He tratado de saber poco y de no ver imágenes de los fastos de la Cumbre madrileña de la OTAN. Aun así cualquier red social te coloca algo por sorpresa. De esa forma vi imágenes de la primera dama del Gobierno en una exclusiva comida paralela a la de los mandatarios, en el Museo Thyssen rodeada de cocineros de Paradores, la red hostelera del Gobierno, precisamente esos que todavía no han cobrado los complementos que quitó a su plantilla durante el estado de alarma y que el Supremo ha condenado a pagar a la empresa pública.

También he visto alguna foto de los importantísimos mandatarios viendo cuadros en el Museo del Prado, también cerrado para sus “necesidades gastronómicas”. Todos ellos con un aspecto tan relajado que, personalmente me ofrecían la imagen de una reunión de ex alumnos de alguna prestigiosa universidad. Por supuesto todos y todas sin mascarilla en Madrid y en estos momentos de la creciente séptima ola de COVID ¿Para qué si no son obligatorias? Ni tan siquiera para dar ejemplo. Pero es claro que es un ejemplo, una imagen, que no desean ofrecer.

Simultáneamente recordaba a un joven maduro, feliz y esperanzado, yo mismo, que había tenido que esperar tres años para que el supuestamente antimilitarista presidente del gobierno que prometió sacar a España de las guerras diera ocasión a que la tarde del miércoles 12 de marzo de 1986 asistiera a votar NO a la OTAN en referéndum a aquella pregunta tan “fabricada” y mediatizada, y tan poco antimilitarista: “¿Considera conveniente para España permanecer en la Alianza Atlántica en los términos acordados por el Gobierno de la Nación?”. Salió SÍ, aunque por un estrecho margen (sólo votaron a favor el 56,85 % de los votantes).

Pasados 34 años, a este ya casi anciano, vulnerable, de alto riesgo ante la pandemia que nos asola desde 2020, casi confinado en su domicilio ante las penosas condiciones sanitarias de las que nos informan tan poco, en uno de los primeros países del mundo, le toca volver a la virtualidad de su sillón, a las imágenes sin mascarilla y a los fastos recientes. A recordar dolorosamente a Ucrania, a preguntarse por el Plan COVAX de vacunas del que, igualmente se habla tan poco como de la pandemia, a recordar a los fallecidos sin asistencia en las residencias españolas, y los que seguirán sin ser atendidos aquí ni atenderán aquí ni en otros lugares… y a tantas otras cosas que no han terminado ni mucho menos. Y que cada cual, si tiene edad para ello, obtenga sus propias conclusiones sobre la historia, y, si es más joven, que sienta la inquietud, ¡ojalá! de informarse.

Mientras escribía esto resonaba en mi memoria una canción del disco “Géminis” de Ana Belén que no ha pasado a posteriores recopilatorios, pero que a mí me impactó en su momento y lo sigue haciendo. Es de 1984, dos años antes de la crónica de un engaño. Se titula “PÁNICO EN TORREJÓN”. Os recomiendo que la escuchéis. Mientras, ésta es su letra:

“Hay un campo verde bajo un cielo azul,/una niña inventa, como hiciste tú./Hoy jugamos al avión/que una vez se equivocó/y tiró dos bombas en la escuela./¿Quién podría hacernos tanto daño?/Volaremos todos en pedazos./Si te dieran a elegir/¿te vendrías tú a vivir/o a dormir a un polvorín?/¿Quién podría hacernos tanto daño?/No hay un solo pájaro en esta ciudad/ellos no se van y ya no aguanto más./No me quiero señalar/de objetivo militar/y que me pueda parecer normal./No supimos nunca de quién fue el error/a las doce en punto se paró el reloj./¿Quién podría hacernos tanto daño?”

Casi cuarenta años después de que la canción viese la luz, sin pretender ofender a nadie, salvando a quien pueda salvarse, visto lo visto y vivido lo vivido, opino que cualquiera puede hacernos tanto daño sin que, además, eso revista mucha importancia.

Enrique Vales Villa