Artículo de opinión de Álvaro Villanueva en su sección «El diálogo incesante», en el que reflexiona sobre el turismo como experiencia cultural y advierte de su amenaza a las ciudades.
Todos tenemos en nuestro cabeza como un mantra unas palabras semejantes al del novelista neoyorquino, Henry Miller: One’s destination is never a place but rather a new way of looking at things. Los blogs, influencers, aerolíneas y cientos o miles de empresas de alquiler de coches, hostelería o reserva de hoteles y apartamentos, también saben repetirlo. Pero parece que la densidad de turismo, apoyada en la explotación cultural (al menos de lo que pueda hacerse un post), ha llegado desde hace años a un punto de fractura del que no parece haber retorno. Antes viajaban tres, ahora solo tres no viajan. Hablo, claro, de “basajas” (en malgache, “el blanco”, el que tiene dinero y se aprovecha). Es uno de los grandes problemas a los que tendrá que enfrentarse la humanidad en las próximas décadas. Por muchos factores: encarecimiento del precio de la vivienda, contaminación y destrucción de pequeños paraísos para creación de hoteles, bungalós y restaurantes, el exagerado crecimiento poblacional veraniego en ciudades o pueblos con población residente minúscula… En fin, como ven, todos los caminos llevan a nuestra pobre Roma.
Viajar para aprender: más allá de los blogs y las fotos
Estamos de acuerdo en que todas las formas de turismo no son iguales. Hay quienes viajan a Atenas como podrían viajar a Brujas o Viena. Hay que ir “sellando el billete” con algunas fotos en cada capital. Pero una pregunta permanece detrás de estas olas de turismo: si nuestro fin al viajar es, como decía Miller, adoptar una mirada diferente de ver las cosas, otra perspectiva, ¿dónde, qué destinos y ciudades nos podrán servir, o cualquiera se presta a tan justos propósitos? Viajar es aprender, esa es la realidad o ese debería ser el objetivo. Y hay muchas formas de conocimiento; dos son la historia (y en ella los museos, catedrales, mezquitas, murallas, frescos, esculturas, libros y un largo etcétera) y la vida. Este último término, abstracto por abarcador, es el centro, la experiencia del viaje. Y aquí está la intrahistoria de Miguel de Unamuno; no hace falta hablar de folklore, pero sí de raíz, de orígenes y de tradiciones, de cultura en su esencia máxima. Y esto es muy diferente a lo que puede uno encontrarse por blogs de viaje, Instagram o Tiktok. Consiste en hacer un viaje humano; hablando, compartiendo con su gente es hacer un destino personal, íntimo e inolvidable. Así es como se obtiene una mirada diferente, desde la humanidad.
Por lo tanto, toda ciudad, todo destino vale. Pero a veces parece que viajar a estos sitios es, precisamente en búsqueda de su humanidad, de su cultura, una especie de aventura al zoológico. El yo y el otro, el civilizado, el que busca el blog, y el que aparece en él. Si miramos dentro de nosotros, ¿vemos una cultura, una tradición, o más bien una masa que tienda a uniformizarse, a estandarizarse en unas leyes y reglas de consumo? Si tanto pedimos cuando viajamos, habrá que dar algo cuando viajen a nuestro país; España en este caso. Esto también nos lo enseña viajar, a ser auténticamente nosotros, ricos y cultivados en nuestra cultura de vida.
Turismofobia y la necesidad de políticas que regulen el sector
El turismo, como decíamos desde el principio, va a ser un problema grave y ya hay muchísima literatura que se está ocupando de mostrar todas sus facetas. Calles pintadas con “Tourists out” o cosas por el estilo. La turismofobia es real, pero además es natural. La presión a la que se ven sometidas algunas ciudades impide cualquier proceso de conocimiento entre mundos, entre tradiciones. Todo es rápido, efímero y se pierde en la memoria, mientras que los monumentos sufren vandalizaciones y los residentes ven cómo las calles de su infancia se llenan de basura y de gente por todas partes, de tiendas de souvenirs con llaveros ridículos. Es necesario comprender que viajar comienza por el respeto y que es igual que adentrarte en una casa que no es la tuya. Y hacer como los monos de Gibraltar, “ver, oír y callar”; no maldecir y comparar con las otras 15 capitales que hemos visto por el mundo. Respetar, intentar adaptarse a su lengua, a sus hábitos y siempre mantener, claro, todo limpio y cuidado. No obstante, los gobiernos también deberían llevar a cabo políticas, como sea, de restricción de turismo, como también debería hacerlo sobre los combustibles fósiles de forma más acelerada, pero, claro, todo da mucho dinero y es mejor ser hipócrita que ser pobre, al menos para algunos.









