Cada vez me resulta más difícil de aceptar la simpleza y falta de razonamiento de la mayoría de los medios de comunicación y de bastantes representantes políticos. Me llama la atención cómo apelan a la emoción y olvidan los datos, el razonamiento, el diálogo.

Está claro que hay una serie de “fuerzas” y grupos interesados en mantener la situación actual. Pueden aceptar algunos cambios en las costumbres y en la forma de vida, pero no están por aceptar cualquier cambio que suponga una modificación de la economía que genere un mejor reparto y unas mejores condiciones para toda la sociedad.

Y así estamos. Y así pretenden que sigamos estando: espectadores acríticos y mansos de un espectáculo. ¿Desde cuándo la libertad es el derecho a hacer y a elegir cualquier cosa si tengo medios y posibilidades pero niega esos medios y esas posibilidades a la mayoría? ¿En qué nos convertimos? ¿Dónde quedan nuestros derechos? ¿Cómo entender desde una perspectiva democrática que la diferencia de opinión dentro de un partido o de un gobierno sea un problema? ¿Cómo valorar unos partidos donde el líder tiene la capacidad de hacer y deshacer? ¿Cómo es posible que rechacemos el diálogo y el acuerdo entre las diferentes fuerzas después de unas elecciones?

Y me doy cuenta que la escuela que hemos vivido la mayoría de nosotros y nosotras ha contribuido a que se perpetúe esta situación al mantener un funcionamiento basado en la obediencia a la autoridad y con unos valores que favorecen la competencia y el individualismo.

Como en tantas otras cuestiones la transición se quedó a medias en las escuelas. Se cambiaron algunos aspectos, pero no se planteó realmente la necesaria ruptura con el pasado para que las escuelas se convirtieran en un lugar de vivencia y aprendizaje de la democracia.

Una escuela para ser democrática debe considerar a todos sus alumnos y alumnas como personas, con una serie de derechos y no solo de obligaciones. En su seno debe aceptar, acoger y favorecer toda la diversidad social sin diferencias ni discriminación y ofrecer un lugar de convivencia, relación, y aprendizaje del respeto y la necesidad del diálogo como medio de resolver los conflictos.

Un espacio donde se aceptan las diferencias y se busca el bienestar colectivo mediante el cuidado, la colaboración y la cooperación. Donde se busca el mayor desarrollo de todo su alumnado favoreciendo la implicación, la participación, la responsabilidad y el compromiso de todas las personas que allí conviven.

Y esa escuela se debe vivir a lo largo de toda la escolarización. En ella deben tomar protagonismo una serie de herramientas que faciliten el desarrollo de la capacidad de participar, de opinar, de discrepar, de criticar, de oír y ser escuchado. Para conseguirlo la asamblea de aula, de delegados… no será algo ajeno, por el contrario tomará su protagonismo para organizar la vida de un grupo permitiendo plasmar los conflictos y buscar maneras de resolverlos, o al menos, de encontrar caminos para que las discrepancias no impidan la colaboración necesaria que toda vida en común conlleva.

Estoy convencido que si hubiéramos vivido esa escuela, no tendríamos tantas carencias democráticas ni seríamos tan fácilmente manipulables. Votemos para que las futuras generaciones no la sigan echando de menos.

Colectivo EQS – Miembros del Movimiento Cooperativo de Escuela Popular (http://www.mcep.es)