Cada vez que una noticia habla de sindicatos, aparece en los comentarios un calificativo que define el nivel de estupidez al que está llegando el debate público: “Comegambas”. He tratado de recordar las veces que he comido con un buen amigo (sindicalista durante muchos años), en busca de las famosas gambas, sin éxito. Incluso, pregunté a un miembro de la Ejecutiva estatal de un sindicato: “oye, ¿hacéis grandes comilonas los dirigentes sindicales?”. No le hizo gracia la pregunta, pero tampoco hubo gambas en su respuesta. Sorprendentemente (o no), los sindicalistas tienen los mismos y diversos gustos gastronómicos que el resto de la población.
Este es solo uno de los muchos bulos que rodean al sindicalismo, ese noble compromiso de luchar junto a otros compañeros de curro para mejorar nuestras condiciones de trabajo. Contrariamente a lo que suele afirmarse, por ejemplo, las subvenciones públicas representan una parte anecdótica de su financiación y -normalmente- destinada a programas finalistas. Al contrario que otras organizaciones, los sindicatos se autofinancian.
Sobre todo, con cuotas: CCOO, con cerca de 1,09 millones de afiliados, ingresó 137,4 millones en 2022 (84% de sus ingresos). UGT, con 985.730 afiliados, recaudó más de 120 millones (85%). Números que demuestran que son las mayores organizaciones del país.
Esos afiliados sacrifican su tiempo libre para pelear por nuestros derechos. Solo unos pocos en empresas medianas pueden usar esas “horas sindicales”, que no les libran de seguir teniendo que realizar su trabajo el resto de la jornada. Cuando son empresas grandes, es cuando varios sindicalistas que tienen “horas sindicales” las unifican para que una sola persona pueda estar “liberada”, es decir, dedicarse a jornada completa al trabajo sindical.
Esto no es un privilegio, sino el papel que les otorga la Constitución para que haya equilibrio entre trabajadores y empresarios, ya que la empresa ya tiene en nómina a responsables de “Recursos Humanos” o costosos despachos de abogados expertos en mandar gente a la calle e irse de rositas.
No obstante, no reciben ni un euro por muchas funciones que se les han ido añadiendo, como la negociación de planes de igualdad o protocolos anti-acoso. Al contrario que en otros países, lo que negocian no protege solo a sus afiliados sino a la mayoría de trabajadores. Más nos valdría darles las gracias, porque nunca un derecho laboral se consiguió negociando individualmente con la empresa, sino que se hizo con la lucha y la unión de los trabajadores.









