Tras unos meses de calor espantoso, nos volvemos a encontrar en las páginas de la revista. Esperamos, queridos lectores, que todos ustedes hayan pasado, no obstante, un verano estupendo, bien porque hayan ido a la playa, a la montaña, a sus pueblos de origen, o bien, los que nos hemos quedado por aquí, hayamos disfrutado de las piscinas públicas o privadas y saliendo por las noches para alternar en los bares y restaurantes de nuestros municipios, que no son pocos y ofrecen un servicio estupendo.

En septiembre vamos a presentar a una de las muchas especies de mariposas nocturnas que habitan nuestros campos. Se trata de Bryophila vandalusiae (Duponchel, 1842), una mariposa de tamaño medio, con una coloración críptica, como otros muchos congéneres, cuyo fin es el de pasar desapercibida en el entorno donde vive.

Se trata de una especie atlanto-mediterránea que, en España, se localiza en colonias dispersas por el interior, donde sin ser demasiado abundante tampoco es rara. Para los taxónomos es una especie conflictiva, ya que hasta hace poco había sido considerada subespecie de Bryophila ravula (Hubner, [1813]), por lo que la distribución actual en la península ibérica todavía está por aclarar. Esta mariposa, de la familia Noctuidae, aparece en zonas ruderales donde haya abundante vegetación de crucíferas, fabáceas y compuestas —en particular, cardos—, siempre en campos cercanos a bosques de ribera o bien con diversos Quercus. También en zonas urbanas. Especie termófila con tendencia a ocupar terrenos calizos. Se desconoce la alimentación larvaria, aunque parece ser, según se desprende de los datos conocidos para otras especies próximas del género, que es muy probable que las orugas se alimenten de líquenes.

Una especie curiosa y mimética que, en principio, no tiene más factores de riesgo para su supervivencia que los causados por los pesticidas utilizados en la agricultura.

José Ignacio López Colón