No está el horno para bollos. Vivimos momentos difíciles donde nuestra vida personal se ha deteriorado por los acontecimientos externos que, naturalmente, nos afectan a todos. Llevamos más de dos años que puede decirse no levantamos cabeza. Entre la dichosa pandemia (aún no superada), la crisis de Afganistán, el volcán “Cumbre Vieja”, la invasión masiva de inmigrantes subsaharianos, la “locura” del Sr. Putin, el paro de los transportistas, sin olvidar el enquistamiento de nuestros problemas de siempre: Paro juvenil y no juvenil, dificultad para el acceso a una vivienda, las colas del hambre, y la desafección de los señores políticos preocupados en menesteres que no interesan, nos sobra desánimo y nos falta alegría.

La alegría es un sentimiento de placer producido por un suceso favorable, que se manifiesta con un buen estado de ánimo, la satisfacción y la tendencia al optimismo y la sonrisa. Es la ilusión y el resorte de la esperanza cotidiana. Aunque no lo creamos, son muchas las personas que normalizan esta carencia dando paso al desánimo, limitándose a vivir sin esa alegría interior; saben que les falta algo pero, al final, se acostumbran a ese vacío, asumiendo que, quizá, hay trenes que ya no volverán a pasar porque no tienen oportunidad de adquirir billete.  Pero, ¿qué ocurre cuando ya no sentimos las “cosquillas” de la alegría? Básicamente que dejamos ir una parte esencial de nosotros mismos, esa donde se amarra la autoestima, la identidad y nuestra capacidad para ser felices. Vivir sin alegría no es vivir, es sobrevivir. Cuando normalizamos una vida sin esa ilusión, nos limitamos a navegar en el desánimo, en esa superficie donde ya no caben los sueños o las segundas oportunidades.

Hace tiempo se publicó una encuesta Gallup sobre el estado de la emoción en la población mundial, que revelaba que más del 50% se siente estresada, con ansiedad y con la clara sensación de haber perdido la alegría. Es más, significaba que un tercio de la población decía sentir rabia y una sensación de enfado constante. Detrás del desánimo suelen existir realidades descuidadas, emociones adversas y problemas subyacentes que son necesarios detectar. El desánimo es solo una máscara que esconde algo, una actitud evasiva ante el mundo. Porque no hay nada más peligroso y desolador que el desaliento, esa falta de motivación capaz de relegarnos al rincón del desinterés y del enfado constante. La falta de alegría es la antesala de la depresión. Aunque haya días grises en nuestro calendario, es obligatorio volar de nuevo. No es fácil. Pero es bueno recordar que «cada uno es su propio jefe, cada uno tiene el mando y el control, nadie puede quitarnos ese poder».

Como dije al principio, poco podemos hacer por las condiciones externas que nos afectan: la economía, la política, los devenires sociales no siempre están bajo nuestro control, pero sí tenemos mucho que decir sobre las que nos afectan desde nuestro interior. Perdemos el impulso de la ilusión y falta de emotividad cuando permitimos que el estrés tome nuestro control. Y el inmovilismo puede ser el principal problema, cuando no nos atrevemos a impulsar los cambios adecuados cuando asoman la infelicidad, la frustración y la decepción. La alegría se apaga cuando, por ejemplo, convivimos con personas que limitan nuestro crecimiento personal, ahí donde el afecto no es sincero, donde no hay respeto. Factores como la soledad no deseada, la falta de propósitos, esperanzas y baja autoestima, son las consecuencias. La alegría y el optimismo pueden recuperarse asumiendo nuevos objetivos, cambiando de escenarios e incluso de personas. El ser humano puede reiniciarse tantas veces como crea necesario y en cada cambio, debe acercarse a su mejor versión, a sintonizar con sus auténticas necesidades y metas vitales.

La alegría no llega con un premio de lotería (que también), ni está supeditada a los bienes materiales. Es ante todo, una satisfacción personal, es el bienestar que emerge cuando hacemos lo que nos agrada, cuando la autoestima es fuerte, cuando nos sentimos apoyados, amados; cuando damos con esas personas relucientes que hacen fácil la convivencia. Favorezcamos los cambios que creamos necesarios, seamos valientes, para que ese sentimiento inunde nuestra vida. El optimismo produce personas agradables y amenas; personas que caen bien. No quiere decir que sean ingenuos o inocentes; ven las cosas de otro modo. Saben esperar, piensan, desean y actúan en consecuencia para que todo se cumpla. La alegría no es decir que todo está bien. Ven el lado positivo donde los demás sólo observan desolación, miedo, tristeza. No es estética, sino actitud. Es nuestra responsabilidad salir de esa dinámica de malestar.

Aconsejaba San Francisco de Asís: “Comienza haciendo lo que es necesario, después lo que es posible y, de repente, estarás haciendo lo imposible”.

Miguel F. Canser

www.cansermiguel.blogspot.com