Tal vez deberíamos dejarnos persuadir por la idea de pensar que la historia es cíclica. De hecho somos capaces de percibir con perplejidad ciertos modelos de sociedad que a lo largo de ella se sucedieron, arrancando de nosotros expresiones que revelan el reconocimiento al camino andado hasta hoy.

Por otro lado, cierto estado de  morriña y nuestro perfil sentimental a causa de la juventud perdida nos remite al tan cacareado “Cualquier tiempo pasado fue mejor “. Y no, simplemente teníamos toda la ilusión para ser usada y, a partes iguales, la intención de cambiar el mundo.

Resulta complejo aceptar que, aun a sabiendas que cualquier tiempo pasado nunca fue mejor, lo que vendrá no será mejor que lo que tenemos y por una vez cabe la posibilidad que, de  tanto cacarearlo, termine siendo cierto.

Y es que el hecho de haber ido maleando, no por generaciones, sino por años cuando no por meses, la realidad hasta convertirla en el soporte de un futuro incierto y poco halagüeño, ha desembocado en un estado de opinión por parte de los más jóvenes cuyo planteamiento de proyectos de vida se catalizan en no tenerlos.
Se da por bueno el sistema de contratación precaria, se normaliza la intermitencia en la continuidad laboral, la condición de ciudadano y ciudadana queda relegada a cumplir, no demandar cosa alguna y sí así fuera, a pagar por lo demandado aun cuando forme parte de aquello que resultaba obvio en aquellos tiempos del pasado que parecían mejores… y uno comienza a preguntarse si en realidad lo eran. Y lo fueron porque presumimos que lo conquistado era incuestionable. Y no, no lo era. Bastaba con herir al sistema de estado como tal para que cada cual corriera a salvar sus trastos y obligarse al codazo.

Apuntábamos al principio aludiendo a la historia, pero habría que hacerlo también a las historias; a los relatos e historietas que de tiempo atrás nos contaron y que ahora las artimañas del poder abyecto hacen tornar el sentido de las palabras en una especie de pirueta narrativa. Y es que, no cabiendo ninguna duda  acerca de las intenciones de los sistemas de organización social dominados por el sistema financiero que todo lo inunda, son estos ahora los que arengan a la ciudadanía contra la hegemonía del estado democrático convirtiéndolo en aquel señor perverso de los cuentos e historias que recaudaba de manera despiadada a indefensos campesinos. Dibujan un estado de enormes y devoradoras fauces que todo los engulle para satisfacción propia…

Triste que aquellos campesinos, hoy ciudadanos, ciudadanas, trabajadores y trabajadoras, compren el cuento y no recuerden que estos mismos instigadores de universo ultraliberal, no reprueban la recaudación de antaño; justo cuando fueron ellos los depositarios de la gabela que sometía y abocaba a la existencia servil al  contribuyente; justo cuando el estado no existía y el reino tenía dueño.

Panorama oscuro éste que nos dirige a un modelo de relaciones medievalizantes donde, además, el siervo acalla al igual deshaciendo su propia “casa” para ofrecerse desnudo y desprovisto al señor. Lástima que la propiedad común se nos “venda” como maquina de triturar dinero frente a las fauces de quien no necesitará ya ni consumidores, solo siervos.