Ya estamos inmersos en plenas fiestas, ya huele a Navidad, ya nos llueven los abrazos y los buenos deseos; sin embargo, ese despliegue de ternura, solidaridad y generosidad que tan poco nos cuesta mostrar en esta época del año, quizá no haya sido lo mismo el tiempo vivido anterior. Son unos días que disfrutamos de carta blanca para mostrarnos afables, cariñosos y olvidarnos del impacto de nuestras acciones. Parece que existe algo mágico en percibir y ser consciente de que, en un mundo marcado por la turbulencia, por la inseguridad, por las tensiones de la lucha diaria para sobrevivir, existen unos momentos que, de forma simultánea, la mayor parte de la civilización occidental coincide con estas fiestas. No tanto por su valor religioso (que también) como por coincidir en que es tiempo de bajar la guardia, de tender la mano, de reunirse en familia, de compartir momentos sin prejuicios. En suma, todas esas multitudes que se convocan instantáneamente por las redes sociales, son una bagatela al lado de esa sinfonía y convocatoria mundial para vivir el tiempo de la Navidad.

Aparte de compartir las tradiciones en familia y transmitir la importancia de ser solidarios y disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, también es tiempo de hacer balance, de cómo ha sido nuestro comportamiento con los demás, de sobrescribir si cabe, algún acontecimiento o actitud, ¡Ay!, si pudiéramos volver atrás. Los seres humanos necesitamos guía. La buscamos en el ejemplo de nuestros familiares, en las personas que admiramos. Nos formamos un criterio fijándonos en conductas de los demás porque la vida no nos llega con un manual, y desarrollamos una serie de virtudes humanas (unas más que otras), con convicciones o actitudes que permiten conducirnos por la vida normalmente. Así, estaremos preparados para desarrollarnos, abrirnos camino, y tomar las mejores decisiones para nosotros y los que nos rodean. En definitiva, es una época para sentirse menos exigentes y más tolerantes; es una especie de tregua en nuestra vida cotidiana marcada por las prisas y exigencias. En Navidad todo se ve con ojos diferentes.

La Navidad perdura y se ha extendido por todo el mundo, porque trasciende el aspecto comercial que tanto se critica. Desempeña un papel importante en el seno de la familia; marca la entrada en la cultura familiar, permite la construcción de las identidades dentro de la familia, la transmisión de mitos y valores a través de las generaciones. Cuando preguntamos a la gente qué es lo que más valora de la Navidad, siempre responde: “el hecho de estar juntos”. La Navidad sigue siendo la fiesta anual de la familia. Pero, seamos sinceros, a todo el mundo no le gustan estas fiestas; incluso algunos odian el tiempo de Navidad. ¿Nos apetecen estas reuniones? No siempre.

Los encuentros navideños están cargados de emotivos recuerdos del pasado, de pequeñas rencillas y malentendidos sin aclarar. Para muchos es vivida como una tradición y no como un encuentro deseado, pues dejamos de lado nuestro día a día, rutinario y predecible, para tener que adaptarnos a compartir una comida con el compañero de trabajo que no tragamos, con el cuñado que siempre tiene que tener razón en todo y sabe de todo, y soportar las ideas políticas o de fútbol contrarias a las nuestras. Y es que, no todos somos iguales y no necesariamente tenemos que compartir las mismas ideas. Eso, precisamente, es lo que enriquece nuestro entorno y nos permite progresar, aunque no siempre lo aceptemos y generemos cierta animadversión por aquellos que no están de nuestra parte. El remedio, como casi siempre, es la empatía, ponerse en su lugar y tratar de averiguar por qué esa persona dice lo que dice y hace lo que hace.

Mediante una operación comercial de proporciones mundiales, que es al mismo tiempo una devastadora agresión cultural al nacimiento del Belén, ha sido destronado por el Santa Claus de los gringos y los ingleses, que es el mismo Papa Noël de los franceses, y a quienes todos conocemos demasiado. Nos llegó con todo: el trineo tirado por un alce, y el abeto cargado de juguetes bajo una fantástica tempestad de nieve. En realidad, este usurpador con nariz de cervecero no es otro que el buen san Nicolás, un santo que no tiene nada que ver con la Navidad, y mucho menos con nuestra Nochebuena. Según la leyenda nórdica, san Nicolás reconstruyó y revivió a varios escolares que un oso había descuartizado en la nieve, y por eso le proclamaron el patrón de los niños. Pero su fiesta se celebra el 6 de diciembre y no el 25. La leyenda se volvió institucional en las provincias germánicas del Norte a fines del siglo XVIII, junto con el árbol de los juguetes. Y hace poco más de cien años pasó a Gran Bretaña y Francia. Luego a Estados Unidos, y éstos nos lo mandaron a nosotros con toda una cultura de contrabando: la nieve artificial, las candilejas de colores, el pavo relleno, y estos quince días de consumismo frenético al que muy pocos nos atrevemos a escapar.

Bueno, en cualquier caso, estas navidades disfrutemos de las pequeñas cosas, hagamos que lo ya conocido nos sorprenda de nuevo y que seamos capaces de ver la belleza que tod@s poseemos en lo cotidiano. Quizá sea la mejor manera de vivir la Navidad.

Miguel F. Canser

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