OPINIÓN

Burbuja

Burbuja

Después de un año largo sin vernos, los cuatro supervivientes del curso de COU que todavía vivimos en la ciudad que nos vio nacer hacemos por fin un esfuerzo y quedamos para comer en un restaurancito del centro, uno de esos que hasta hace poco eran tranquilos e íntimos, pero en los que ahora hay que hacer una reserva con mes y medio de antelación y rezar a todos los santos para que no la cancelen, que te quedas en la calle, nunca mejor dicho. El sitio no es nada del otro mundo, no se vayan a pensar que somos ricos o que queremos tirar la casa por la ventana; el local ofrece un menú del día al alcance de funcionarios y oficinistas, y, además, cuenta con una terraza que ocupa media calle y en la que, quien más quien menos, se toma una cañita en esta España dentro de otra España tomada al asalto por turistas y aficionados al fútbol. Pues bien, en este paraíso alcohólico y paellero, deseado por millones de seres que no han tenido la suerte de venir al mundo en su mismo centro como nosotros, quedamos los cuatro cuando podemos.

Cuando llego al local, ya está Margarita. Siempre ha sido muy puntual, una de esas virtudes que pueden parecer vicio si se exhiben demasiado. Está enfrascada en su móvil, pasando pantallas con el dedo índice, como si buscara con ansia un anillo perdido. Tengo que llamarla por su nombre para que note que ya no está sola, levante la cabeza y se desanillen sus patitas de paloma mensajera.

—¡Ay, Luis! ¡Qué alegría! Mira, vengo vestida de uzbeka. Recién llegada del aeropuerto estoy. Que me ha costado más llegar al restaurante desde Barajas que volver a España desde Uzbekistán. ¡Lo imposible que está Madrid con lo de la Taylor Swift! ¿Te gusta mi modelito? Este dos piezas lo compré hace dos días en Samarkanda por nada y menos. ¿A qué me queda bien?

No hago ningún comentario sobre el vestido y su conjunto abigarrado de colores estridentes que, seguramente, le salvarían la vida en el desierto. A vista de pájaro, claro. Antes de que mi silencio se pueda interpretar como una grosería, llegan Lorenzo y Toña, las dos patas que le faltaban a esta mesa, y Margarita recomienza su monólogo como si yo no estuviera allí:

—Mirad, vengo vestida de uzbeka…

Desconecto antes de que me den ganas de invadir la milenaria ruta de la seda con un ejército como el de Atila. Nunca he soportado las repeticiones y así me ha ido en este mundo tan rutinario.

A partir de ahí nos pasamos toda la comida hablando de viajes y proyectos. A nuestra edad, hasta hace poco, ocupábamos la mayor parte del tiempo hablando de los nietos, los trabajos de los hijos y de nuestros achaques. Pues no daban de sí ni nada las visitas al urólogo, al cardiólogo o al neurólogo; pero, desde el inicio de la pandemia de la Covid19, a la peña ya no le gusta hablar de enfermedades y de pastillas como antes, sino que prefiere, apuntándose tarde, pero poniéndose al día en tendencias globales e inteligencia emocional, eso de vivir el presente como si no hubiese un mañana.

Por resumir: Margarita, la uzbeka, está recién desembarcada de su aventura medio oriental, a la que se ha ido con trescientos jubilados aprovechando un programa subvencionado por la comunidad y que, visto desde fuera, podría parecer una invasión al Karakum; Lorenzo acaba de regresar de Tanzania, donde ha disfrutado como un loco con el guía que les ha llevado al corazón del Ngorongoro y donde ha podido ver todo tipo de animales salvajes desde el jeep; Toña, para no ser menos, también ha estado fuera, en su caso visitando a su hija, que es directora de finanzas en un empresa de Luxemburgo que se beneficia de las facilidades fiscales del Gran Ducado, y ha vuelto contando maravillas de esa Europa tan civilizada y tan poco parecida a nuestra España dentro de otra España. No me queda, finalmente, más remedio que contarles que yo también estoy recién llegado de una pequeña escapada a Tallin, donde no se me había perdido nada, pero que estaba tan bien de precio en la agencia que no me lo pensé y me marché una semana; con decir que hasta he ahorrado dinero viajando, yo creo que ya lo he dicho todo.

El fin de la conversación tenía, claro está, que mantener la altura de nuestra actual vida de seres cosmopolitas y curiosos. Que no basta sólo con tener un buen pasar, no, hay que tener inquietudes y evitar que se te caiga la casa encima: el mundo moderno es de los audaces y pertenece por derecho propio a quienes desgastan hasta el asombro las cubiertas de sus pasaportes. Así, Margarita se marcha en tres días a hacer el camino de Santiago desde Roncesvalles con un medio novio que conoció en Milán el año pasado; Lorenzo se sorprende de lo cerca que van a estar, ya que él sale sólo dos días después hacia San Sebastián, donde comienza una aventura en cuatro por cuatro recorriendo la costa hasta el Algarve, en su caso con su tercera mujer; Toña, que dice sentir saudade también, no me entero de qué, se va con su grupo de amigas feministas a Río de Janeiro a ponerse morena de sol y negra de caipiriñas; y yo, que no soy menos en este paradigma moderno que ha hecho de los turistas un puntal económico, tengo ya medio apalabrado un viaje a Malasia con mi prima Merche y sus amigas.

Más que a una comida, me parece haber asistido a la loa de la explotación consumista del globo terráqueo y sus naciones. Y, mientras me preguntó cuánto durará esta burbuja turística a la que nos hemos visto empujados por el sistema y que hoy por hoy resulta imparable, me tranquilizo especulando con que el próximo crac económico no llegará al menos hasta dentro de cinco años. ¡Carpe diem!

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