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OPINIÓN

Rivas Vaciamadrid: Estrés, Atascos y Esperas Eternas .

La dialéctica del spray (o cómo el PP de Rivas descubrió que la censura también es ideología)

Bob Bernstein, director de The Rivas Tribune, vuelve a ponerse serio en este artículo de opinión.

Desde Platón hasta Banksy, los muros han sido escenarios de pensamiento público, testigos de la emoción política y de la protesta social. El debate, sin embargo, sigue abierto: ¿es el grafiti político una forma legítima de libertad de expresión o simple vandalismo pictórico? Y, si lo es, ¿acaso se puede considerar igual un eslogan en democracia que un grafiti contra una dictadura? En los regímenes totalitarios, donde el espacio público está secuestrado por el poder, el muro es la última tribuna. En Rivas, por lo visto, el muro vuelve a ser campo de batalla: no entre dictaduras, sino entre quienes reivindican derechos y quienes los repintan de blanco.

Para Hannah Arendt, la acción pública comienza cuando el individuo deja una huella en el espacio común; para el PP de Rivas, comienza justo después, cuando alguien pasa la brocha.

El pasado lunes, militantes del PP decidieron borrar un mural a favor de la sanidad pública —esa institución heroica, tan maltratada en Madrid como defendida en los balcones— en un gesto que pretendía ser higiénico, pero resultó profundamente ideológico: borrar lo que molesta, limpiar lo que incomoda, fabricar neutralidad a golpe de disolvente.

La limpieza ideológica y la nueva iconoclasia

Resulta notable el tipo de manchas que les preocupan. No tocan pintadas con contenido racista ni de extrema derecha, que haberlas, haylas. Solo borran los mensajes que suenan a izquierda: los que hablan de hospitales públicos, justicia internacional o solidaridad con Palestina. En su particular concepción del orden urbano, la igualdad estética se impone con disolvente. Se diría que el PP practica un nuevo tipo de gestión municipal: limpieza ideológica selectiva, donde los mensajes de izquierda se consideran un tipo específico de suciedad.

Incluso han borrado poemas. Versos escritos por vecinas y vecinos que, ingenuamente, creyeron que la poesía podía ser un lugar de encuentro. Pero si el poema invoca derechos sociales o empatía, la brocha del PP entiende que eso también hay que desinfectarlo. El arte, ya se sabe, solo cuando embellece escaparates.

Y es difícil no ver eco de esta escena en la retirada de dos placas con citas de Miguel Hernández y de las Trece Rosas en el cementerio de la Almudena en Madrid: ese empeño institucional por limpiar de la historia lo que incomoda, bajo el mismo argumento de la estética. Primero desaparece el verso, luego el recuerdo. De ahí que el rodillo político sea siempre más eficaz que la goma de borrar, porque borra sin dejar huella ni culpa.

Nuestra ideología es Rivas (claro, que sí, guapi)

Tras esta acción, el lema del PP local sigue resonando como una parodia involuntaria: Nuestra ideología es Rivas. Si eso fuera cierto, las Nuevas Generaciones del PP estarían ahora mismo inmersas en una campaña de limpieza total, brocha en mano, repasando cada grafiti del municipio, desde Covibar hasta el Cristo de Rivas. Pero no: su cruzada no busca limpiar, sino seleccionar. Rivas sí, pero Rivas sin poesía, sin protesta, sin memoria y, sobre todo, sin izquierdas.

El lema, en su versión revisada, bien podría ser más sincero: Nuestra ideología es Rivas… siempre que Rivas no opine en contra del PP.

El concejal y la lideresa: capítulo segundo

Como si el guion pedagógico lo firmara un coach político de manual, el concejal más joven del PP —el popular “preparado”— volvió a liderar la faena. Fiel a su empeño de demostrar méritos ante las altas instancias de su partido, su iniciativa roza el método socrático: empieza borrando lo que no entiende, continúa explicando lo que nadie le ha pedido y termina creyendo que ha hecho historia. Con cada brochazo, asciende simbólicamente hacia esa gloria política que solo da el servilismo a la líder. Desde el TRT le auguramos un futuro brillante, a la altura de su homólogo Figaredo.

Epílogo con aroma a disolvente

El politólogo Chantal Mouffe escribió que “la democracia agoniza cuando el conflicto se borra del espacio público”. Y el filósofo Isaiah Berlin advirtió que la libertad negativa —la de no ser molestado— no debe confundirse con la libertad de expresarse. Cuando un partido político decide qué palabras pueden o no quedar en la calle, transforma la convivencia en administración del silencio.

Quizá, en el fondo, lo que más molesta de un mural no es su color ni su trazo, sino su capacidad de hablar sin permiso. Porque cada grafiti —desde los muros de Berlín hasta las paredes de Rivas— es una frase que alguien no pudo decir en otro sitio. Y si borrar la poesía se convierte en política pública, no estamos limpiando las calles: estamos ensuciando la democracia.

La brocha del PP deja la pared impoluta, sí, pero el espacio público, un poco más vacío. Y como diría un grafitero anónimo si aún le dejaran escribir: “Toda censura empieza con una mano que limpia demasiado”.

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