En otoño sembramos habas en el minúsculo jardín de atrás, y hoy crecen tan hermosas que da pena pasar a su otro deleite, el gastronómico. No es que vayan a cubrir nuestras necesidades de proteínas, fibra o vitaminas; es que es un placer sembrar y esperar, verlas crecer, asombrarse por la precisión con que aterrizan los abejorros en las flores, comprobar que los frutos efectivamente se están formando y que tendremos tres o cuatro raciones para compartir con los vecinos. Luego, las plantas secas volverán a la tierra en forma de compost, las raíces habrán fertilizado el suelo fijando nitrógeno como buenas leguminosas, y esperaremos al otoño para decidir si repetimos o probamos cosas nuevas.
Este año las habas crecen junto a unas pocas acelgas que alimentan (también) a caracoles y babosas, junto a varias especies de jaras cuyas efímeras flores llaman a gritos a tantos y vistosos voladores, junto a lavandas que huelen tan rico entre otras bellezas más. Vida en el pequeño jardín, multiplicándose. No hay espacio para un huerto grande ni para un bosque mediterráneo con toda su red de elementos, pero está bien así. Es un pequeño laboratorio de pruebas que crece, se adapta, cambia, cobija y florece, que se deja observar, oler y comer, y qué placer tan grande. La huerta de verdad, la que trabajan esforzadas manos y mentes y cuerpos que miran ansiosos al cielo, ésa está aquí muy cerca en la vega del río, y qué suerte tan grande. Que no haya camiones ni neveras de por medio porque el desplazamiento es mínimo, que ante la emergencia climática haya una respuesta activa porque la tierra se trabaja sin químicos y con todo el respeto por las diversas vidas que la habitan, es la mejor garantía. Quizás la tarea más difícil sea decidir qué y cuánto compramos esta vez. Que eso que comemos haya crecido bajo una mirada tan atenta como la nuestra sobre el pequeño jardín, está más que asegurado.
Aunque las habas y acelgas se agoten habremos saboreado tal variedad de verduras, frutas y hortalizas con el empeño de revertir las amenazas ambientales grabadas en su piel, que un año más podremos volver a gritar orgullosos: hay tiempo todavía.









