Artículo de opinión de Janette Novo, portavoz del PP de Rivas
La crisis de la vivienda en Rivas Vaciamadrid se ha convertido en un laberinto de difícil salida, no por falta de suelo disponible, sino por un exceso de muros ideológicos.
Durante años, el debate se ha desplazado peligrosamente desde el análisis técnico y estructural hacia una retórica moralista que busca culpables en lugar de soluciones. Sin embargo, la realidad económica es tozuda y cuanto más se intenta controlar un mercado ignorando sus incentivos naturales, más se distorsiona su funcionamiento. El caso de Rivas Vaciamadrid se erige hoy como el ejemplo perfecto de esta deriva; una ciudad que pasó de ser el modelo del éxito a convertirse en el espejo de lo que no debe hacerse.
Para entender el presente de Rivas Vaciamadrid, es obligatorio mirar a su pasado reciente. Nuestra ciudad no es fruto del azar. Su transformación en una ciudad de 105.000 habitantes fue el resultado de una planificación urbanística sostenida y, sobre todo, de una cooperación público-privada ejemplar. Desde cooperativas históricas como Covibar, la ciudad supo leer las necesidades de miles de familias jóvenes que buscaban vivienda accesible y servicios de calidad en la corona metropolitana de Madrid. Fue un crecimiento ordenado basado en el pragmatismo.
Sin embargo, esa inercia positiva se truncó abruptamente en el año 2021. El Gobierno de Pedro del Cura primero y de Aída Castillejo después, decidió cambiar el diálogo por el bloqueo, paralizando licencias y adoptando una actitud hostil hacia el sector inmobiliario bajo el estandarte de una falsa sostenibilidad. El resultado de este cerrojazo es demoledor. Rivas Vaciamadrid, que nació para ser refugio de la clase trabajadora y joven, se ha convertido en uno de los diez municipios más caros de la Comunidad de Madrid, con un precio de 3.155 euros por metro cuadrado.
El déficit de vivienda en Rivas Vaciamadrid no se resuelve con declaraciones de zonas tensionadas ni con ataques a la seguridad jurídica. En los sitios donde se aplican, la retirada de casi 100.000 viviendas de alquiler permanente en un solo año ha sido la respuesta lógica de los propietarios ante un entorno de incertidumbre y control de precios. Cuando se estrecha el marco legal sin ofrecer alternativas, la oferta migra hacia el alquiler de temporada o desaparece, dejando a los jóvenes y a los nuevos hogares en la intemperie social.
No es posible solucionar una crisis de precios restringiendo la oferta. Es una contradicción física y económica. Rivas demuestra que cuando el urbanismo se interpreta desde un prisma dogmático y se rompe la colaboración con el sector privado, quien pierde es el ciudadano. El precio del metro cuadrado en nuestra ciudad ha subido un 45% en cinco años, muy por encima de municipios vecinos que no han optado por el bloqueo.
El aislamiento estratégico de Rivas se hace aún más evidente al observar el comportamiento de municipios vecinos de la corona metropolitana, que han optado por mantener sus desarrollos urbanísticos activos. Mientras otras localidades absorben la demanda residencial mediante la colaboración con promotores y cooperativas, Rivas se ha autolimitado, provocando un efecto embudo donde la demanda interna sigue creciendo pero la oferta permanece congelada. Esta desconexión de la realidad regional no solo encarece el suelo local, sino que reduce la competitividad de la ciudad frente al resto de la Comunidad de Madrid, transformando el municipio en un territorio exclusivo e inaccesible.
Rivas Vaciamadrid fue una vez el ejemplo de cómo crear ciudad desde la ilusión y el compromiso. Hoy, lamentablemente, es la evidencia de cómo la ideología puede asfixiar el dinamismo de una sociedad joven. El Gobierno municipal debe recuperar la sensatez y dejar de demonizar la construcción. Sin oferta, la vivienda seguirá siendo un lujo inalcanzable.




