Estamos en plena temporada de consumo, me atrevería a decir consumismo, entre el Black Friday y las Navidades. Estamos bajo un bombardeo constante con todo tipo de ofertas y nos asustan con dificultades de abastecimiento para que no dudemos en aprovecharlas. Más allá de la publicidad, los informativos se encargan de recordarnos que podemos quedarnos sin el producto deseado. Y así, nos van animando a seguir la senda del consumo, sin dejarnos tiempo para pensar si son productos que necesitamos o en qué medida son productos sostenibles.

En esta dinámica las noticias se convierten también en elemento de consumo, de moda, y así, se diluye el mensaje de la reciente cumbre del clima de Glasgow que sigue insistiendo en la necesidad de cambiar nuestra manera de vivir porque es imposible mantener nuestro estilo de vida con la conservación del planeta. Pero para el sistema esa llamada no importa. No es el momento de pensar qué podemos hacer, ahora se trata de consumir y seguir manteniendo el estilo de vida. Dejando a un lado, en el olvido, que el cambio climático es consecuencia de ese modo de vida, fundamentalmente en el llamado primer mundo, que considera que la naturaleza es simplemente un recurso del que disponer a su antojo.

Y mientras tanto, en algunas escuelas se intenta abordar esta realidad y van realizando estudios y plantando acciones que puedan servir para reducir nuestro consumo y el daño que ocasiona. Poco a poco el tema de la huella ecológica se va haciendo más visible. Son importantes estas acciones. Pero visto en perspectiva, pretender que sea el sistema educativo el que lleve a cabo esta labor no deja de ser una visión quijotesca.

Este tema desborda el mundo educativo. Nos encontramos en una situación crítica y es necesario abordarla con la mayor urgencia posible. Por ello, la labor de las escuelas es importante y necesaria, pero totalmente insuficiente. Es necesario que la sociedad en su conjunto y cada persona en particular tomemos conciencia del grado de deterioro de nuestro medio ambiente y actuemos en consecuencia.

Se trata de desarrollar una inmensa labor educativa, para toda la sociedad, sin distinción de edades o estatus. Los medios de comunicación, las instituciones políticas, los movimientos sociales deben implicarse en ello. Más no podemos esperar que la solución llegue desde fuera. Es algo que necesita de la participación de todos y todas. Como personas, cada cual a nuestro nivel, debemos implicarnos.

Para empezar, el consumo es un buen tema para reflexionar sobre nuestro papel: nuestras necesidades, nuestros caprichos, la importancia de disponer del último modelo, nuestros hábitos… son aspectos que debemos cuestionarnos a nivel personal, familiar y social. Solamente en la medida que la cuestión medioambiental tome presencia permanente en nuestro estar y en nuestro hacer podremos aspirar a reducir nuestra huella ecológica.

Estamos en un momento decisivo. Y el sistema educativo poco puede aportar sin la implicación social en este aspecto. La educación ecológica es una necesidad que debemos desarrollar entre todas las personas hasta conseguir que nuestra forma de vida sea sostenible y no provoque daños irreparables en nuestro entorno ni en el de las demás comunidades con las que compartimos el planeta.

Nuestro futuro, y el de nuestros hijos e hijas, depende de ello.

Colectivo EQS – Miembros del Movimiento Cooperativo de Escuela Popular (http://www.mcep.es)