Mujeres singulares en plural: Construyendo la vida en pareja

En el siglo XVIII a.n.e. se redactó el Código de Hammurabi, que establecía para las relaciones matrimoniales cual había de ser el comportamiento de una de las partes, la mujer que estaba sometida a la autoridad del hombre, al cual pertenecía en el aspecto sexual y siendo los hijos propiedad del marido. El matrimonio era acordado por el padre o el hermano y se establecía con un contrato que incluía el precio de la novia, cantidad acordada que la familia del novio tenía que pagar y la dote que el padre de la novia otorgaba a su hija para el mantenimiento del nuevo hogar y que sería administrada por el marido.

Las relaciones matrimoniales se fueron modificando a lo largo de la historia. La Biblia invoca la necesidad del matrimonio en el momento mismo en que el autor (o autora) del libro primero del Génesis pone en boca de Dios un vigoroso argumento social: “dejará el hombre a su padre y a su madre; y se unirá a su mujer; y vendrán a ser los dos una sola carne” (2:24).

Según el Evangelio de Felipe, las palabras utilizadas para fijar las especiales relaciones de Jesús con María Magdalena fueron: “Grande es el misterio del matrimonio, porque sin él, el mundo no habría existido. Pues la existencia del mundo depende del hombre y la existencia del hombre depende del matrimonio”

Para el historiador Ruiz-Domènec, a mediados del siglo I el Imperio Romano entró en un proceso de transformación; el cristianismo se extendió con rapidez y la institución social más afectada de todas fue el matrimonio al ser considerado como indisoluble.

Mientras que el gran imperio romano se derrumbaba poco a poco, el cristianismo cruzaba el umbral de la Edad Media cambiando normas en materia matrimonial: abandonó el derecho latino en favor del germánico; por ejemplo, el consentimiento libre de los contrayentes no era indispensable y se reconocieron como válidas las uniones pactadas por los padres.

El matrimonio no nació con Cristo y le costó ser recogido en la espiritualidad del primer cristianismo. Hasta el IV Concilio de Letrán, año 1200, no se estructuró un mínimo ritual eclesiástico que preveía el consentimiento pero no la presencia del sacerdote. Fue en 1563, cuando el Concilio de Trento transformó en sacramento el matrimonio como lo conocemos hoy; lo que apenas supone una cuarta parte de la larga historia de la cristiandad.

Los primeros Padres de la Iglesia coincidieron en afirmar la primacía del celibato y la virginidad sobre los demás estados de vida. La Iglesia se limitó a reforzar esa distancia, al considerar el matrimonio como una cesión del espíritu a la carne, para el que no sabía vivir en castidad, una especie de mal menor para dar cobertura institucional a la libido. Dice Pablo en la I Carta a los Corintios: “pero si no saben vivir en la continencia, que se casen: es mejor casarse que arder”.

Al considerar el celibato como primera opción espiritual, se denigraba al máximo el atractivo físico de las mujeres, causa de las tentaciones que conducían al matrimonio. En torno al año 1000, el santo abad Odón de Cluny ilustraba a los hombres sobre el horror oculto en el cuerpo de las mujeres: La belleza del cuerpo se limita a la piel. Si los hombres vieran lo que hay debajo, se estremecerían ante la visión de las mujeres. Toda esa gracia consiste en mucosidad y sangre, en humores y bilis. Si se piensa en lo que se esconde en la nariz, la garganta y el vientre, no se encontrará más que inmundicias. Y si nos repugna tocar la mucosidad o el estiércol con la yema de los dedos, ¿cómo podríamos desear abrazar al saco que contiene el estiércol?”.

Según la escritora y teóloga Michela Murgia, a la Iglesia le ha costado establecer un arquetipo sustentador del sacramento y suelen acudir a Adán y Eva. Ahora bien, ellos son pre-evangélicos y, por tanto, resulta difícil proponerlos a los esposos como modelo de amor cristiano, pero además suponen un ejemplo poco edificante, pues son los pecadores por antonomasia. No resulta nada fácil colar como pareja ideal a dos figuras que se habían rebelado contra Dios.

