Pedro Pastor y su banda de acompañamiento se bautizaron como ‘Los Locos Descalzos’ porque a todos les encanta despojarse de los zapatos en cuanto plantan el pie en el escenario. Lo ven como una manera de conectar con el espacio, de sentir el peso de la pisada. Es una toma de tierra. “Somos siete compañeros de piso, cinco chicos y dos chicas, entre ellas mi pareja. El nudismo nos ayuda a todos a respetarnos y asumirnos. Frente a la dictadura de los cánones de belleza, la desnudez contribuye a deshacernos de nuestros traumas”, argumenta el cantautor. Y es esa misma búsqueda de lo escueto y esencial la que late en sus canciones, esas que le han convertido, todavía a dos meses de su cumpleaños número 27, en una de las voces más sentidas y reconocibles tanto en tierras ibéricas como en esa Latinoamérica que tanto frecuenta y de la que nunca se cansa de beber.

La idea del viaje y las mochilas livianas gravita por buena parte de Vueltas, su ya cuarto elepé como solista, aunque al currículo podemos incorporar un EP (álbum breve), un disco a medias con Suso Sudón y no menos de 500 conciertos que va contabilizando, con empeño minucioso y autogestionario, en un documento de Excel. Pedro  ha comprendido la superficialidad de los ropajes, también en el arte. “Al principio intentaba llenar todos los espacios en las canciones, pero ahora he interiorizado que las cosas sencillas llegan de una manera más cristalina y profunda”.

Pastor es hoy un muchacho de gesto relajado, propenso a la sonrisa dulce. Busca el roce táctil con las manos del interlocutor, en consonancia con su voz linda, aguda y vulnerable, mientras rememora una vida aún breve pero intensa. Creció sabiendo desde muy pronto que la canción sería su más fiel compañera de camino. Y dispuso del abrigo cómplice de unos padres, Lourdes Guerra y Luis Pastor, que le dejaron hacer.

Pedrito (así le llamaban hasta hace poco tiempo), ha sido precoz en todo. Un espabilado. Un rapidillo. Reconoce que de chavalín se comportaba como “el típico quinqui de instituto”, de esos que escuchaban bakalao y enloquecían con las discotecas light. Era el consabido estudiante sensible y aplicado al que a veces se le cruzaba el cable y terminaba expulsado de clase.

Hoy mantiene la vanidad a raya, bajo vigilancia estrecha. “Soy ambicioso y a veces, al ver el éxito no merecido de otros, siento pelusa. Para qué mentirte, si es así. Pero la envidia no lleva a ninguna parte. Vivimos en un mundo competitivo, pero hay que quitarse la tontería de encima, exprimir la vida, disfrutar de estar vivo. La felicidad se encuentra en lo cotidiano”.

“¿Sabes? Solía desnudarme en playas no nudistas y ahora lo he dejado de hacer. A veces, para evitar la confrontación, has de aceptar un molde social, no ser fiel a ti mismo. Y eso duele”. Sinceridad sin tapujos. (F.Neira-ElPaís)

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