La primera vez que practiqué un deporte de equipo, era tan pequeño que no tenía ni siquiera edad para poder competir con el resto de mis compañeros. Por lo tanto, simplemente, me dedicaba a entrenar, algo de lo que disfrutaba por dos buenas razones, la primera porque podía ir en moto, ya que era el entrenador el que me venía buscar a casa para llevarme a entrenar, y la segunda el poder estar unas horas con otros niños y niñas, porque, cosas de las aldeas, ya que no tenía demasiado cerca a otros niños y/o niñas con las cuales poder jugar, y menos aún compartir el placer de hacerlo con una pelota.

El fin de semana era el momento más esperado, ya que era cuando llegaba el día del partido. A pesar de no poder competir junto a mis compañeros, debido a mi corta edad, para mí también era un día muy especial, me ponía mi camiseta con el número diez a la espalda, la cual me llegaba por debajo de las rodillas y mi padre me compraba un refresco de cola, el cual podía saborear, a través de una pajita, sentado en el banquillo, dónde sí me dejaban estar con el resto de mis compañeros.

No éramos el mejor equipo, al menos en términos de resultados deportivos, aunque en términos de respeto, compañerismo y de sabernos divertir con lo que hacíamos estoy seguro que nadie nos habría ganado. Muestra de ese compañerismo fue mi primer gol, un tanto alegal por no decir ilegal. Era un partido en el que íbamos ocho, quizás nueve o incluso puede que diez a cero, obviamente, perdiendo. Entonces llegó mi momento, sin desearlo, de imprevisto y por aclamación popular. El árbitro nos pita un penalti a favor y de repente se escuchaba a todo el mundo gritar “que o tire o neno”, “que lo tire el niño”. A decir verdad, no me estaba enterando demasiado de lo que ocurría a mi alrededor, yo seguía sorbiendo mi refresco de cola a través de mi pajita, al mismo tiempo que escuchaba a toda esa gente gritar, a mis compañeros rodeando al árbitro mientras éste les decía insistentemente que no podía ser, hasta que de repente el equipo contrario se unía rodeando igualmente al árbitro, el cual, en un momento dado y  con mirada clavada en mí, asentía con la cabeza al mismo tiempo que bajaban sus párpados, cerrando sus ojos como si no quisiese ver aquello que estaba autorizando. En ese momento, los compañeros saltaban de júbilo, la grada ovacionaba y yo, al que le habían dicho que tenía que salir a tirar el penalti, solamente estaba preocupado de colocar mi refresco de cola en un lugar donde no se vertiese durante mi corta ausencia del banquillo.

Estando ya en el terreno de juego, una pista de fútbol sala, coloqué el balón en el lugar correspondiente, desde el cual podía ver lejos, muy lejos la portería, a pesar de la cercanía. Disparé, y el portero sin demasiado esfuerzo paró el balón. Otra vez gritos, “hay que repetirlo había un jugador dentro del área”, el árbitro que ya hacía un buen rato que estaba mas fuera del partido que yo durante todo el año en el banquillo, autorizó repetir la pena máxima, una vez, quizás dos o incluso que puede que fuesen tres. Creo que ese día, con mi penalti, disparé más veces a portería que el resto de mi equipo durante toda la temporada, hasta que de repente, una voz desde el graderío gritaba, “si el portero es tan bueno a ver si se lo para sentado”, y éste aceptó el reto, se sentó centrado en la línea de gol, cogí carrerilla una vez más y, esta vez sí, gol. Y con ello finalizó el partido, los compañeros me levantaban en lo alto, me hacían volar por el aire recogiéndome con sus propios brazos poco antes de hacerme volver a saltar. En ese partido la celebración, pese a que nos habían marcado ocho, quizás nueve o incluso puede que diez goles fue de tal magnitud que hasta por un momento olvidé mi refresco de cola.

Claro está, que esta historia que puede que sea cierta, quizás no o incluso que puede que lo sea a medias está basada en una edad en la cual aún era virgen de la cultura social que nos va alejando del compañerismo, llevándonos a un individualismo que de cara a la propia sociedad puede que aparentemente nos haga ser más “populares” pero que poco tiene que ver con el término “social” como grupo, y que provoca que otros términos, tan importantes para la supervivencia de la sociedad o del propio sentido de lo público, como algo común y que nos afecta a todas, se vayan diluyendo como gotas del rocío en la puesta de sol.

Rivas es una ciudad que se ha construido desde esos valores de cooperación que tan necesarios vuelven a ser. Sus gentes, nunca han aceptado quedarse impasibles viendo como se diluían esas gotas del rocío, todo lo contrario, siempre han tratado de recogerlas, para, con ellas, intentar formar océanos de solidaridad, unidad y entendimiento.

A pesar del crecimiento de la ciudad, y del aumento de la población, en su mayoría con gentes venidas de otros lugares, la ciudadanía ripense no se resiste y lejos de resignarse siguen tratando de inculcar esos valores, y transmitirlos a todo aquel que llega nuevo a la ciudad, como a un servidor hace ya cerca de veinte años. Valores que te enseñen la importancia de defender lo más básico, como es una sanidad y educación pública, el derecho a una vivienda, el modo de cooperar con gentes más allá de nuestras fronteras o la importancia de cuidar de lo común como algo nuestro. Valores que de perderse ponen en riesgo a toda una sociedad, y por lo tanto que no debemos de olvidar y sí seguir fortaleciendo, sin caer en la tentación de preocuparse simplemente de lo inmediato, sino de tener una mirada más larga en el tiempo, apoyando, participando, no solamente en el disfrute sino también desde la parte orgánica, y como no, celebrando y dando valor a cada conquista social como si fuese el primer gol que marca una personita de cinco años.

Mario Bastida