Acaba otro curso, el segundo condicionado por una escolaridad diferente, discontinuo a veces, con distancia siempre, algunos desde casa, los más con una ratio reducida… y al cerrar nos llegan las ”notas”.

Cualquiera que haya sido la situación, la mayoría de las veces, las notas apenas aportan información sobre el proceso y el avance que va teniendo cada escolar. Se limitan a mostrar una “foto” que nos permite intuir si va cumpliendo los objetivos de conocimiento que se consideran importantes. Y como padres y madres aceptamos esa foto con más o menos tranquilidad según quede ubicado con relación a su grupo. Podemos tener un buen verano, confiar en los planes de estudio,  recibir felicitaciones o tener que asumir que el futuro se complica.

Porque si la foto sale mal, o movida, el panorama cambia. Se cargan las tintas sobre el niño o niña que no ha alcanzado el nivel marcado sin entrar a valorar las circunstancias que le rodean y que le han llevado a esa situación. Y la solución más aceptada es que debe repetir el curso (uno de cada cuatro repetirá alguna vez a lo largo de su escolaridad).

Y así el fallo (de toda la sociedad, de la familia, del sistema de estudios, del centro escolar, de las personas que han estado con la criatura sin ofrecer una respuesta adecuada a sus necesidades) se diluye y se concentra en una única lectura: es un fracaso personal de quien no se ha esforzado, no ha puesto interés, no tiene capacidad… en cualquier caso es una lectura negativa de las posibilidades de esa persona y se asume que ese fracaso se superará volviendo a repetir lo vivido en el pasado. Y todos los demás pueden seguir con su inercia y su rutina.

Y esto es una tragedia que viene repitiéndose curso tras curso sin que nada cambie. Es necesario que cambiemos nuestra perspectiva, nuestra idea sobre la escuela, su función y su evaluación.  Cuando un niño o una niña no alcanzan el éxito significa que no han encontrado la oportunidad, los recursos, las ayudas, las compensaciones, los estímulos, la comprensión, las vivencias necesarias para seguir con su desarrollo, su crecimiento, su experimentación vital y sus ganas de seguir aumentando sus competencias y sus posibilidades. Porque esa debe ser la labor de la escuela: permitir que cada criatura se sienta acogida, aceptada y tratada en función de su propio ser, con sus potencialidades y sus carencias. Y a partir de ahí, ofrecerle una vía que le permita tener éxito, sentirse capaz y encontrar vivencias estimulantes para seguir su camino.

Un antiguo compañero decía que en una clase hay tres grupos: quienes  aprenden solos, quienes lo hacen a pesar del maestro, y quienes necesitan un maestro o maestra. Y precisamente a estos últimos se les suele condenar al fracaso, a la repetición, y a medio plazo al abandono del sistema, uno de cada seis, cargado con una vivencia insatisfactoria y una imagen personal negativa  que le marcará gran parte de su vida futura.

Necesitamos cambiar el enfoque, la práctica, la realidad para conseguir que la escuela sirva para este tipo de alumnado que verdaderamente la necesita porque su situación y su día a día no le ofrece las posibilidades que tienen los demás. Este es el reto del sistema, de las escuelas, de los docentes… cómo lograr que los niños y niñas que tienen carencias, que están menos enganchados salgan de esa dinámica y aprovechen su tiempo de formación para superarse y llegar al máximo. Y eso no es posible mediante la imposición, ni la estigmatización, ni con el fracaso y la repetición.

Mientras esto siga sucediendo, quién verdaderamente fracasa es todo el sistema educativo y la sociedad en su conjunto. Necesitamos  cambiar las leyes, las condiciones, los recursos, los medios, los enfoques para poder alcanzar el éxito.

Colectivo EQS – Miembros del Movimiento Cooperativo de Escuela Popular (http://www.mcep.es)