciones, como la de nuestra ciudad, llevan intentando imponer desde hace décadas ha fracasado estrepitosamente. Los centenares de niños que cada año se matriculan en catequesis en la principal parroquia de nuestra ciudad dan buena prueba de ello.
Y en segundo lugar, porque esta hostilidad hacia todo lo católico no es casual ni fortuita; sino consecuencia del intento de sustituir una identidad cuyos pilares histórico-culturales se sustentan en el mensaje de Jesús de Nazaret y la tradición cristiana-occidental. Pero parece que el esfuerzo de ayuntamientos como el nuestro de hacer efectiva la proclama nietzscheana de la ‘muerte de Dios’ no ha dado sus frutos, porque somos cada vez más los jóvenes que encontramos en la fe católica un modelo que responde a nuestras inquietudes y nos arraiga y conecta culturalmente con quienes somos y de dónde venimos; precisamente en una coyuntura global en la que abundan los interrogantes y el desarraigo.
Por ello, no es mi intención hacer de este artículo una arenga proselitista, porque soy consciente del carácter íntimamente personalísimo que tiene el hecho religioso para cada ciudadano, y la necesidad de una -verdadera- neutralidad por parte de las administraciones y sus representantes con respecto al mismo.
Pero precisamente tras un verano en el que el debate acerca de las manifestaciones de Fe en el espacio público ha ocupado buena parte de la opinión mediática, me he visto en la obligación de salir, con este humilde artículo, en defensa de la libertad religiosa frente a los ataques a uno y otro lado del espectro ideológico. Porque erradicar lo Trascendente de lo humano y de su expresión pública no solo empobrece nuestra vida en común, sino que mutila a la sociedad privándola de uno de los pilares que la han sostenido a lo largo de los siglos.
Y este sábado, en Rivas Vaciamadrid, miles de jóvenes recordarán, con su voz y su fe, que la esperanza y la trascendencia siguen vivas y tienen todavía mucho que decir en nuestro tiempo.









