La prioridad nacional, invento segregacionista, excluyente y racista de la extrema derecha para invisibilizar a la población inmigrante y a ciertos colectivos que reivindican el derecho a la diferencia, me ha hecho reflexionar sobre nuestra historia no muy lejana y sobre cómo resuena en el presente. Si nos fijamos en los patrones de comportamiento de los sistemas autoritarios, independientemente de la época, se puede observar que el Movimiento Nacional tiene en común con la prioridad nacional la construcción de un enemigo interno.
El Movimiento Nacional fue el nombre que adoptó el sistema político de la dictadura de Francisco Franco. Fue la única organización política permitida en España entre 1936 y 1975. Su pilar era la uniformidad total. No existían partidos políticos ni sindicatos libres; todo el poder estaba bajo el mando de Franco y su partido único FET y de las JONS.
También se basaba en el control ideológico y la represión, teniendo como objetivo principal eliminar cualquier rastro de oposición o pensamiento democrático, usando la fuerza para imponer una visión única de España. Fue la estructura institucional que utilizó la dictadura para controlar cada aspecto de la vida pública y privada, eliminando cualquier derecho a la diferencia o a la libertad política.
La dictadura contaba con la Formación del Espíritu Nazional (FEN), que era una asignatura obligatoria durante el franquismo. Su propósito era la adquisición de los valores que se identificaban con el concepto nacionalista de España propio del Movimiento Nacional. La disciplina no era impartida por el profesorado ordinario sino por miembros del partido único FET y de las JONS, designados por el Frente de Juventudes para los centros masculinos y por la Sección Femenina para los femeninos.
Con estos precedentes, se puede afirmar que tanto en la dictadura como en algunos discursos actuales de prioridad nacional, se nota una estrategia muy clara: buscar a alguien a quien culpar de las carencias del país. En el franquismo, el enemigo era el disidente político, el que pensaba distinto o no encajaba en su molde moral. Hoy, ese foco a veces se traslada a las personas migrantes. El mecanismo es el mismo: deshumanizar al otro para que la sociedad no sienta empatía por su sufrimiento.
Otro elemento común es el miedo a la diferencia. La dictadura tenía una obsesión enfermiza con la uniformidad: una sola patria, una sola moral, una sola forma de ser. Cuando hoy se niega el derecho a la diferencia —ya sea por el origen, por cómo alguien ama o cómo se expresa—, estamos viendo un eco de esa misma intolerancia. Es el miedo a lo que no se puede controlar. Al final, la libertad de ser uno mismo siempre ha sido la mayor amenaza para quienes quieren imponer un control absoluto.
Asimismo, es muy injusto y cruel por parte de ciertos discursos usar la falta de recursos de los ciudadanos para alimentar el racismo. Es mucho más fácil señalar a alguien que acaba de llegar y tiene menos que tú, que cuestionar las estructuras de poder que realmente generan esa desigualdad. Es una forma de desviar la mirada y evitar que la gente se una para exigir derechos reales. La clave para no repetir el pasado es precisamente no dejar que nos vendan la idea de que la libertad de unos depende de la opresión de otros.
Mi miedo a retroceder no es pesimismo, es vigilancia democrática, y es algo que necesitamos mucho hoy en día. No suele ocurrir de golpe, sino que es más bien como una gota de agua que va desgastando la piedra. Poco a poco, se normalizan discursos que antes nos parecían inaceptables, se cuestionan derechos que dábamos por sentados y, cuando nos queremos dar cuenta, el marco de lo que es normal ha cambiado peligrosamente.
Para no perder esa perspectiva y mantenernos firmes es necesario mantener la memoria como escudo y el hecho de que no se reconozca la importancia de ciertos sitios de memoria histórica es precisamente porque la memoria es poderosa. Si olvidamos lo que costó conseguir la libertad, es mucho más fácil que nos la arrebaten. Mantener viva la historia es una forma de resistencia. No dejar que el discurso del odio se normalice en nuestro entorno cercano es un paso fundamental.
Se necesita la unión frente a la división, ya que los autoritarismos siempre intentan dividirnos (nativos contra inmigrantes, unos contra otros) porque saben que, si estamos unidos, somos mucho más fuertes. Cultivar la empatía por el otro es, en realidad, una forma de proteger nuestros propios derechos.
En definitiva, los de la prioridad nacional, entre ellos, los que colocan el aguilucho en la bandera nacional y levantan la mano como signo fascista, pretenden que el odio anide en nuestros corazones y que la solución a todo sea negar derechos a los que no tienen nada ni el color blanco que ellos necesitan para perpetuar la ignominia y la injusticia social.




