En un acelerado y  continuo revisionismo por parte de aquellos que deben “inventar” y proponer nuevas y sesudas apuestas en materia artística, desde hace algunos años nos encontramos con una especie de legión bien organizada que pretende entonar una especie de corrección política abundando los estragos que, desde el colonialismo, estableció no solo un pertinaz sistema hegemónico frente a las colonias en materia política, social, económica o la apropiación de recursos, sino también dentro del ámbito cultural y la estética.

En este sentido no es extraño encontrarnos con organizadores -curadores de arte o comisarios de exposiciones- que en ese ejercicio se autoproclaman como observadores y analistas de una situación sostenida en el tiempo, donde la cultura occidental marca y marcó los parámetros de normatividad de todo lo que debía hallarse en la esfera de lo que denominamos arte y qué estratos y geografías quedaban fuera. De ahí la premura en observar las estéticas decoloniales como quien observa un bicho raro y sentencia lo oportuno a  ser considerado, sin la mirada puesta en dirección a lo propio por cuanto tiene de ubicación supremacista. Háganselo mirar, es posible que el objetivo del análisis antropológico esté en quien observa y no en el observado.

No es éste un testimonio en el que haya que profundizar para encontrarnos algunos de estos ejemplos -mientras la cuerda aguante, seguirán ofreciéndonos doctrina en cuyas propuestas encuentran alivio a la propia culpa con la que señalan el sistema denominado cultura occidental, como si ellos y ellas no pertenecieran a él- Digo esto, porque al hablar de colonialismo y cultura decolonial, lo hacen desde el estrato que supone pertenecer a lo mismo que se censura situándolos en una posición de arrogancia vergonzosa.

Cierto es que la distancia geográfica otorga la posibilidad de la magnanimidad reconociendo, ahora sí, en las culturas que arrastran un pasado colonial esa categoría llamada Arte dentro de sus manifestaciones culturales. Hasta hace algún tiempo eran consideradas artesanía, con todas las connotaciones peyorativas que el término lleva aparejado. Y es que como si de una especie de iluminación se tratara, de súbito, los ganapanes del looby artístico han encontrado un nuevo filón -siempre con intención redentora y la soberbia del sacerdocio que impone comportamientos de los que se excluye a sí mismo- con el que generar contenido mediante el cual, y desde una posición colonial, decidirán qué manifestaciones decoloniales serán agraciadas con la categoría de Arte.

Pero no se engañen, abundar en este tema no es cuestión de otra cosa que no sea “tendencia”, Una vez saturado el mercado institucional expositivo pasarán a ocupar otros territorios en los que seguir dando vueltas a la noria. Tanto es así que, desde la perspectiva que otorga encontrarse dentro del ámbito cultural y expositivo, es posible advertir que esas mismas prácticas que auto inculpan la normatividad occidental para elaborar un discurso políticamente correcto, son las que no llevan a cabo dentro del propio entorno en el que desarrollan su trabajo.

Curadores, comisarios expositivos y gestores culturales, satisfechos de su posición, mantienen los estándares acerca de la decisión que deben tomar sobre el espectro de artistas que rodean su entorno más cercano, manteniendo la suficiencia hegemónica que pretenden romper en relación con las practicas decoloniales. Y es que cuando se tiene cerca a quienes pueden poner en evidencias las intenciones y vacíos argumentales de las practicas culturales, lo  mejor es desterrar cualquier posibilidad de acercamiento y, mucho más, darle la oportunidad de la voz y la visibilidad.

Juan Antonio Tinte