De gobiernos, sindicatos y batallas por ganar

El impacto que puede causar una soflama soltada a vuelapluma, pero cargada de toda la animosidad de la que el mediocre y malintencionado es capaz, corre más rápido por su simpleza y falta de argumentos que cualquier idea razonada para instalarse en la cabeza del ignorante con vocación de ello, que, hastiado de su propia precariedad, encuentra un objetivo contra el que lanzar sus miserias provocado por el crédito que le atribuye a cualquier mamarracho surgiendo de la pantalla de su dispositivo móvil alabando todo tipo de conducta camorrista, falaz, gañán, palurda, patosa, grosera, torpe, taruga o mastuerza en la que, por supuesto, se hace partícipe al ceporro a través de un macerado lenguaje de la nada y pleitesía al ignominioso.

En esto andamos cuando asistimos perplejos al rechazo, más que evidente y constatable, de toda aquella fórmula y formación que busca seguir interpretando el presente para dar respuestas sensatas y caviladas a gran parte de los problemas sociales a los que nos enfrentamos. En esto estamos, cuando el obrero lanza piedras e insultos contra quien busca y llega a acuerdos que mejora su vida y condiciones, mientras se enaltece comprando el discurso y las aspiraciones de quien le humilla.

Una y otra vez, nos preguntamos qué ha ocurrido para que se dé este escenario; qué ha ocurrido para que los movimientos sociales y sindicales se hayan separado tanto de la masa social o viceversa. Movimientos sindicales que, si bien durante la recesión iniciada en 2008 no estuvieron a la altura, es cierto que han sido parte indispensable del dialogo social que nos ha traído hasta aquí, donde el salario mínimo ha sido aumentado en un 61 por ciento siendo este aspecto uno de los más destacados y significativos desde 2018.

Sería conveniente, entonces, saber de qué se está hablando y en qué medida los sindicatos forman parte de ese tejido que ha consensuado con el actual gobierno algunas de las mejoras más significativas de los últimos años. Y es que hay quien arguye que parte de esa mencionada desactivación viene dada, precisamente, por esa cercanía y afinidad con los planes del gobierno. Desde algunos órganos internos de las centrales sindicales mayoritarias en España, se deja ver la tentación de “aflojar” ante los éxitos en las negociaciones conjuntas a nivel nacional.

Peo se nos olvida algo en este aparente júbilo. Las centrales sindicales no están única y exclusivamente para exponerse en aparente lucha frente al gobierno. Quienes manejan los acuerdos de pequeñas empresas son los empresarios, quienes implantan nuevas formas de trabajo absolutamente precarias y humillantes son empresas y no gobiernos, quienes suben los precios de la luz, agua y energía son empresas y no consejos de ministros. El sindicalismo debe recordarse a sí mismo que su caballo de batalla es la mejora en las condiciones laborales, la igualdad, ruptura de los techos de cristal y sí, explicarlo también. Explicarlo con un lenguaje fuera de eufemismos y directo.

En este orden de cosas, habría que tener muy en cuenta cómo funcionan las estéticas contemporáneas. Esto que pudiera parecer una barbaridad no lo es. Todo se haya conectado y relacionado y si no se está al tanto de una de ellas, todo se desmorona. Y es que cuando hablamos de estéticas contemporáneas, no nos referimos estéticas artísticas o en tendencia, sino a las estéticas sociales, nos referimos a saber qué y cómo se gestiona la desconexión para volver a conectar.

No olvidemos que no son pocos los “triunfadores” de pacotilla los que, como por arte de magia, se autoproclaman valedores de las causas sociales desarticulando las conquistas sociales en materia de sanidad, pensiones, salarios o jornadas laborales, haciendo de ellas un mal que impide el crecimiento, siempre, inoculando en la mente del observador poco dado al pensamiento, la idea de la corporación privada o la empresa como la mejor opción para proteger tanto los derechos individuales como el crecimiento.

Sin duda, en esta proliferación de delincuentes digitales, se ha logrado que la identidad de clase se haya tornado en algo feo. Si no se emprende y se deposita toda la confianza fuera del estado, estas obsoleto y sin duda fracasado. Se ha logrado afear la condición social y además culpabilizar de ello al currante. Si no se es un emprendedor y la vida de cada obrero es una miseria, es culpa del obrero, nunca del empresario que precariza los puestos. Sino se es un emprendedor eres un perdedor. Y es que, aunque llegue a costar creérselo, estas máximas tan párvulas y ausentes de toda verdad, se interiorizan. El obrero, no quiere pertenecer a lo que los demás ven y denominan fealdad, quiere verse en otro roll y llega a hacer de ello una aspiración para la cual tiene que renegar de sí mismo y su condición.

A ello entonces. Hagamos de la condición obrera algo digno a través del lenguaje. Inundemos, aunque nos cueste, las redes sociales de orgullo trabajador: porque ahora el enemigo para los trabajadores es el propio trabajador. La educación al respecto es inexistente y el triunfo de la ignorancia un logro intelectual del capitalismo más demoledor.

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