La rutina es rara, muy rara. Quiero decir que normalmente no dura mucho. Uno pretende organizarse el día a día de modo racional, buscando esa eficiencia que en teoría sirve para rentabilizar los esfuerzos y que permite trabajar con responsabilidad, relacionarse educadamente con los demás y disfrutar al menos de unos minutos de tiempo libre para gozar de la vida y no preguntarse con angustia quién se es y a qué sitio desgraciado se marcha por tal camino de obstáculos. No se trata de ser feliz, claro que no, eso se queda para los protagonistas de las series juveniles, para los antihéroes de las películas que, por otra parte, casi nunca lo consiguen. La cuestión se concreta en el concepto del buen pasar, un simple ir transcurriendo de manera fluida y sin sobresaltos, algo que tampoco está al alcance de casi nadie porque la existencia se carga con balas de plomo y se dispara a tontas y locas contra un público masivo y amedrentado. Y esa rutina que por definición es inalcanzable también resulta insufrible en los breves periodos en que la sentimos, por lo que acabamos maldiciéndola por su obvia monotonía.

 Como espíritu de la contradicción que siempre he sido reflexiono qué interés tiene para mí seguir viviendo inmerso en una sucesión de días iguales y previsibles. Es más, se lo pregunto a algunas de las personas que me rodean y que no vacilan en aconsejarme con frases hechas, citas y conceptos aprendidos en manuales de autoayuda: unos aluden a la necesidad de vivir el presente como un regalo mayúsculo, con agradecimiento máximo; otros recuerdan la frase de Lao Tse de que el viaje de miles de kilómetros comienza con un solo paso; hay quien afirma que el vuelo de una mariposa en China puede provocar una tormenta en Irlanda… De todas sus afirmaciones se deduce que soy un inmovilista y el único responsable, ya no sólo de mi falta de horizontes, sino también, lo que es peor, de la deriva del mundo a fines de 2022. Así que ahora cargo sobre mis hombros la responsabilidad de transformar y mejorar la vida de todos los habitantes de la Tierra, como si fuera un político en tiempo electoral, cuando se promete mucho y se miente más. 

 Sin embargo, la empresa parece fácil. No tengo alas para provocar la tormenta, pero tengo pies para hacerme un Forrest Gump de costa a costa. Claro que esto último no es más que un decir, que me duelen los juanetes sólo con ponerme en pie y supongo que dará lo mismo darle la vuelta al calcetín en la tranquilidad de mi casa, girando al revés el café con leche o andando hacia atrás por el pasillo. La lección está clara: basta con que yo cambie algo de mí o en mí para que todo lo de alrededor se transforme, borrando tanto la rutina como la desmotivación con la que se alía tan sutilmente. Así que de todas las posibilidades que barajo acabo por optar por algo que realmente me va a resultar francamente complicado. Estoy acostumbrado a seguir un orden lógico en la extracción de mi antidepresivo de manera ordenada: siempre me tomo la primera de la izquierda del blíster y luego continúo por la misma fila hasta terminarla, luego por la siguiente en el mismo orden y así hasta el final, todo muy cartesiano, sin víscera alguna. Me conjuro para dejar de hacerlo, de modo que en el próximo mes sacaré los comprimidos del blíster de manera aleatoria, según me pete, sin orden ni concierto, aunque se finiquite el mundo por un tren de galernas descontroladas. Tal vez no sea capaz, es una responsabilidad tan enorme…

 Pasados los treinta días puedo decir que he agujereado el blíster como un campeón, de manera aleatoria hasta donde he podido, logrando a veces cuatro en raya y otras, estrafalarios cartones de bingo, hasta vaciarlo por completo. El éxito en mi empresa personal ha conllevado, para mi sorpresa, escéptico que es uno en el fondo fondo, varios cambios en y para la humanidad: han florecido los carriles para bicicletas en mi ciudad y se han multiplicado los atascos; en España las gentes se han olvidado de la crisis económica y de la sostenibilidad del planeta ante las luces de navidad; y en el mundo se han dejado de lado los derechos humanos para preocuparse, un mes es sólo un mes, de qué nación se adjudicará el título de campeona del mundo de fútbol. 

 Ahora, después del fracaso de mi experimento, vivo instalado en la duda, es decir, entre seguir adelante en la generación del caos universal o empezar a tomarme los antidepresivos ordenadamente y de dos en dos, aunque la decisión suponga que el universo se hunda en una rutina tan mortal como supinamente aburrida.

Jesús Jiménez Reinaldo  

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