Artículo de opinión de Raúl Martínez Fernández.
«A veces la vida es injusta, pequeño. ¿No te lo han dicho nunca?»—Scar, El Rey León (1994)
El rugido de la memoria
Algunas reflexiones no surgen en bibliotecas ni en aulas universitarias. Surgen tras ver por quinta vez una película con tus hijos, o después de volver a ver aquella historia que te hizo llorar de niño (o no tan niño). O simplemente a veces aparecen en una terraza de bar, con una cerveza en la mano y la mirada puesta en un parque infantil mientras hablas con un amigo. Este es el caso del surgimiento de este artículo, unas cervezas con un amigo surgido por los estragos de la paternidad. La amistad de nuestras hijas nos llevó a esta reflexión (que yo me permito apropiarme como mía) en alguna tarde o noche de terraceo. Carlos Pascual. ¡Gracias amigo!
Entonces algo surge: una pregunta que antes no estaba, o una idea que se plantea en voz alta. ¿Qué pasó con todo aquello en lo que creías?
Cuando Scar le dice eso a Simba en El Rey León, está preparando el terreno para el golpe de Estado. Lo empuja al exilio, toma el trono con la fuerza en alianza con las hienas, sumergiendo a la sabana en una dictadura sombría. Todo se marchita bajo su mandato. Nada florece. Los recursos se agotan. La vida pierde sentido.
Para millones de peques que vieron esa película en los años 90 y 2000, El Rey León fue algo más que una historia animada. Era una fábula sobre el bien y el mal, la traición y la justicia, la pérdida y la memoria. Scar no era simplemente el «malo»: era el cínico que justificaba el abuso de poder. Simba, en cambio, era el héroe reticente que, después de crecer, entendía que no podía vivir al margen del mundo mientras este se desmoronaba.
Muchas niñas y niños lloramos con Mufasa, temblamos con la estampida, nos indignamos con la dictadura del usurpador y nos emocionamos cuando la justicia regresaba, junto con la lluvia y la vida.
Pero algo extraño ocurre con el paso de los años. Hoy, muchos adultos que crecieron vibrando con esa historia apoyan proyectos políticos que, simbólicamente, se parecen más a Scar que a Simba. Políticas de fuerza y exclusión, nostalgia de un orden autoritario, desprecio por el diferente, odio al que se atreve a cuestionar el trono.
¿Qué pasó en ese trayecto?
Justicias que aprendimos jugando
Desde los cuentos de hadas hasta las películas más modernas (da igual que sea Pixar, DreamWorks o Disney), los relatos infantiles funcionan como mecanismos de aprendizaje.
La psicología explica cómo los cuentos no son sólo entretenimiento, tienen una función pedagógica en la construcción de la concepción de valores y ética de lo justo e injusto.
Veamos algunos ejemplos:
- En Star Wars, los rebeldes enfrentan un imperio tecnocrático y militarizado que destruye planetas enteros en nombre del «orden».
- En Shrek (2001), el ogro marginado demuestra tener más humanidad que el rey autoritario que expulsa a las «criaturas no deseadas».
- En Wall-E (2008), un robot abandonado cuida del planeta devastado mientras los humanos consumen sin parar en naves espaciales donde ni caminan.
- En Brave (2012), Mérida se rebela contra un sistema patriarcal que le impone el matrimonio como destino.
- En Frozen (2013), Elsa y Anna descubren que el amor no es obediencia sino libertad compartida, y que el verdadero «villano» es el aspirante al trono que finge querer para dominar.
Todos estos relatos contienen una semilla: la de la justicia como rebelión contra un orden impuesto que ahoga la vida. Esa semilla, sin embargo, muchas veces no germina en la adultez. Y eso tiene causas.
«Es solo una película»: desactivar la política
Con el tiempo, aprendemos a decir: «no es más que una peli». Pero eso no es cierto. El cine es una fuerte fuente de aprendizaje para la infancia.
Cuando separamos lo emocional de lo político, lo simbólico de lo estructural, abrimos la puerta a una disociación peligrosa. Amamos a Elsa, pero votamos por partidos que criminalizan la diversidad. Admiramos la valentía de Mulan, pero nos oponemos a las leyes que protegen a las mujeres. Soñamos con que Simba devuelva el equilibrio a la sabana, pero justificamos gobiernos que destruyen el ecosistema y privatizan el agua.
El mercado nos ha educado en esa desconexión. El consumo emocional no requiere coherencia. Podemos colgar un cartel de V de Vendetta y despreciar a quienes protestan en la calle.
Scar vota, y gana
Si Scar viviera hoy, tendría un discurso muy reconocible: hablaría de «poner orden», de «recuperar la grandeza de la sabana», de «eliminar parásitos». Culparía a las hienas y luego las usaría para el trabajo sucio. Prometería seguridad a cambio de silencio. Haría campaña con un rugido agresivo y banderas negras.
Y ganaría.
Porque para entonces, muchos habrían olvidado que lo vieron destruir la vida misma.
Este no es un ejercicio metafórico: el auge de la extrema derecha en Europa y América Latina se sostiene también en esa ruptura simbólica. Como explica George Lakoff en No pienses en un elefante (2004), las narrativas que organizan el sentido común son clave para la hegemonía cultural. Si los valores progresistas se quedan atrapados en los cuentos de la infancia y no aterrizan en la política real, los Scar del mundo llenan ese vacío con miedo, orden y resentimiento.
Nostalgia sin justicia
La nostalgia también es un campo de batalla. El capitalismo emocional nos vende infancia sin contexto: tazas con Simba, peluches de Wall-E, reediciones de Aladdin. Pero vacía esos relatos de contenido transformador.
Mientras tanto, fuerzas reaccionarias combaten cualquier intento de actualizar la justicia en esos relatos: denuncian que Disney es «demasiado inclusiva», protestan si hay una sirenita negra, llaman «ideología de género» a que una niña quiera empuñar una espada.
No es que la derecha no entienda el poder de los símbolos. Es que lo entiende demasiado bien.
Volver a conectar los hilos
Entonces, ¿qué hacer? Tal vez lo primero sea no subestimar el poder de la memoria emocional. Recordar lo que sentíamos viendo esas películas no es un ejercicio infantil, sino un acto de resistencia. La justicia que nos emocionaba entonces sigue siendo válida. El mundo sigue necesitando personas que digan «no» cuando Scar asciende al trono.
Necesitamos unir la ficción con la praxis, la emoción con el compromiso. Que el niño o niña que fuimos le recuerde al adulto que somos que no se trata solo de votar, sino de vivir con coherencia.
Epílogo: el ciclo de la vida
En la escena final de El Rey León, Simba asciende a la roca del rey bajo la lluvia. Los ríos vuelven a correr. La vegetación regresa. Se oye el canto de Rafiki. Nace una nueva cría. Todo vuelve a empezar.
Es una imagen de esperanza: incluso tras la devastación, la vida puede regresar. Pero no sola. Alguien debe dar un paso al frente.
Hoy, que Scar vuelve a rugir en muchas plazas, gobiernos y pantallas, es momento de recordar que también Simba puede volver. Que la justicia no es una fantasía infantil. Que crecer no es rendirse. Y que el ciclo de la vida también puede ser el ciclo de la memoria, la rebelión y la coherencia.









