Jesús Jiménez Reinaldo acreditado poeta y escritor, vecino de Rivas, profesor en el IES Europa y colaborador en varias publicaciones, así como participante en certámenes literarios dentro y fuera de nuestra localidad, ha sido el ganador del segundo premio en el concurso literario de la ciudad de Chinchón.

JJ Reinaldo es colaborador habitual de ZARABANDA, escribe casi desde el inicio de la edición de nuestra revista (va para 30 años), su sección denominada ‘El Trastero’. Junto con él, nos sentimos orgullosos de que haya sido el ganador del segundo premio en el concurso literario “Enrique Segovia Rocaberti”, fallado a finales del pasado mes de agosto en Chinchón (Madrid) por su texto “1488”.

Certamen Literario «Enrique Segovia Rocaberti»

Un autor prolífico

Enrique Segovia Rocaberti, fue un importante escritor y periodista nacido en Chinchón en 1853. Cultivó todos los géneros, y destacó por su obra dramática y los artículos periodísticos que escribió en gran número de diarios y semanarios políticos y de opinión de finales del siglo XIX. Estuvo inmerso, con gran reconocimiento, en los ambientes políticos e intelectuales de la época y se codeó con importantes escritores del momento como Leopoldo Alas “Clarín”, José Martí o Espronceda. En 1885 se casó con la escritora y actriz Sofía Romero para quien escribió algunas de sus obras teatrales. Falleció en la localidad de Pinto en 1890 a los treinta y siete años. A pesar de su corta vida dejó una amplia obra dispersa y prácticamente desconocida hasta el momento. La Asociación de Amigos de la Biblioteca y del Archivo Histórico de Chinchón inició la convocatoria del Certamen Literario Enrique Segovia Rocaberti en el año 2012 con el objetivo de dar a conocer su figura y su obra, y de promocionar la creación literaria.

Las convocatorias han tratado de seguir los géneros cultivados por el Enrique Segovia Rocaberti a lo largo de su carrera, abriéndose a todos los rincones del mundo.

Convocatoria y obras premiadas

CERTAMEN LITERARIO “ENRIQUE SEGOVIA ROCABERTI”
2020 VII Certamen. Concurso de Recuerdos y vivencias Ganador Pavo de Raúl Clavero Blázquez
    Finalista 1488 de Jesús Jiménez Reinaldo

 

Fueron designados como miembros del jurado del VIII Certamen Literario «Enrique Segovia Rocaberti (Recuerdos y Vivencias) por la Junta Directiva de la Asociación de Amigos de la Biblioteca y del Archivo Histórico de Chinchón las siguientes personas: Luis Vicente Pérez Talavera, Mari Verdugo, José Antonio Manquillo, Gema Durango, María Laguna, Pilar Marugán, Gabriel García Fernández y Natividad Turiégano, quienes hechas las valoraciones de forma individual a través del correo electrónico y tras una selección previa de los 221 relatos presentados por los miembros del jurado, declararon:

Según está establecido en las bases, el premio ha consistido en la publicación en papel del trabajo premiado, lote de libros y Tablet. El texto también se hará público a través de la página web de la Biblioteca de Chinchón.

FINALISTA

1488 POR JESÚS JIMÉNEZ REINALDO

JESÚS JIMÉMENZ REINALDO Nacido en Tudela (Navarra) y Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza, reside en Rivas Vaciamadrid, donde ha ejercido como profesor de Lengua Castellana y Literatura. Ganador de distintos premios de poesía, cuento, teatro y cartas de amor, ha publicado los libros de poesía “La mística del fracaso” (2002) y “Los útiles del alquimista” (2010). En el año 2001 fue el compilador de la antología de poesía española actual “Al aire nuevo”, publicada en México por la editorial Desierto. Colabora habitualmente con la editorial Vicens Vives, para la que ha realizado traducciones, ediciones y actividades didácticas de autores como Esopo, Hugh Lupton, Horacio Quiroga, Mino Milani, Alejandro Dumas, Peninnah Schram, Arthur Conan Doyle, Homero o Antoine de Saint-Exupéry. Desde noviembre de 2011 dirige el blog literario “Cristales rotos (en el Edén)”.

VIII CERTAMEN LITERARIO E. S. ROCABERTI – RECUERDOS Y VIVENCIAS

1488

Aún recuerdo con exactitud el número de mi carné perteneciente a la biblioteca pública de mi niñez e incluso creo que está celosamente guardado con otros muchos que fui coleccionando a lo largo de los años: si no me falla la memoria debe de estar en la misma caja donde reposan los de la biblioteca de la facultad de Filosofía y Letras, el del instituto de idiomas de la universidad y algunos de profesor que con el tiempo han ido caducando. Con los cambios de residencia de unas comunidades a otras, solo alguno ha quedado en vigor y es el que ahora ocupa un lugar de privilegio en mi cartera: de las páginas de un libro abierto parece surgir una margarita amarilla como si fuese el sol que ilumina y da vida a la Tierra. La utilidad de los tiempos ha convertido, sin embargo, a mi número de documento nacional de identidad en el identificador principal de mi carné y ha desaparecido la magia de los números que tanto me acompañó hasta la adolescencia, cuando se repetían los números 11, 15 y 17 como señales para quien supiera leer en sus cifras.