No ha sido el catolicismo el que inventó la praxis de la subordinación de la mujer en el matrimonio, ni la concepción de inferioridad en que se basa, es evidente que esa idea existía siglos antes. Si bien la Iglesia no inventó la subordinación entre los sexos, optó por legitimarla para adaptarlas a sus intereses.

Los abusos y la vejación que las mujeres han sufrido durante siglos en nombre del vínculo sacramental del matrimonio todavía no han sido comprendidos y valorados por completo. Jamás podrá darse el paso si sigue confiándose en la reflexión del matrimonio como sacramento a hombres célibes, sacerdotes y obispos, que sólo conocen del matrimonio los aspectos feos que les llegan a través del confesionario, un lugar donde desde hace centurias se pide a las mujeres resignación y sumisión en nombre de Dios.

La teóloga Virginia Ramey señala a la representación de Dios como ser masculino que “el tipo de relación que se sugiere cuando solo un miembro de la pareja es como Dios es una relación de dominio/sumisión. El tipo de relación en que ambos son como Dios es de reciprocidad”. Así pues, el matrimonio católico basado en el primer tipo, da como consecuencias las de cualquier relación fundada bajo esa premisa. “La narración unívoca de la mujer funcional -esposa y madre- supone a las mujeres moverse dentro de roles rígidos y las condena como subversoras y marginales cuando intentan imaginarse de un modo alternativo. La misma narración impone a los maridos el papel dominante y las frustraciones que se derivan de ello en caso de que se intente mantener una relación más equitativa. Si es verdad que las palabras generan realidades -y las litúrgicas son por antonomasia las más poderosas- tiene que haber una conexión entre la narración sugerida al hombre y a la mujer como esposos y los modos como se traduce esa narración”.

En el siglo XVIII Jonh Stuart Mill y Harriet Taylor MIll hicieron una dura crítica a la realidad de la institución matrimonial: la relación entre hombre y mujer se basaba en la injusticia, dada la educación distinta que recibían. “Por lo que es difícil, casi imposible, que el resto de las relaciones sociales sean justas y libres”; la relación matrimonial proporcionaría mayor felicidad a los cónyuges en un régimen de igualdad. Mill escribió dos años antes de casarse: (…) “considero mi deber dejar constancia de una protesta formal contra la ley matrimonial vigente, en cuanto a conferir tales poderes; y una promesa solemne de no utilizarlos jamás, bajo ninguna circunstancia ni caso. Y en caso de matrimonio entre la Sra. Taylor y yo, declaro que es mi voluntad e intención, y la condición del compromiso entre nosotros, que ella conserve en todo caso, la misma absoluta libertad de acción y libertad de disposición de sí misma y de todo lo que le pertenece o pueda pertenecer en cualquier momento, como si tal matrimonio no hubiera tenido lugar; y renuncio y repudio absolutamente toda pretensión de haber adquirido cualquier derecho en virtud de tal matrimonio. 6 de marzo de 1851 J. S. Mill».

El mismo año Harriet Taylor publicó La emancipación de la mujer donde se lee: “Negamos el derecho de que cualquier porción de la especie decida por otra porción […] qué es y qué no es la ‘esfera propia’ de cada uno. La esfera propia es, para todos los seres humanos, la más ancha y más alta que pueden conseguir. Y lo que esto es, no se puede averiguar sin una completa libertad de escoger”.

En el siglo XXI si bien se han conseguido grandes avances, todavía se vive bajo el sistema patriarcal. Si se quiere luchar contra él hay que llegar no solamente a la esfera de lo político o a la esfera de la razón, sino a todo el entramado de relaciones que constituye la vida social, entre las que se encuentra el matrimonio.

Siguiendo a Ruiz-Domènec: “Los efectos del romanticismo en el cine y otros medios de comunicación de masas (…) ofrecen una deformada imagen de la realidad que, sin embargo se valora más que la propia realidad: tiene el glamour del escándalo y del dinero fácil”. En esa vida prefabricada se sitúa al matrimonio en una esfera de fantasía dentro del patriarcado.

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