Alguien ha llamado a la vejez “la antesala de la muerte”, que me parece una expresión legítima y respetable –quizá excesivamente dura- pero también abierta a clarificaciones y matices. Porque la vejez no tiene que ser necesariamente una estancia larga y sombría, tenebrosa y llena de amargura. Por eso he elegido el término sonata, más bien ligero, con la intención de  desdramatizar en lo posible las cuestiones relacionadas con la etapa final de la vida.

No resulta inadecuado asomarnos al paisaje de la vejez desde la ventana de la tercera edad, porque aunque ambas cosas son diferentes guardan entre sí una estrecha relación y cercanía.  La reflexión no debe alejarnos de la experiencia de tono vivencial en ningún caso, sino más bien completarla y enriquecerla profundizando en ella.

Un índice importante del grado de civilización de una sociedad (en su sentido más global) es el respeto y cuidado hacia sus mayores. Pero no se trata solo de eso, sino de sabernos todos implicados en esta aventura de la vida y de la edad y de comprobar que -a pesar de sus deficiencias y limitaciones – la vejez puede conservar destellos de curiosidad y de creatividad, de interés por la vida, del disfrute de las cosas.

En su breve y jugoso ensayo acerca de la vejez (“De senectute”, Sequitur, 2008), afirma que también la vejez puede ser una etapa plácida de la vida. Cicerón encuentra cuatro razones  por las que la vejez puede parecer desgraciada: porque nos aparta de la vida activa, porque hace al cuerpo más débil, porque nos priva de casi todos los placeres, porque no está lejos de la muerte

El pesimismo, la preocupación excesiva por las cosas y la desgana suelen ser atributos  de la vejez, como indica Enrique Miret en el libro “Cómo ser mayor sin hacerse viejo”, Espasa-Calpe, Madrid, 2006), que está poblado de sugerencias y recomendaciones útiles. Solo la curiosidad, los motivos en vigor y las actividades que nos interesan nos mantienen vivos y en pie. La memoria, el entendimiento y la voluntad constituyen también el núcleo de la vejez. La memoria disminuye con la edad, al igual que la movilidad y el equilibrio, haciendo patente y a veces dolorosa la servidumbre del cuerpo que nos somete y esclaviza.

También hay que cuidar que la autoestima no disminuya en exceso con las penalidades y limitaciones de la vejez. Y cultivar en cambio la receptividad y la imaginación, la contemplación más que el pensamiento demasiado introspectivo y fatigoso, el perfeccionismo que provoca tensión y desgaste emocional.

El filósofo italiano Norberto Bobbio ha hecho apreciaciones sustanciales sobre el valor de la vejez. Por ejemplo, que el pesimismo –uno de los atributos que suele adjudicarse a la vejez- no es una filosofía sino un estado de ánimo, Y también que la vejez es la etapa vital de la reflexión, la ocasión privilegiada de volver a nosotros mismos.

Santiago S. Torrado