Mis primeros libros fueron una serie de veinte libros que publicó la editorial vasco-americana bajo la denominación de colección “Amable” y ahí descubrí, entre otros, a Long Silver el Largo, a Genoveva de Brabante o a Tartarín de Tarascón. Los volúmenes los conseguí poco a poco, la mayoría como regalos de cumpleaños o presentes de los Reyes Magos al final de la Navidad. Supongo que no habré leído nunca un libro tantas veces como lo hice con aquellos, soñando con los capitanes intrépidos o con la Jo de “Mujercitas” en un mundo de palabras, lectores y aventuras. Durante mucho tiempo fueron mi bien más preciado y, en un tiempo sin televisión ni diversiones al margen del colegio y de la calle, se convirtieron en un universo múltiple de rincones que descubrir y averiguar. Mi imaginación y las ansias de conocimiento se fraguaron en aquellas páginas de letras grandes y pocas ilustraciones.

Los libros, no obstante, eran caros y no estaban al alcance de cualquiera en aquella España en que se vivía al día y todavía se distinguía entre la ropa de diario y la del domingo. Cuando salía a pasear con mis amigos, me paraba a mirar en la papelería “Ángel” y mi vista se detenía en títulos en los que cabía toda una civilización desconocida, como “Los balleneros del Danenbrok” o “String Lu, el zorro”; mientras mis compañeros de juegos deseaban plumas Parker y bolígrafos Inoxcrom, a mí se me iban los ojos adivinando las aventuras de los héroes que se veían en las ilustraciones de las cubiertas.

Un buen día, no recuerdo cómo, llegué a conocer la biblioteca pública de mi ciudad: una inmensa sala rectangular dividida en dos zonas, la infantil y la adulta, las dos con grandes mesas corridas de madera sobre las que colgaban unos enormes fluorescentes que iluminaban los libros con una nitidez extraordinaria. Y a los lados de las mesas, en paralelo, estaba el paraíso: unas estanterías con cientos, miles de libros, al alcance de la mano de alguien que supiera descifrar sus arcanos y hacerlos vibrar otra vez en el espacio. Volví muchas veces, primero buscando los tebeos de Astérix y los Mortadelos, luego libros de los Cinco y de Agatha Christie; en algún momento, pasé a ocupar mi lugar en la sala de los adultos y a consultar la biblioteca Espasa, donde estaba todo el saber de aquellos tiempos y que siempre ayudaba a resolver los trabajos de todas y cada una de las asignaturas. Y leí a Cervantes, Stevenson, Kipling y Salgari, y supe que viviría más si participaba activamente de aquellas otras existencias que contribuían a que yo entendiera mucho más la mía.

De la introducción es fácil deducir que amo y he amado los libros sin descanso. Siempre ha viajado alguno conmigo, me ha acompañado en la salud y en la enfermedad, en la felicidad y en las horas difíciles, y siempre he encontrado consuelo entre sus páginas como si fueran los brazos abiertos de un amigo. Siempre he tenido también cerca una biblioteca (creo profundamente en la lección de igualdad y de democracia que dan estas instituciones públicas) que complementara las carencias de la mía, modesta pero que ha ido creciendo hasta que casi no cabe un volumen más en la casa. Y aún a día de hoy soy un asiduo lector, de esos que rellenan desideratas, donan libros y utilizan el préstamo intercentros cuando funciona debidamente. Defiendo y uso conscientemente el patrimonio de todos y animo a los demás a hacer lo mismo.

  1. Qué pena que fuera imposible entonces guardar digitalizado el uso que le dio a la biblioteca durante tantos años aquel usuario que fui: hoy mi memoria sería más precisa y podría revivir muchos de aquellos momentos de esperanza, en los que el futuro era una maravillosa incógnita por despejar. Pero qué alegría saber que nada de aquello se ha perdido para siempre, pues todo lo que es y todo lo que ha sido se pone en marcha al abrir una primera página y arrancar la lectura de nuevo: entonces la biblioteca de Babel, querido Jorge Luis, se ilumina hexagonalmente y volvemos a ser quienes fuimos, héroes en la Pampa, traidores en Babilonia o devotos amantes en Verona. Y todo por el poder mayúsculo de un número de cuatro cifras que daba acceso a veinticuatro consonantes y cinco vocales que conjuraban al mundo en sus palabras mágicas y te lo entregaban desde la pasión y para la libertad, generosamente.

Por Jesús Jiménez Reinaldo

 

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