Este verano de convivencia con mis nietas me ha recordado una de las cuestiones que al educar a mis hijos me preocupaban de forma especial: ¿Cómo es posible que personas que actúan y responden muy bien durante el curso escolar se encuentren tan perdidas en épocas de vacaciones? Ya a mi hija, en los inicios de las redes, le planteaba la cuestión: gestionas muy bien las obligaciones, pero te pierdes cuando te quedas sin ellas.

A veces, como en la escuela responde y es responsable, esta actitud puede parecer una cuestión menor. Pero yo creo que no es así. Que es el reflejo de una carencia importante del proceso educativo. Preparamos para la vida futura y olvidamos que mientras tanto estamos viviendo.

Y la vida no es algo que tenemos que rellenar con contenidos o con actividades impuestas desde el exterior. Se trata de entender y sentir la propia vida, cada día como una posibilidad, una oportunidad para hacer, aprender, convivir, planificar, investigar, tantear, experimentar cosas nuevas o reincidir en aquellas que ya conocemos y nos permiten sentir, crear, emocionarnos, divertirnos, convivir…

Por desgracia, en la gran mayoría de las escuelas esta visión no se da. Durante el curso se van enlazando tareas y propuestas externas que no llegan a los niños y niñas, ni cuenta con ellos para tratar de captar su interés, de ayudarles a descubrir sus gustos, sus apetencias, sus posibilidades.

Cada niño y cada niña, según su edad y sus circunstancias familiares al llegar el verano se encuentra sin saber qué hacer, en qué emplear tanto tiempo vacío, ante la incomprensión y el malestar de los adultos que no entendemos ese no hacer nada. Y la incomprensión se agranda si las pantallas se convierten casi en su única actividad.

De entrada nos vemos tentados de imponer soluciones, de apuntarles, de organizarles, de marcarles un plan de actuación… y en la mayoría de los casos tendemos a hacerlo desde la autoridad sin darles pie a implicarse. Y con esta solución seguimos obviando la cuestión. Les seguimos organizando su tiempo, sus tareas, su vida. Y dejamos para más adelante el empezar a conocerse, a buscar sus propios deseos y sus propias apetencias, a gestionar y ser responsable de su propio hacer.

Si queremos aportar es necesario que encontremos la manera de ayudarles a planificar, a ver sus deseos, apetencias, posibilidades, qué quieren experimentar, conocer, tantear… y en función del entorno y de nuestras posibilidades tratar de darles respuesta en la medida de lo posible. No se trata de cargar ni de imponerles su agenda. Se trata de ayudarles a no caer en esa laxitud, en ese no hacer nada que acaba en un aburrimiento disimulado por las pantallas.

El diálogo, el intercambio de pareceres es necesario. Qué mejor ocasión para ir avanzando en común sobre algunas de las cuestiones que todos tenemos que responder y que nos introducen en la filosofía de la vida: cómo usamos el tiempo, para qué lo queremos, con quién y cómo lo queremos compartir.

En esencia es volver al núcleo de la educación: desarrollar conocimientos, recursos y capacidades que nos ayuden a vivir nuestra vida desde el autoconocimiento, como seres autónomos capaces de gestionar los propios intereses y comprometidos con la sociedad para contribuir en la mejora de nuestras condiciones de vida y las de los demás.

Colectivo EQS – Miembros del Movimiento Cooperativo de Escuela Popular (http://www.mcep.es)